¿Hay alguien que ame al Señor que haya leído la historia de Pedro sin temblar? ¿Quién habría creído que un discípulo tan afectuoso resultara tan infiel en la hora de la prueba! Pero el hombre, aun cuando es renovado por la gracia divina, es propenso a caer. Aunque su espíritu es hecho dispuesto a obedecer, la carne todavía lo inclina al pecado. El apóstol Pablo declara: «Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que pelea contra la ley de mi mente» (Ro. 7:22, 23). Hay también un tentador que siempre anda alrededor como león rugiente, buscando a quién devorar.
La caída de Pedro es referida por los cuatro evangelistas, y cada uno menciona circunstancias peculiares. La primera negación se hizo mientras Pedro estaba junto al fuego, en el palacio. La criada que guardaba la puerta lo acusó de ser discípulo. Pedro, sorprendido, negó el hecho. No sabemos qué mal temía cuando recurrió a este pecaminoso medio de escape: si pensaba que lo echarían del palacio y lo privarían de la oportunidad de ver el fin, o si temía ser aprehendido como su Maestro y expuesto a los mismos insultos y heridas. Parece que varias otras personas, además de la portera, lo acusaron de tener alguna relación con el santo prisionero; pero él persistió en la mentira ya dicha. Esta fue la primera negación.
Al verse descubierto, se retiró al pórtico, y entonces el gallo cantó. Pero no atendió a este fiel monitor, ni siquiera recordó la advertencia del Señor. Mientras estaba en el pórtico, tanto una criada como un hombre lo reconocieron, y esta vez añadió un juramento a su declaración. Esta fue su segunda negación. Poco después regresó al palacio, y por su peculiar manera de hablar se descubrió que venía de aquella parte de Israel llamada Galilea; y como era bien sabido que la mayoría de los discípulos de Cristo eran galileos, se supuso inmediatamente que él era uno de ellos. En esta ocasión Pedro no solo negó a su Señor, sino que comenzó a maldecir y a jurar. Había llegado a un grado terrible de iniquidad. Hasta dónde podría haber llegado, solo Dios lo sabe. Otra vez cantó el gallo. Esta vez Pedro entendió la voz del ave. ¿Y por qué? Porque en el mismo instante en que el gallo cantó, el Señor se volvió y lo miró. Es probable que Jesús estuviera entonces entre los siervos, soportando sus insultos. Sus ojos habían sido recientemente vendados, su rostro golpeado y escupido. Aquel rostro, así magullado y desfigurado, aquellos ojos que habían derramado tantas lágrimas, se volvieron hacia Pedro. No es de extrañar que no pudiera soportar la mirada. Volvió al pórtico y lloró amargamente. Entonces todo el pasado fue traído ante su mente: todo el amor que había experimentado, todos los votos que había hecho y todas las viles negaciones de las que se había hecho culpable; todo, todo acudió a su memoria. «Y recordando Pedro, lloró».
Hay tales momentos en la experiencia del creyente. ¡Momentos benditos! en los que aprende más de su propia maldad y de la bondad de su Señor de lo que ha aprendido en años pasados. Algunas acciones que nunca había visto en su verdadera luz, de repente se le muestran como graves ofensas contra su Dios gracioso. Ningunas lágrimas derramadas por perspectivas frustradas o por duros desengaños son tan amargas como éstas. Sin embargo, ni aun entonces debe decir: «No hay esperanza». Pedro no leyó en la mirada de su Maestro: «No hay perdón para ti». ¿Cómo habría vivido durante los dos días siguientes, si hubiera desesperado del perdón! Si hubiera estado sin esperanza, ¿habría corrido tan ávidamente al sepulcro de su Señor resucitado, e incluso osado entrar en él? Fue el pensamiento de que había pecado contra un Salvador dispuesto a perdonar lo que hizo fluir sus lágrimas tan abundantemente. Fue el mismo pensamiento el que lo guardó de la desesperación. Su Salvador había dicho una vez: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Y no faltó.
El verdadero arrepentimiento es una mezcla de dolor y de fe. El penitente dice con dolor: «Mi pecado está delante de mí»; y con fe: «Hay perdón para contigo». Tal es el corazón quebrantado que Dios no despreciará. Sea ésta nuestra oración:
«Si cerca del abismo sin pensar me desvío, antes de caer del todo, Señor, el alma convence; recuérdame con aquella mirada piadosa, con aquella tiestra mirada que quebrantó el corazón del infiel Pedro».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Peter denies Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.