Para contemplar la misericordia en su verdadero carácter, debemos ir al Calvario. No basta con contrastar la pureza de Dios con la impureza del hombre. Eso, en verdad, nos ofrece alguna visión de lo que la misericordia ha de ser para alcanzar las profundidades de la caída: un reflejo de lado de ese precioso atributo. Pero para ver su rostro pleno resplandeciendo sobre los redimidos, debemos ir por fe, bajo las enseñanzas y los guíos secretos del Espíritu Santo, a ver a «Emanuel, Dios con nosotros», postrado en el huerto de Getsemaní. Debemos contemplarlo desnudo sobre la cruz, gimiendo, sangrando, agonizando, muriendo. Debemos contemplar la Deidad y la humanidad unidas en la Persona de un Jesús sufriente; y el poder de la Deidad sosteniendo a la humanidad que padecía. Debemos contemplar aquel espectáculo admirable de amor y sangre, y sentir nuestros ojos desbordarse en torrentes de pesar, humildad y contrición ante la vista, para entrar un poco en las profundidades de la tierna misericordia de Dios. Nada sino esto puede quebrantar de verdad el corazón del pecador.
«La ley y el terror endurecen mientras obran solos; mas el sentido del perdón comprado con sangre pronto disuelve un corazón de piedra». Los terrores de la ley, la muerte y el juicio, la pureza infinita y la venganza eterna no ablandarán ni quebrantarán el corazón del pecador. Pero si se le lleva a contemplar a un Emanuel sufriente, y se levanta en su conciencia un dulce testimonio de que aquellos padecimientos fueron por él, esto, y solo esto, hará pedazos su corazón. Así, solo introduciendo un dulce sentido de amor y sangre en el corazón, el bendito Espíritu muestra al pecador algo de las profundidades de la tierna misericordia de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: December 24
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.