La soledad endulzada

La muerte es bendición del creyente

La muerte, lejos de ser solo fruto del pecado, es para el creyente la consumación que sepulta el pecado para siempre y abre las puertas a la gloria eterna.

¿Por qué tanta queja contra la muerte? Es cierto que la muerte es fruto del pecado, pues por el pecado entró la muerte en el mundo. Pero también es cierto que la muerte es la consumadora del pecado para el piadoso, pues por la muerte el pecado será arrojado para siempre. El pecado, transmitido en nuestra concepción, está tan entretejido con la trama humana, que el lazo entre el alma y el cuerpo debe disolverse antes de que pueda darse una separación plena y final entre el alma y el pecado. ¿Quién, entonces, temería el horno que solo ha de consumir la escoria, para que el oro salga sin aleación? ¿Qué candidato al cielo rehusaría depositar la mortalidad para revestirse de inmortalidad; despojarse de este cuerpo corruptible para vestir incorrupción; tener su cuerpo sembrado en deshonor para ser levantado en honor y gloria; y su alma desalojada de su cuerpo, a fin de que el pecado fuera desalojado de su alma?

¿Por qué, pues, habría de desagradarme un cambio tan glorioso? Depositar la carne frágil, la naturaleza débil, todas mis pasiones y deseos, todas mis ocasiones y tentaciones de pecar, todas mis flaquezas e imperfecciones, y ser revestido de perfecta hermosura y gloria eterna, debería más bien arrebatarme que confundirme. ¿Por qué temblar ante la lúgubre oscuridad que ha de convertirse en un mediodía sin límites, o estremecerme ante el paso sombrío que me introducirá en el día eterno? Si mi separación por unos años de mis amigos resulta en comunión ininterrumpida con Dios, ¿no es el cambio sumamente dichoso? Si mis vistas lejanas y mis miradas borrosas de la tierra distante y del Rey en su hermosura se desvanecen, para que ocupen eternamente su lugar las aproximaciones más cercanas, las visiones más firmes y más resplandecientes, ¿no soy yo ganador en sumo grado?

Entonces, Señor, quita el aguijón de la muerte, y a tu tiempo señalado, por la fe, volaré a los brazos de la muerte, no espantado por su abrazo frío, sino ardiendo con un deseo celestial de estar para siempre con el Señor, lo cual es mucho mejor que toda la dicha de las coronas y los tronos de aquí abajo.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Death a blessing to godly men

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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