Pablo dijo a los colosenses lo que a muchos debió parecerles sorprendente: «Si, pues, habéis resucitado con Cristo». ¿Cómo pudieron aquellos cristianos de Colosas haber resucitado con Cristo? Claro está, fue una resurrección espiritual. Aquellas personas realmente habían estado muertas en lo espiritual, y ahora vivían una nueva vida espiritual. Todo aquel que verdaderamente cree en Cristo y recibe el Espíritu Santo sale de su sepulcro y camina con Cristo entre los vivientes.
Los que han resucitado con Cristo deben «buscar las cosas de arriba, donde está Cristo». ¿Qué cosas? Se nos enseña a orar que la voluntad del Padre se haga en la tierra como se hace en el cielo. Eso es hacer descender el cielo a la tierra. Las cosas de arriba son: santidad, bondad, verdad, paz y amor. Las lecciones que la Biblia nos enseña son todas de las cosas de arriba, las verdades y los principios del reino de Dios. Estas son las cosas que no se ven y, sin embargo, son eternas. Debemos procurar vivir aquí en este mundo como viviríamos si estuviéramos verdaderamente en el cielo.
Más aún, deben poner su mente en las cosas de arriba. Donde está la mente, allí tiende la vida. Hacia donde van los pensamientos, hacia allí sube el alma. Si pensamos continuamente en cosas terrenales y viles, todo nuestro ser gravitará hacia abajo. Pero si entrenamos nuestros pensamientos para que vuelen como águilas hacia el azul profundo del cielo, nuestra vida se elevará. Esto significa, al menos, unirse a algo celestial, para que la vida sea llevada irresistiblemente hacia lo alto.
Deberíamos formar el hábito de fijar nuestros pensamientos en las cosas de arriba. Se cuenta que hace muchos años, cuando iba a construirse un gran puente colgante sobre un río ancho, se hizo volar una cometa que llevaba un fino alambre al otro lado del abismo. No fue difícil entonces hacer pasar un segundo y un tercer alambre, y al cabo la delgada hebra de acero se había convertido en un gran puente de cables retorcidos, sobre el cual cruzaron pies humanos. Así podemos entrenar nuestros pensamientos para que vuelen a través del abismo hacia el cielo: primero un pensamiento, luego otro y otro, hasta que nos hayamos construido un puente desde la tierra hasta el cielo. Pero debemos comenzar y entrenar nuestros pensamientos a volar así, pues nada sino un hábito semejante nos traerá la bendición.
La vida cristiana es secreta, y nadie puede ver su funcionamiento: está escondida con Cristo en Dios. Tú oras y la gracia entra en tu corazón. Pero nadie la ve entrar. Te apoyas en Dios con tu confianza, y tu fuerza se renueva; pero el proceso, nadie puede percibirlo. Cristo es el Amigo a quien, sin haberle visto, amamos; en quien, aunque ahora no le vemos, creyendo, nos regocijamos con gozo inefable.
La vida del cristiano está escondida también porque su verdadera belleza no es visible a los ojos del mundo. El artista mantiene su cuadro velado mientras trabaja en él. Por fin retira el velo, y los hombres contemplan la hermosura que sus manos han estado modelando en secreto. Así Dios obra en nuestra vida, en la alegría y en el dolor, en su providencia, y por su Palabra y su Espíritu. La belleza que Él va produciendo, los ojos humanos no la ven. «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora —dice Él—, pero lo entenderás después». Al final, cuando la obra esté terminada, hombres y ángeles verán la maravillosa belleza de Cristo resplandeciendo aun en la vida más humilde y sencilla.
«Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría. Por las cuales cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también andasteis alguna vez, cuando vivíais en ellas». Colosenses 3:5-7
Una nueva vida en Cristo exige la destrucción total de estos males. Es una lista vergonzosa la que Pablo menciona. ¡Nos da vergüenza pensar que tales cualidades puedan pertenecernos o anidar en nuestro corazón! ¿Quién hubiera pensado que cosas tan viles pudieran existir en alguien que viste forma humana? Sin embargo, muchas de estas cosas feas se encuentran en cada uno de nosotros. Nuestros corazones son, por naturaleza, jaulas de aves inmundas.
¿Qué nos dice Pablo que hagamos con estas cosas impías? Dice que debemos darles muerte. Cuando hallemos en nosotros mismos alguna cosa mala, debemos matarla, pues no es justo que viva. Debe librarse una guerra sin cuartel contra todo mal. El que alberga en sí mismo alguna impureza está criando una víbora que al fin le morderá hasta la muerte.
«Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia y palabras deshonestas de vuestra boca». Esta parte del capítulo no va dirigida a las personas buenas que ahora la leen, ¿verdad? Mirad las palabras con honestidad.
«Ira». ¿Te enojas alguna vez? ¿Tu genio se impone alguna vez sobre ti? ¿Te enciendes de rabia alguna vez, aun cuando no dejes que la gente lo sepa?
«Malicia». ¿Albergas alguna vez un rencor, guardas alguna vez amargura contra otra persona en tu corazón?
«Maledicencia». ¿Escupes alguna vez cosas maliciosas acerca de alguien que está ausente? ¿Lanzas improperios contra alguien?
«Palabras deshonestas». Eso significa hablar de lo cual deberíamos avergonzarnos, de lo cual nos avergonzaríamos delante de nuestra madre o de algún amigo de mente pura. ¿Pronuncias alguna vez una palabra que te avergonzaría que Cristo la oyera?
«Mentira». Se puede mentir con una mirada, con un guiño o guardando silencio. Robert Speer cuenta que una vez preguntó a una escuela dominical cuántas clases distintas de pecado había. Un niñito respondió: «Buenos pecados y malos pecados, señor». Entonces preguntó qué clase de pecados son los malos. Al instante el niño contestó: «Las mentiras».
Estas son algunas de las cosas que debemos desechar, si hemos resucitado con Cristo. No basta con desechar las cosas malas de la vieja vida. La casa no puede quedar vacía. Si queda así, los antiguos inquilinos malos pronto volverán, trayendo consigo compañeros aun más perversos, y el último estado será peor que el primero. «Reemplazar es vencer». La única salvación segura de nuestra vida consiste en expulsar el pecado de ella y luego hacer entrar a Cristo.
«Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto». Colosenses 3:12-14
Estas son las hermosas virtudes que se nos exhorta a vestir. Todas ellas son fragmentos de la imagen de Dios. Cada una pertenece a la vida y al carácter de Jesucristo. Debemos notar el lugar tan amplio que el amor ocupa entre ellas. En verdad, todas estas cualidades son fases del amor.
El corazón compasivo viene primero, porque el corazón hace la vida. Un corazón amable llena la vida de cosas tiernas. La bondad ha sido llamada la moneda pequeña del amor. Siempre está esparciendo bendiciones.
La «humildad» suele ser caricaturizada, pues son muchos los que tratan de ser humildes. Pero no puede ponerse de manera consciente ni por esfuerzo alguno. Debe estar en el corazón y manifestarse en la vida.
La «mansedumbre» es paciencia bajo el insulto.
La «paciencia» es soportar sin quejarse, mantenerse dulce cualesquiera que sean las circunstancias.
«Soportaros unos a otros» es la capacidad de convivir con personas que no son fáciles de tratar, de llevarse bien sin irritarse, sin inquietarse y sin volverse de espíritu agrio por causa de su incongruencia.
«Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto». Entonces viene el «amor», que está sobre todo, por encima de todo y en todo. Es esto lo que hace completo el carácter. Si de verdad hacemos entrar el amor en nuestra vida, todo lo demás vendrá por añadidura.
Como verdadero fruto de esta transformación, la «paz» de Cristo gobernará el corazón. La paz es quietud en medio de la turbulencia. Es mansedumbre en medio del odio. Es paciencia en medio del sufrimiento y la prueba. Es dominio propio; más bien, dominio de Cristo. Basta con pensar cuál fue la paz de Cristo, y luego recordar que es esa misma, su propia paz, la que Él nos promete dar. Si esta bendita paz gobierna nuestros corazones, sentimientos, afectos y deseos, ¡nada más nos faltará!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The New Life in Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.