Flores de un jardín puritano

La obediencia ciega que agrada a Dios

La obediencia implícita a hombres falibles no ha de imitarse; pero cuando manda Dios, no puede uno pecar por exceso de obediencia, pues en sus mandatos no cabe dudar de su sabiduría ni de su bondad.

"Un autor digno de confianza hace mención de uno que, durante todo un año, iba gustoso a buscar agua a dos millas de distancia cada día para derramarla sobre un palo seco y muerto, por mandato de su superior—cuando ninguna otra razón podía darse para ello. Y de otro se refiere que profesaba que, si su superior le mandara hacerse a la mar en un barco que no tuviera ni mástil, ni aparejo, ni ningún otro aditamento—él lo haría. Y cuando se le preguntó si haría esto, respondió: ¡La sabiduría debe estar en quien tiene poder para mandar, no en quien tiene poder para obedecer!"

Estos son ejemplos de obediencia implícita a una pobre autoridad humana falible, y de ninguna manera han de imitarse. Pero cuando es Dios quien da el mandato, no podemos llevar una obediencia ciega demasiado lejos, ya que no puede haber lugar para cuestionar la sabiduría y la bondad de ninguno de sus preceptos.

Al mandato de Cristo, es sabio echar la red precisamente en el lugar donde hemos trabajado en vano toda la noche. Si Dios nos lo ordena, podemos endulzar el agua con sal, y podemos caminar sobre las olas del mar, o entre las llamas de un horno. Bien dijo la Santísima Madre: "¡Todo cuanto os diga, hacedlo!"

Corazón mío, te conjuro a seguir el mandato de tu Señor sin un instante de pregunta, aunque te mande avanzar en medio del Mar Rojo, o adentrarte en un desierto aullante!

Fuente y atribución

Autor original: Charles Spurgeon

Título original: Blind obedience!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.

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