«Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.» Juan 6:29.
Es evidente que la verdadera fe en el Señor Jesús es algo más que un mero asentimiento a las cosas que a Él se refieren. Es una creencia que va invariablemente unida a ciertos resultados, el primero y principal de los cuales es una aplicación personal a Él en busca de vida y salvación. La fe siempre tiene relación con algún testimonio, con alguna declaración hecha o alguna seguridad dada. Tener fe en uno de nuestros semejantes es depositar confianza en la veracidad de sus declaraciones. De igual manera, la fe en Cristo tiene referencia a la palabra de Cristo. «Al que a mí viene, no le echo fuera» es una de las más preciosas y alentadoras de sus muchas palabras de gracia.
Ahora el pecador, convencido de su condición perdida y consciente del peligro al que está expuesto, cree que esta promesa es verdadera; pero ¿se contenta con meramente asentir a ella como tal? ¡No! Resuelve acudir al Salvador en virtud de ella. Mientras postrado a sus pies, su lenguaje es: «Tú has dicho que no rechazarás a los que vienen a ti, y alabo tu bendito nombre por haber hecho tal declaración. Yo, pues, pobre, culpable y merecedor del infierno, me presento ante ti, sin dudar de que serás tan fiel a tu palabra. ¡Oh Amigo de los pecadores, en tu amor y misericordia infinitos acuérdate de mí! Tú puedes salvar hasta lo sumo, y este es mi clamor humilde y sincero: ¡Señor, sálvame, o perezco!»
Tal, concebimos, es la fe que salva. No es una mera creencia nocional acerca de la persona, la obra, el carácter o los sufrimientos de Cristo, sino que conduce al alma en su profunda angustia a acudir a Él, a fin de obtener la salvación que Él procuró con su perfecta obediencia y muerte sacrificial, y que ha prometido otorgar sin dinero y sin precio.
Tenemos un emblema impresionante del pecador que cree en Cristo en la conducta de los hijos de Israel cuando fueron mordidos por las serpientes en el desierto. Ve al israelita mordido por la serpiente retorciéndose en las agonías de la muerte. El veneno está en su sangre; la fiebre arde por su convulso y agonizante cuerpo. Pero en su extremidad se le exhorta a mirar la serpiente de bronce que ha sido levantada sobre un poste en medio del campamento. El emblema de bronce del Redentor aparece ante él, y él fija su ojo lánguido en ella. Los estragos de la enfermedad se detienen al instante; los pulsos de la salud comienzan a latir dentro de él; y con vigor renovado es restituido al seno de su familia y amigos.
Ahora, en referencia a esta memorable escena, el Salvador dice: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado; para que todo aquel que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna». Se nos muestra así con claridad que si solo le miramos en el ejercicio de la fe, la consecuencia bendita será que viviremos. Él está ahora levantado, no en la cruz, sino a la diestra de la Majestad en las alturas; y desde aquel trono radiante en el que se sienta como Príncipe y Salvador, su lenguaje es: «¡Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay otro!»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Divine Work
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.