La soledad endulzada

La oración aquí y la alabanza en la gloria

La oración conviene a nuestro estado de prueba aquí abajo, y la alabanza al estado de triunfo en la gloria; ambas son el aliento del alma nacida del cielo, y un día la oración se convertirá en alabanza eterna.

La oración y la alabanza son el ejercicio de las dos familias de la tierra y del cielo: la iglesia militante y la iglesia triunfante. La oración es el respirar natural del alma nacida del cielo, el balbuceo del hijo de la gracia, quien, cuando haya crecido hasta la estatura de un varón perfecto en Cristo Jesús y sea llevado a su morada más alta, prorrumpirá en melodiosos cantos de alabanza. La oración conviene al estado de aquí abajo, y la alabanza al estado de arriba. Aquí soy vejado por el pecado y la tentación, por las necesidades y las flaquezas; por tanto, oro. Pero allí seré bendecido con la remoción del pecado y la tentación, de las necesidades y las flaquezas; por tanto, alabaré.

Aquí Dios lo da todo; pero por sus dones quiere ser inquirido, para que los conceda; de ahí que la oración sea ahora mi deber. Pero allí él ha dado todas las cosas, y por sus dones será reconocido por toda la multitud celestial; de ahí que la alabanza sea entonces mi deuda. La oración es el alma derramándose ante Dios en estado de prueba; y la alabanza es el alma derramándose ante Dios en estado de triunfo. Puesto que nuestra vida es una vida de aflicción, una complicación de calamidades y una escena de angustia, la oración es más propiamente nuestro ejercicio continuo; pues «si alguno está afligido, ore». Pero en el cielo, como todo es paz, perfección, pureza y gozo, la alabanza es con mayor propiedad su ejercicio. Por ello se dice de la multitud que está delante del trono que «no descansan día ni noche» alabando al que se sienta en él para siempre.

Con todo, en el presente—como el juicio se mezcla con la misericordia, y nuestra condición, por calamitosa que sea, tiene algo de consolador—también se rinde alabanza al Oidor de la oración. El fundamento de la oración es la suficiente y promesa de Dios, y mi insuficiencia; pues si nada necesitara, nada pediría de la mano de Dios, como aquellos de antaño que decían: «Somos señores, no volveremos más a ti». Y así como debo creer que Dios es, si me acerco a él, así debo creer que Dios tiene el poder y el deseo de dar, y dará conforme a su promesa, si le pido.

¡Oh divino ejercicio de aquí abajo! pues mientras presento mi súplica y refiero mis agravios, a veces soy transportado de estas sombras de angustia a una calma y tranquilidad de mente, donde quedo lleno de arrobamiento, mientras por la fe contemplo cumplidos todos mis ruegos y las causas de mi tristeza anonadadas en su amor. Por la oración, la embajada del alma en los asuntos más importantes es llevada a la corte del cielo, a veces en frases quebradas, devotas peticiones, piadosos anhelos, suspiros y gemidos. Por la oración revelo mi mente al Altísimo, alivio mi pecho cargado, echo sobre Dios todas mis dificultades, y entonces reposo sosegado. La oración es el sacrificio vespertino y matutino del cristiano para con Dios. La persona sin oración es el ateo profano, que niega adoración al Autor de su ser. ¡Oh, entonces, ser sensible a la majestad de Dios, por temor del cual aun mi carne debería temblar!

¡Oh papista engañado! ¿por qué confías tus causas a los ángeles o a los santos difuntos? Aunque se interesaran por ti, lo cual no hacen, con todo, como asisten al trono de Dios en el más alto de los cielos, no pueden conocer tus quejas ni tú a ellos, a menos que poseyeran omnisciencia, lo cual sería blasfemo suponer. Pero ¿no está Dios en todas partes y llena el mismo corazón? Así como en él vives, te mueves y respiras, así en él piensas; y a él solo, por su Amado Hijo, debes derramar todas tus peticiones y súplicas. Los amigos pueden ser quitados, los conocidos llevados, el culto público fuera de alcance, la libertad negada, yo desterrado de mi tierra natal; con todo, el alma y la oración nunca deben separarse. La real carta está depositada en mi pecho, para que pueda ser despojado de todo antes que de la libertad de acercarme con denuedo, por la sangre de Jesús, al trono de la gracia.

El impío, por la soberbia de su corazón, no invocará a Dios; pero es mi mayor honor ser admitido en la presencia del Rey eterno, y tener su oído abierto y atento a mi ruego. ¿Cuál es el libro de oración de los santos? Simplemente la aflicción, y un cuerpo de pecado y de muerte que le oprime; y Cristo, en todos sus oficios divinos y relaciones entrañables. Lo primero le enseña qué pedir, y lo último a quién pedir. En este divino ejercicio, Dios se digna luchar con su pueblo, y en la contienda ser vencido: «Déjame ir», dice Dios. «No te dejaré», dice el luchador, «hasta que me bendigas».

En la oración, Dios y el alma se encuentran y mantienen comunión; entonces la cortina del cielo se corre a un lado, para que yo pueda mirar dentro y ver mis grandes posesiones. Entonces obtengo un vislumbre del Rey en su hermosura, y un destello de las excelencias de la vida de arriba; de modo que quedo lleno de asombro y deseo partir y estar con Jesús. Este es el pozo en el que bebo el agua celestial, y soy refrigerado y fortalecido para mi camino.

«Señor, mientras se me permita entrar en tu presencia con denuedo, que el pecado secreto (¡ah! ¿de qué sirve que el mundo no lo sepa?) jamás cause vergüenza secreta delante de ti». Mientras tanto, pueda yo conocer en quién he creído, a quien revelo mi causa y expongo mis peticiones, y regocijarme porque se acerca el día en que no necesitaré pedir nada, por estar en posesión de todo. ¡Oh triunfo eterno! cuando mis oraciones se vuelvan alabanza; mis peticiones, aclamaciones de gozo; el luto, los suspiros y los gemidos, en hosannas y aleluyas sin fin; cuando los rayos de gloria ensanchen mis embelesadas facultades de la mente, ¡y la sagrada larganza rebose sobre mi alma arrobada para siempre!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Prayer and Praise

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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