Ningún verdadero cristiano—que haya puesto su afecto en las cosas de arriba—que haya tomado su cruz para seguir a Jesús—y que procure andar así como Él también anduvo—vivirá sin oración en secreto, en familia y social. Buscará el retiro y la soledad, donde pueda «a solas con Dios» descargar su espíritu—donde pueda hacer confesiones, revelar ansiedades y presentar peticiones—que no podría desvelar a oído humano. Y acudirá al altar familiar, para que, con sus hijos y dependientes, pueda dar gracias a Dios por las mercedes de la familia, reconocer los pecados de la familia y suplicar al Señor que continúe las bendiciones familiares—que imparta gracia divina, dirección y fortaleza, en medio de las pruebas, dificultades y labores de la familia. Y, sabiendo que es solo uno de la innumerable familia de Dios esparcida por el mundo—que hay muchos más allá de su propio círculo familiar que necesitan de su simpatía y de sus oraciones—o con quienes debe unirse en la adoración y el servicio de Dios—tomará parte en la oración social, y se unirá a sus hermanos en Cristo Jesús, ya sea en la reunión donde solo «dos o tres se congregan en el nombre de Dios», o en el santuario, donde, con la congregación del pueblo de Dios, podrá esperar en el Señor mediante las ordenanzas designadas por su Iglesia, y santificar el día de reposo, en obediencia al mandamiento divino.
Pero la exhortación del apóstol va aun más lejos que esto, e implica que, en toda condición y circunstancia de la vida, debe buscarse en oración la dirección, la ayuda y el consejo divinos. Hay muchos que acuden a un trono de gracia en tiempos de extremidad, pero que le son ajenos cuando todo está sereno y tranquilo—que jamás imaginan que la ayuda de Dios se necesita tanto en la prosperidad como en la adversidad—en la salud como en la enfermedad. «Cuando la angustia los abrume—dice la Escritura—derramarán sus almas ante Dios.» «En su angustia me buscarán, dice el Señor.» Sí, saben que, en tales circunstancias probadoras, no podrán sostenerse sin la ayuda del cielo—sienten la total insuficiencia de los recursos humanos y la debilidad de la confianza humana—y claman al Señor por socorro. Oran en la tempestad, pero callan en la calma—imploran liberación del lecho de enfermo, pero no el temor y el amor de Dios que los guarden y guíen en el día de la salud—presentan su queja bajo el peso de la calamidad o de la angustia, pero no piden un espíritu agradecido en medio de su abundancia y prosperidad.
El verdadero cristiano, sin embargo, consciente de su propia debilidad y de su entera dependencia de la gracia y la ayuda de Dios—«en todo, hace conocer sus peticiones a Dios»—no solo en tiempos de tribulación, cuando la tempestad lo ha arrojado a buscar refugio—no solo en días de enfermedad y aflicción, cuando se halla, por así decirlo, al borde del río oscuro de la muerte—sino cuando todo es brillante y próspero, y cuando la salud y el vigor animan su cuerpo. Si en la enfermedad, ora por paciencia; en la salud, ora por un espíritu agradecido. Si en la adversidad, ora para que Dios no se olvide de él; en la prosperidad, ora para no olvidarse él de Dios. Da a conocer sus peticiones, no solo por bendiciones espirituales, sino también temporales, sabiendo que su suerte temporal y espiritual son inseparables, y que, en los arreglos de ambas, no puede ni debe apoyarse en su propio juicio y discreción, sino en la graciosa promesa de Dios—«En todos tus caminos reconócelo a Él, y Él enderezará tus veredas».
Es consciente de que no puede dar un solo paso—ni emprender empresa alguna—que, para bien o para mal, no repercuta en su felicidad eterna; y, por tanto, ora para ser guiado por el buen camino—para que el paso que está a punto de dar sea tal que Dios lo apruebe—para que todo movimiento suyo esté acompañado de la bendición divina—para que, en cualquier deber en que se ocupe—en cualquier sociedad en que se mezcle, la presencia de Dios lo acompañe, y para que, a lo largo de todo, pueda «andar como es digno de la vocación con que ha sido llamado».
¡Cristiano! Ten la certeza de que esta es la única manera de transitar con seguridad el camino de la vida—en todo lo que emprendas—en todo lo que te propongas seguir—ya sea en tu familia o en el mundo—dar a conocer tus peticiones a Dios y pedir su bendición, su dirección y su sostén. Él te ha permitido con gracia ponerlo todo—(sea grande o pequeño—importante o trivial, a la vista humana)—delante de Él en oración, y ha prometido dirigirte y guiarte. «Confía en el Señor, y haz el bien—y habitarás en la tierra, y de cierto serás alimentado. Deléitate asimismo en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a el Señor tu camino, confía también en Él, y Él lo hará».
¡Oh! ¡De cuántos pasos falsos y pecaminosos seríamos preservados, si antes de aventurarnos en ellos todos hubiéramos formado el hábito de orar!—«Que el ángel de la presencia de Dios vaya conmigo a donde yo vaya, y esté conmigo donde yo esté.» ¡Qué confianza infundiría en medio de la duda y la perplejidad, si todo deber—todo proyecto—toda empresa, fueran precedidos por una oración humilde y ferviente por dirección y guía divinas!—si el cristiano, rodeado de dificultades y acosado por todas partes de obstáculos—que parecieran indicar que el paso dado había sido falso—pudiera decir: «Di este paso bajo dirección divina—emprendí esta empresa, después de haber buscado consejo del Señor. Pueden haber surgido dificultades—obstáculos que no anticipé pueden estar en el camino—las aguas pueden parecer agitadas—y la nave parecer laborar, pero me hice a la mar bajo la mejor pilotaje. Cada vela estaba henchida por el aliento de la oración, y por tanto confiaré con calma mi todo a Aquel que dijo: "Estoy con vosotros siempre, hasta el fin"».
¡Lector! La aseveración del apóstol inspirado es que, si «en todo» así «haces conocer tus peticiones a Dios», entonces «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará tu corazón y tu mente en Cristo Jesús». ¡La paz de Dios! Una paz que las tempestades más recias no dispersarán, ni la borrasca más violenta atemorizará—una paz que permanecerá inconmovible cuando los puntales terrenales sean removidos, y los apoyos terrenales te sean quitados—una paz que te permitirá, en medio del naufragio de las esperanzas más queridas y de la ruina de los planes más entrañables, reposar aún sobre el seno del amor infinito, y decir: «Aquí hallo descanso—aquí ninguna angustia puede alcanzarme—aquí sigo disfrutando de la paz que sobrepasa todo entendimiento».
No decimos que esta sea siempre la experiencia del creyente; pero, que no lo sea, se debe a la debilidad de su fe, y no a la falta de disposición por parte de Dios para impartir la bendición de la paz—se debe, acaso, a que no ha «en todo dado a conocer sus peticiones a Dios». Ha retenido algo que todavía lo inquieta y alarma—algo que teme o no quiere revelar en el trono de la gracia.
Pues obsérvese que tiene que ser «en todo» que el corazón ha de quedar descubierto delante de Dios—«en todo», que el asunto debe encomendarse a su cuidado. No debes pedir su consejo y luego seguir el tuyo—no debes «echar tu cuidado sobre Dios» y luego, desconfiando de su bondad providente, retomar la carga sobre ti; sino, cuando hayas descargado tu alma de una petición, has de dejarlo todo en las manos del Señor—cuando hayas dado a conocer tu deseo, has de dejar el asiento de la misericordia, como Ana, «con el rostro ya no más triste». El cálido resplandor de la promesa debería secar toda lágrima y disipar toda nube de incredulidad, pues «quien confía en el Señor, no carecerá de ningún bien».
No es que debas cesar del esfuerzo después de orar, ni relajar tu diligencia en la carrera cristiana. Si dejas que Dios lo haga todo, Dios te dejará a ti hacer todo. Se negará a conceder tu petición hasta que descubra que, junto con la oración, hay diligencia—que de verdad deseas «avivar el don de Dios que está en ti». Debes, pues, tanto en lo temporal como en lo espiritual, combinar los dos deberes—debes laborar y orar—debes luchar y orar—debes velar y orar—resistir y orar. Has de esforzarte como si todo dependiera de ti, y sin embargo, sabiendo que la bendición solo puede venir de Dios—que solo Él puede darte el éxito, que solo Él puede asegurar un desenlace feliz.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: PERSEVERING PRAYER — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.