El perdón de los pecados no nos lleva de inmediato al cielo. Debemos permanecer aún más tiempo en este mundo, porque nuestra obra aquí no ha terminado. Seremos tentados de nuevo. Pero deberíamos procurar, mientras caminamos por los polvorientos caminos de la tierra, mantener las vestiduras limpias y blancas. Muy conveniente es, entonces, esta oración después de haber hallado el perdón: «No nos metas en tentación.»
Sin embargo, la forma de la petición es sorprendente. Es una oración a nuestro Padre, y suplicamos: «No nos metas en tentación.» Ciertamente, Dios no llevaría a sus hijos a la tentación. Él es bueno y amoroso, y su voluntad para nosotros nunca es ponernos en peligro ni hacernos daño, sino conservar nuestra vida sin mancha del mundo. Estamos seguros de que Dios nunca nos inclina a hacer el mal. Santiago dice: «Nadie, al ser tentado, diga: 'Soy tentado por Dios', porque Dios no puede ser tentado por el mal, y él mismo no tienta a nadie.»
Sin embargo, es también Santiago quien dice: «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando haya sido aprobado, recibirá la corona de la vida.» Y de nuevo el mismo apóstol dice: «Ténganlo por puro gozo, hermanos míos, cuando caigan en diversas tentaciones, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia.» Está claro, por tanto, que puede salir bien de la tentación. No se dice que sea bienaventurado ser tentado; la bienaventuranza es para aquel que soporta la tentación. No se nos manda tenerlo por gozo simplemente cuando caemos en diversas tentaciones, sino cuando hemos recogido el fruto de la prueba, en una nueva resistencia.
Nos ayudará a comprender el espíritu de la oración recordar que la palabra «tentación» no significa primariamente atraer al pecado. Tentar es probar, poner a prueba, verificar. Los barcos nuevos se prueban antes de que se les confíen vidas o tesoros en el mar. Las anclas se prueban antes de que se les permita convertirse en la única esperanza de una nave en el peligro de una tormenta. Dios probó a Abraham, sometiendo a prueba su fe y su obediencia. Después de la prueba, el ángel le dijo: «Ahora sé que temes a Dios.» Abraham había superado la prueba. Jesús fue tentado antes de comenzar su ministerio público, para que fuera un libertador probado.
Las tentaciones a las que estamos expuestos continuamente son primariamente pruebas, comprobaciones, para ver si seremos fieles a Dios o no. En realidad, no hay experiencia que encontremos en la vida que no sea, en cierto sentido, una prueba. En todo momento se nos exige hacer una elección, y nuestras elecciones nos prueban. Aquí hay un deber, ¿lo cumpliremos o no? Aquí hay un llamado al servicio, ¿lo aceptaremos o lo rechazaremos? Aquí hay un impulso hacia algo digno, ¿cederemos a él o lo reprimiremos? Tenemos dinero, ¿lo usaremos para Dios o lo acapararemos para nosotros? La enfermedad nos prueba, ¿la soportaremos con paciencia y tomaremos de ella los dones de Dios que nos trae, o nos irritaremos y nos quejaremos, y saldremos de nuestra habitación de enfermo dañados por la experiencia?
Incluso el amor humano dulce y puro nos pone a prueba; muchos son retenidos por él, lejos del deber de sacrificio. Así Pedro, por amor a su Señor, procuró impedir que fuera a su cruz. «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» fue la respuesta de nuestro Señor. Muchos otros, en el ardor y la ternura de su afecto, se han convertido en tentadores de sus amigos, y a menudo los han apartado de deberes costosos o de servicios peligrosos a los que Dios los había llamado.
Así, la prueba implica siempre la posibilidad del fracaso. No hay experiencia en la que no podamos pecar. Hay una alternativa equivocada en todo llamado a lo que es recto. En vez de cumplir el deber, podemos descuidarlo. En vez de hacer la negación o el sacrificio, podemos rehusarlo. En vez de resistir el pecado, podemos ceder a él. La tentación siempre trae una oportunidad de vencer, de crecer más fuertes. Pero si dejamos de aprovechar la oportunidad, pecamos.
Mirar la tentación de esta manera más amplia da un nuevo sentido a la oración: «No nos metas en tentación.»
Parte de la fe cristiana es encomendar la vida a la dirección de Dios. Ponemos nuestra mano en la de Dios por la mañana, y le pedimos que nos guíe a lo largo del día. No sabemos qué experiencias pueden llegar a nosotros, y le pedimos que no nos lleve a pruebas duras. La oración es una petición de que, al hacer la voluntad de Dios para el día, no seamos llevados a lugares donde nos sea difícil ser fieles.
Algunos nos dicen que es cobarde ofrecer tal oración. Un soldado no debería rehuir la batalla, pues este es precisamente el oficio de su vida, aquello a lo que ha sido llamado, aquello para lo que se alistó. Solo en la batalla puede probar las cualidades de su heroísmo o entrenarse para el servicio al que se ha consagrado. Un soldado que nunca ha estado en una batalla puede ser valiente, pero nadie puede estar seguro de ello; él mismo no puede estarlo aún; su valor no ha sido probado. Una virtud no tentada es solo una virtud posible; aún no es seguro que resista la prueba. Debemos enfrentarnos a la tentación y ganar las coronas que son solo para los vencedores.
¿No es cobarde, entonces, suplicar a Dios cualquier mañana no ser llevados ese día a lugares donde debamos luchar? ¿Hemos de desear ser soldados que eviten el conflicto, el peligro y la dureza? ¿Es esa la clase de heroísmo que Cristo enseñaría a su seguidor? Él mismo no buscó tal vida. No rehuyó ningún conflicto ni procuró verse librado de ninguna batalla difícil; ¿y querría él que pidiéramos no ser llevados a la prueba?
Hay un sentido en el que esta visión es correcta. Si seguimos a Cristo plenamente, no dudaremos en ir con él a cualquier experiencia, por peligrosa que sea. «El que salve su vida, la perderá.» Sin embargo, tanto es lo que está en juego en la tentación, tales posibilidades de derrota y fracaso dependen del resultado, que no osamos desear entrar en ella. Es presuntuoso clamar por ser llevados al conflicto. Más de una vez Jesús advirtió a sus discípulos que velaran, para no entrar en tentación. Él sabía cuán inadecuados resultarían su valor y su fuerza en la batalla contra el maligno, cómo fallaría su fe en el momento del asalto. Leemos de soldados cansados del campamento y ansiosos por ser llevados contra el enemigo, pero el cristiano ansioso por ser tentado es muy necio. La tentación es una experiencia demasiado terrible para precipitarse en ella sin ser guiado por Dios.
Es correcto, por tanto, que rehuyamos la prueba dura, no por desobedecer ningún llamado de Dios, sino incluso por pedir ser librados de esas experiencias, sabiendo algo del terrible peligro que hay en ellas para nosotros. Si Pedro hubiera ido a Getsemaní aquella noche orando esta plegaria: «No me metas en tentación», en vez de jactarse de que le era imposible fallar, no habría caído.
¿No podemos decir, en realidad, que la propia oración de nuestro Señor en el Huerto fue precisamente en el espíritu de lo que enseñó a sus discípulos a pedir en esta petición? Allí suplicó no ser llevado a la prueba terrible en cuyo borde oscuro se hallaba entonces arrodillado. Sin embargo, no suplicó de manera rebelde. No rehusó aceptar la copa si no era posible que le fuera retirada. Solo oró que, si era posible, si estaba de acuerdo con la voluntad de su Padre, no fuera llevado a la prueba terrible.
Nuestra oración debería ser en el mismo espíritu. Mientras pedimos no ser llevados a la prueba dura, expresamos también nuestra disposición a aceptar la voluntad de Dios para nosotros, aunque ello signifique entrar de lleno en el corazón de la lucha. La petición ciertamente enseña que sería presuntuoso por nuestra parte buscar la tentación, pedir ser llevados a ella o precipitarnos en ella sin ser llamados por Dios. Si hacemos esto, cortejamos el peligro y no tenemos promesa de protección divina. Cuando Dios nos lleva a cualquier parte, vamos bajo su cuidado protector y no hemos de temer. Pero cuando, sin su dirección, vamos por voluntad propia a lugares de peligro, tomamos nuestra vida en nuestras propias manos. Los soldados llevados por su comandante a la batalla están cumpliendo su deber; su lugar está en el peligro. Si caen, caen en su puesto, caen bajo el amparo divino. Pero si alguien que no es soldado, sin llamado a entrar en la batalla, sin deber alguno en el campo, se abre paso entre las filas combatientes, no tiene promesa de protección divina, y si cae, ha arrojado su vida.
Lo mismo es cierto de todos los que de alguna manera se exponen al peligro. La madre, la enfermera, el médico, cuyo deber es estar junto al niño enfermo de difteria, no han de pensar en el peligro. Dios los llevó al lugar de peligro porque allí estaba su deber, y pueden dejar en él el cuidado de su preservación. Pero cualquiera que, sin ser llamado por el deber, se expone al contagio en la habitación del enfermo, está tentando a Dios y no puede reclamar la protección divina. Si contrae la enfermedad, no puede hablar de su mal como providencial, resignándose a él como algo que Dios le ha enviado. Dios no se lo envió. Él fue donde no tenía llamado divino para ir, al peligro cuando no tenía deber allí, y no puede reclamar promesa alguna de ayuda.
Nunca deberíamos rehuir ninguna experiencia de prueba a la que el deber nos lleve. Si es la voluntad de Dios que estemos donde nuestros principios o nuestro carácter deban ser probados, no necesitamos dudar en afrontar la prueba, pues tendremos la protección divina.
Pero si nos aventuramos en lugares de tentación cuando el deber no nos lleva allí, nos ponemos fuera del amparo divino. Una de las tentaciones de nuestro Señor fue que se lanzara desde el pináculo del templo, confiando en la promesa de Dios de que los ángeles lo guardarían. Pero a esta sugerencia, la respuesta de nuestro Señor fue: «No tentarás al Señor tu Dios.» Esta respuesta implica que la promesa de protección solo aprovecha cuando caminamos en la vía de la dirección divina.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Shrinking from Temptation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.