Las vigilias nocturnas

La presencia que acompaña cada noche

En la oscuridad de medianoche el creyente encuentra dulce consuelo al saber que su Dios omnipresente vela sobre su almohada sin sueño.

La omnipresencia de Dios. ¡Cuán desconcertante para toda comprensión finita! Pensar que por encima, alrededor y dentro de nosotros hay Deidad: las huellas invisibles de un Ser Omnisciente y Omnipresente. «Sus ojos están en todo lugar»: en planetas que giran y en átomos diminutos; en el serafín resplandeciente y en el gusano humilde; recorriendo con escrutinio indagador los senderos de la inmensidad, y leyendo la página oscura y escondida de mi corazón. «Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel con quien tenemos que ver».

Oh Dios, ¿ha de consternarme tu omnipresencia? ¡No! En mis temporadas de tristeza, dolor y soledad —cuando otros consuelos y consoladores han fallado—, cuando, quizá en la oscuridad y el silencio de alguna hora de medianoche, en vano he buscado reposo, ¡cuán dulce pensar: «¡Mi Dios está aquí! No estoy solo. El Omnisciente, para quien las tinieblas y la luz son iguales, planea sobre mi almohada sin sueño!». «El que guarda a Israel ni dormita ni se duerme». Oh Sol que nunca se pone, no puede haber oscuridad, soledad ni tristeza donde tú estás. No puede haber noche para el alma que ha sido animada con tu radiante gloria.

«¡He aquí, yo estoy con vosotros todos los días!». ¡Cuán preciosa, bendito Jesús, es esta tu herencia de amor de despedida! Presente con cada uno de los tuyos hasta el fin del tiempo, siempre presente, omnipresente. La verdadera «columna de nube» de día y «columna de fuego» de noche, precediéndonos y acampando junto a nosotros en cada paso de nuestra jornada por el desierto. ¡Oh alma mía! Piensa en Él, en este momento, en el misterio de su naturaleza divina, y sin embargo con todas las exquisitamente tiernas simpatías de una Humanidad glorificada, presente con cada miembro de la familia que ha redimido con su sangre. Sí, tan presente con cada alma individual como si no tuviera otra que cuidar, como si esa sola absorbiera todo su afecto y amor.

El gran Constructor, inspeccionando cada piedra y pilar de su templo espiritual; el gran Pastor, con su ojo en cada oveja de su redil; el gran Sumo Sacerdote, contando cada lágrima, notando cada dolor, escuchando cada oración, conociendo las peculiaridades de cada caso. Ningún número le confunde, ninguna variedad le desconcierta; puede atender a todos, satisfacer a todos y responder a todos: miríades que sacan cada hora de su Tesoro, y sin embargo ninguna disminución de ese Tesoro; siempre vaciándose y siempre llenándose, ¡y siempre lleno!

¡Jesús! Tu presencia perpetua y penetrante convierte la oscuridad en día. No me dejas desamparado para enfrentar las tormentas de la vida: tu mano pilota de hora en hora mi frágil nave. La omnipresencia de Dios: ¡antídoto gracioso para todo dolor terrenal!

«He puesto al Señor siempre delante de mí». Aun ahora, cuando la noche cierra sus cortinas a mi alrededor, sea esta mi oración final: «¡Bendito Salvador, quédate conmigo, porque se hace tarde y el día ya declina!». Bajo las alas sombrías de tu presencia y tu amor: «En paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado» (Salmo 4:8).

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE OMNIPRESENCE OF GOD

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura