¡Cuán ancha es la puerta de bienvenida! Antes de que el hijo pródigo, el ingrato pródigo que regresa, pudiera balbucear entre lágrimas de arrepentimiento la confesión de sus pecados, ¡los brazos de la misericordia de su padre ya lo rodeaban! El hijo pródigo no pensaba en más que en el lugar del siervo; el padre tenía preparada la mejor ropa y el becerro gordo. Dios tiene la primera palabra en los ofrecimientos de misericordia. No rechaza a nadie; a todos da la bienvenida: al pobre, al miserable, al ciego, al desnudo, al cargado, al abrumado, al pecador endurecido, al pecador anciano, al pecador temerario, al pecador moribundo: ¡TODOS son invitados a venir! «Venid, diga el Señor, y razonemos juntos. Aunque vuestros pecados sean como la grana, serán blancos como la nieve; aunque sean rojos como el carmesí, serán como la lana». La lengua más reseca que lame las corrientes de la Roca herida tiene vida eterna. «Cuando nosotros perdonamos, nos cuesta un esfuerzo; cuando Dios perdona, es su deleite». Desde las almenas del cielo nos llama: «¡Volveos, volveos! ¿Por qué moriréis?». Parece asombrarse de que los pecadores hallen placer en su propia muerte. Declara: «No me deleito en la muerte del impío, sino en que el impío se vuelva de su camino y viva». Lector, ¿has acogido ya la libre invitación del Evangelio? ¿Has ido a él tal como eres, con toda la andrajosidad de los vestidos de la naturaleza, de pie en tu propia nada, sintiendo que estás en insolvencia, que «no tienes con qué pagar», ya en bancarrota, y la deuda siempre creciendo? ¿Te has aferrado a esa bendita seguridad: «Él es poderoso para salvar hasta lo sumo»? ¿Estás descansando todo tu ser eterno en aquel que todo lo hizo y todo lo padeció por ti, dejándote «sin dinero y sin precio» una oferta libre, plena e incondicional de una gran salvación?
No digas que tus pecados son demasiados, que el tinte carmesí es demasiado profundo. Precisamente porque eres un gran pecador y tienes grandes pecados, ¡necesitas un gran Salvador! «De los cuales yo soy el primero», es una posdata de oro a «palabra fiel y digna de recibir: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». No deshonres a Dios echando dudas sobre su voluntad o su capacidad. Si tus pecados son atroces, serás aún más un asombroso monumento de gracia. Puedes ser el vaso más débil y más indigno; pero recuerda, había un lugar en el Templo tanto para los grandes como para los pequeños, para las copas como para las jarra. Aun el vaso más pequeño glorifica a Cristo. Levántate, pues, e invoca al Señor. No podemos decir, con el rey de Nínive: «¿Quién sabe? ¡Dios se arrepentirá y apartará el ardor de su ira, y no pereceremos!». Él se está volviendo ahora, declarando, sobre su propia palabra inmutable, que «al que viene a mí, no le echo fuera». «Aunque hayas vivido entre los tiestos, serás como las alas de paloma cubiertas de plata, y sus plumas con oro fino». Acepta sin demora estas preciosas invitaciones, para que, mirando a un Dios y Padre reconciliado en el Cielo, puedas aun esta noche decir: «En paz me acuesto y me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado» (Salmo 4:8).
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE INVITATIONS OF GOD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.