¿Quién puede oír la regla de oro de nuestro Salvador sin aprobarla? ¿Y quién puede oírla sin condenarse a sí mismo? «Haced con los demás lo que querríais que ellos hicieran con vosotros». Quien la ha guardado es un hombre perfecto y ha cumplido todo lo que enseñaron la ley y los profetas. Debemos confesar con dolor que la hemos quebrantado mil veces, y que necesitamos perdón por la sangre del Salvador por estas múltiples transgresiones. Pero aunque hemos transgredido, si deseamos agradar a Dios, hallaremos en esta regla una guía admirable. Dios conoce nuestra ignorancia y nos ha provisto bondadosamente una regla aplicable a toda circunstancia en que podamos hallarnos. En cada ocasión deberíamos imaginarnos en el lugar del prójimo y decir: «Si yo fuera padre, ¿cómo esperaría que mi hijo se comportara conmigo? Si yo fuera hijo, ¿cómo con mi padre? Si yo fuera amo, ¿cómo requeriría que mi siervo se condujera? Si yo fuera siervo, ¿cómo desearía que mi amo me tratara? Si yo sufriera dolor, qué desearía que los sanos hicieran para aliviar mi miseria; si yo estuviera hundido en la pobreza, qué pensaría yo que debieran hacer los ricos al contemplar mi indigencia?».
Podemos ir aún más lejos y decir: «Si yo fuera un gentil perecedero, ahora ante el tribunal de Dios, ¿qué pensaría entonces que los cristianos debieran haber hecho por mí?» Debemos, sin embargo, hacernos estas preguntas con esta condición: «¿Qué sería razonable que yo esperara que otro hiciera por mí, si yo estuviera en sus circunstancias?»
¡Cuán mal soportamos ser examinados por esta regla! Y, con todo, nos hemos portado muchísimo mejor con nuestros semejantes que con Dios.
Nuestro Salvador, con su siguiente declaración, ha despertado a menudo asombro y ansiedad. Declaró que la puerta de la vida era angosta y que el camino era estrecho; con lo cual quiso decir que los hombres hallan difícil ser verdaderamente religiosos. El camino angosto no es hoy más ancho que cuando estas palabras fueron pronunciadas por primera vez, y aún son pocos los que lo hallan. Y si son pocos los que lo hallan, jamás concluyamos que una práctica es correcta porque muchos se entregan a ella. El camino por el que muchos caminan ha de ser errado. Si quisiéramos agradar a Dios y salvar nuestras almas, hemos de ser singulares.
En el camino ancho hay muchos viajeros, y hay muchos senderos por los que estos viajeros marchan. Personas de toda clase de carácter caminan por él: el derrochador y el avaro; el amante del placer y el religioso justificado por sí mismo; y cada clase de personaje distinto condena a los demás. Sin embargo, todos se asemejan en esto: no aman a Dios ni hacen su voluntad; y todos se apresuran (por poco que lo piensen) hacia la misma destrucción.
Los cristianos, por el contrario, caminan todos por la misma senda. Todos son de un mismo espíritu, aunque algunos sobresalen más que otros. Entran por la misma puerta angosta, esto es, creen en el mismo Salvador. Aunque vengan de los confines opuestos del mundo, conocen la mente unos de otros y simpatizan con los sentimientos ajenos. El mayor rey y el más humilde mendigo sienten simpatía mutua, si ambos aman a Cristo.
Sin embargo, este camino angosto es poco buscado. La razón es que los hombres no pueden soportar los sacrificios que deben hacer antes de poder entrar; no quieren renunciar a su placer y a su orgullo. Si caminaran por este camino angosto, lo hallarían placentero. En algunos lugares es empinado, en otros áspero; pero el bendito fin lo hace placentero. Es una perspectiva que haría placentera cualquier senda; una perspectiva que se torna más resplandeciente a medida que el viajero avanza: la perspectiva de los collados eternos, coronados por la ciudad de oro y las puertas de perlas. Y el Compañero lo hace placentero. Él es a la vez Guardia, Guía y Amigo de todos los que caminan por el camino angosto.
Y aunque pocos caminen por él ahora, en el hogar al que conduce se hallará una multitud, sí, una multitud sin número; pues en toda edad ha habido algunos que recorrieron esta senda, y en las edades por venir habrá muchos más. El camino ancho no estará siempre concurrido. Cuando Satanás, que ahora engaña al mundo, sea encerrado en prisión, entonces el camino ancho será abandonado, el pueblo será todo justo, y ninguno dirá más a su prójimo: «Conoce a Jehová», porque todos lo «conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande». Nuestro viaje puede ser solitario, pero la casa de nuestro Padre no estará vacía. Hay muchas moradas en ella, y ninguna carecerá de un habitante bienaventurado. Entonces se saciará nuestro divino Señor al contemplar reunida en torno a Él su innumerable familia.
¿Y la angostura de la puerta nos disuadirá de procurar entrar? ¿O la estrechez del camino nos inducirá a volver atrás? Bien valdría pasar por fuego y agua para alcanzar tal herencia. Pero los sufrimientos de este camino son muy inferiores a sus consolaciones, y estas no pueden compararse con su fin. «Tengo por cierto», dijo el apóstol Pablo, «que las aflicciones de este tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ describes the wrong and the right way
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.