Mañana y noche

La sangre de Cristo para corazones que aún claman: somos inmundos

Aunque el creyente es nueva criatura, el pecado aún mancha sus obras más puras; solo la sangre de Cristo y su justicia perfecta nos hacen aceptos ante Dios.

El creyente es una nueva criatura; pertenece a una generación santa y a un pueblo peculiar; el Espíritu de Dios está en él, y en todos los respectos está muy lejos del hombre natural. Pero con todo eso, el cristiano sigue siendo pecador. Lo es por la imperfección de su naturaleza, y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal.

Los negros dedos del pecado dejan tizne sobre nuestras túnicas más hermosas. El pecado estropea nuestro arrepentimiento en el torno, antes de que el gran Alfarero lo haya terminado. El egoísmo contamina nuestras lágrimas, y la incredulidad manipula nuestra fe. Separados del mérito de Jesús, la mejor obra que hayamos hecho solo aumenta el número de nuestros pecados. Porque cuando hemos sido más puros a nuestros propios ojos, ¡aún así, como los cielos, no somos puros a los ojos de Dios! Y como Él halló necedad en sus ángeles, mucho más la hallará en nosotros, aun en nuestros estados de ánimo más angelicales.

Nuestro canto, que se estremece hasta el cielo y procura emular los coros de los serafines, lleva en sí disonancias humanas. Nuestra oración, que conmueve el brazo de Dios, sigue siendo una oración magullada y abatida, y solo conmueve ese brazo porque el Sin pecado, el gran Mediador, ha intervenido para quitar el pecado de nuestra súplica.

La fe más dorada, o el grado más puro de santificación que un cristiano haya alcanzado en la tierra, lleva todavía tanta escoria que, considerada en sí misma, solo sería digna de las llamas eternas. Cada noche nos miramos en el espejo y vemos a un pecador, y tenemos necesidad de confesar: «Somos todos nosotros como cosa inmunda, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia».

¡Oh, cuán preciosa es la sangre de Cristo para corazones como los nuestros! ¡Cuán inestimable regalo es su justicia perfecta! ¡Y cuán brillante la esperanza de la santidad perfecta en el más allá!

Aun ahora, aunque el pecado habite en nosotros, su poder está quebrantado. No tiene dominio. Es una serpiente con la espalda rota. Estamos en amargo conflicto con él, pero es con un enemigo ya vencido con quien tenemos que lidiar. ¡Dentro de poco entraremos victoriosos en la ciudad donde nada que contamina entrará!

Fuente y atribución

Autor original: Charles Spurgeon

Título original: October 27 — Evening

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.

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