Pensamientos vespertinos

La santidad que nace de la cruz de Cristo

La cruz revela con mayor resplandor la santidad de Dios y enciende en el creyente la necesidad de ser santificado. Cristo murió tanto para perdonar el pecado como para romper su dominio en nosotros.

Si este motivo de santificación revestía tal solemnidad y poder para la iglesia del antiguo pacto, ¡cuánta mayor autoridad debe tener hoy sobre nosotros! El aumento de su fuerza brota del resplandor con que la cruz de Cristo exhibe la santidad de Dios. Allí, en el Calvario, Dios ha desplegado sus perfecciones y ha mostrado cuánto aborrece el pecado y cuánto ama la santidad. ¿No pudo pasar por alto a su amado Hijo? ¿Lo entregó a la vergüenza y al escarnio? ¿No retuvo a su Unigénito del sufrimiento? ¿La justicia envainó su espada en el corazón de Jesús y hirió al Pastor? ¿Y por qué todo esto? La respuesta llega desde el Calvario: Yo, el Señor, soy un Dios santo. Y luego sigue el precepto, tan conmovedor: Sed santos, porque yo soy santo.

La necesidad de la santificación brota también de la obra de Cristo. El Señor Jesús se encarnó y murió tanto por la santificación como por el perdón y la justificación de su Iglesia; tanto por liberarla del poder habitante del pecado como de su poder condenatorio. Si no se hubiera provisto la santidad del creyente, su obra habría sido parcial e incompleta. Pero Él vino no solo para borrar el pecado, sino para romper sus cadenas; no solo para quitar su maldición, sino para quebrar su cetro. La muerte de Cristo por el pecado fuera de nosotros es la muerte del pecado dentro de nosotros. Ningún progreso se hace contra el dominio del pecado habitante, ningún pecado se deja a un lado, sino en la medida en que el creyente cuelga diariamente de la cruz. El mismo Jesús dijo: Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. ¡Oh, qué motivo para la santidad! Santo de Dios, ¿podrás resistirlo?

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - March 8

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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