Aún se señala con orgullo, entre las agrestes rocas del Delfinado, el lugar donde un águila llevó en sus garras al niño que había sido dejado sonriendo en su cuna, en inocencia sin temor, junto a la puerta de la cabaña. Una tras otra, formas robustas intentaron escalar aquella vertiginosa altura para el rescate, pero tuvieron que abandonarla en la desesperación. Al fin, un pie ágil y veloz desdeña todas las dificultades. Sube trepando, de peñasco en peñasco, hasta que, alcanzando la eminencia mareante, esconde al niño aún vivo en su seno, diciendo, como sólo la lengua de una madre en tal hora podría decir: «Este mi hijo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y ha sido hallado». Pero aquello era el mudo afecto de una madre por su hijo. Cuando llevó a su «amado y perdido» de vuelta a su cabaña y lo reposó en la cuna vacía, nos parecería extraño oírla decir: «He aquí yo, yo misma, he hecho esto». ¿Quién más podría haberlo hecho sino ella?
Podríamos imaginar el amor de un padre por un hijo pródigo llevándolo a recorrer medio mundo en el empeño de buscarlo y hallarlo. Olvidaría toda la disipación y el pecado, en los recuerdos de la «niñez» consagrada; cuando su pequeño trepaba a su rodilla, o arrancaba flores con él en el prado, o caminaba a su lado, y, con charla juguetona, alejaba las horas de preocupación y de pena.
Podemos figurarnos a la esposa del soldado, fuera en la noche estrellada y bajo la luna pálida, mirando con anhelo entre los montones de cadáveres insepultos, buscando el corazón silencioso que ya no puede responder a su amor.
Podemos comprender muchos pies bondadosos que, entre hogares de miseria, van en recados de piedad y de amor; entrando en la choza del mendigo, o penetrando en el callejón donde la inmundicia y el crimen imperan perpetuamente. Podemos comprender cómo tales personas hallan un deleite en hacer el bien, en levantar a esos miserables proscritos de sus madrigueras y vidas de miseria y de culpa; reconociendo bajo esos harapos lastimeros el vínculo de una hermandad degradada; ¡sí, corazones que, bajo influencias propicias, habrían sido tan cálidos, o más aún, que los suyos!
Pero ¿qué ve en nosotros el infinito Jehová? ¿Qué derecho tienen estas ovejas sobre este Pastor del universo, estos pecadores sobre su Dios? ¡Ninguno! El corazón natural es una cueva de contaminación, un refugio del mal, el hogar donde se nutre la rebelión. «Yo no te he desechado», parece decir, «sino que tú me has desechado a mí». Podría haber ratificado vuestra culpable apostasía. Podría haberos dejado perecer. Podría haber estampado la eternidad sobre vuestros extravíos del redil. Esto habría sido así en cualquier tribunal humano, en los tratos del hombre con su semejante. «Pero mis caminos no son como vuestros caminos, ni mis pensamientos como vuestros pensamientos». «He aquí yo, yo mismo, buscaré mis ovejas y las visitaré».
No sólo, sin embargo, estamos llamados a notar y admirar la gracia y condescendencia de Dios, sino a admirar la SOBERANÍA de esa gracia, manifestada en la elección de sus objetos. La humanidad no era la única familia caída en el universo. Otras ovejas, no del redil terrenal, se habían también extraviado del Pastor. ¿No podríamos haber esperado que, al resolver el rescate y la recuperación de algunos perdidos, hubiera escogido más bien a una raza distinta de extraviados? Los ángeles caídos (los originarios del Cielo) eran superiores al hombre. Eran de ala veloz en el cumplimiento de los mandatos divinos; y la nobleza misma de su naturaleza, que los hacía gloriosos en su estado de santidad y pureza, los haría en proporción formidables cuando se convirtieran en demonios en su depravación. Por ambas razones, la excelencia en fortaleza, ya fuera para el bien o para el mal, habría (según podríamos suponer en cálculos humanos) hecho a la naturaleza angélica más bien que a la humana, a la oveja perdida del cielo más bien que a la oveja perdida de la tierra, el objeto de la restitución divina.
Bien podemos detenernos y ponderar esta maravillosa manifestación de gracia soberana en la salvación de pecadores del polvo. Bien podemos amar contemplar aquel cuadro que el Gran Pastor mismo, en su propia parábola, eleva a la vista: «dejando las noventa y nueve en el desierto» (dejando a ángeles apóstatas y demonios caídos perecer), y Él mismo «yendo tras lo que se había perdido», en este rincón remoto de su creación. No la oveja buscando al Pastor, sino el Pastor buscando a la oveja. No la paloma, con ala cansada y quejido lastimero, recorriendo el desierto de las aguas en busca del Arca, sino el Arca en busca de la paloma. No el vagabundo que llega a tu puerta cubierto de harapos, con las mejillas hundidas por el hambre y tiritando bajo la ráfaga invernal, sino el Rey que va y busca la morada del mendigo, y pone sol y gozo en su habitación de miseria.
Verdaderamente, esta salvación del hombre es una historia de gracia. Giremos el caleidoscopio moral como queramos, las palabras centelleantes siguen radiantes ante nuestros ojos: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Dios no necesitaba ovejas, ni pecadores, ni ángeles, ni universos que añadir a su gloria. Los reyes de la tierra tienen que añadir reino a reino; tienen que dar rienda suelta a la lujuria de conquista y de agresión para granjearse renombre. La gloria de los viejos conquistadores romanos, cuando, llevados en triunfo sobre cuadrigas, subían coronados de laureles al Capitolio, se medía por los potentados sin corona que caminaban encadenados junto a las ruedas de su carro, o que arrastraban el vehículo de la victoria cuesta arriba. Pero si podemos comparar la grandeza sombría de la tierra con la de Aquel por quien reinan los reyes, que «hace de las nubes su carro y que camina sobre las alas del viento», mundos sobre mundos, miríadas de estrellas y sistemas resplandecientes, no podrían añadir un solo rayo a su gloria no derivada. Y si estos mundos fueran aniquilados, borrados del mapa de la creación; si estas estrellas de la noche fueran barridas a la nada, por Él el vacío no se sentiría. Él sería una vez más el Solo. Glorioso en las soledades despobladas de la inmensidad, infinitamente feliz en su propia felicidad no derivada.
Una vez más. La gracia y la compasión de Dios se manifiestan además en su incansable amor y paciencia en la persecución del perdido, hasta que la restauración y la seguridad queden aseguradas. En otras palabras, hemos de admirar no sólo su gracia libre y su gracia soberana, sino lo que los antiguos escritores llamaban su gracia irresistible. «Así dice el Señor Jehová: He aquí yo, yo mismo, buscaré mis ovejas Y las visitaré». No sólo las buscará, sino que buscará hasta hallarlas. O, como esto es expresado más hermosamente por los labios del Gran Pastor mismo en su parábola: «Va tras lo que se había perdido hasta que lo encuentra». ¡Hasta! Hay un mundo de patetismo y de significado en esa palabra. Nos brinda un vislumbre maravilloso del amor del Salvador y forma el punto de inflexión en la conmovedora historia. ¡Hasta! Su misma indeterminación respecto al tiempo y al trabajo es expresiva. Pueden ser días, semanas, meses, años los que ha estado en incansable persecución del extraviado. Puede describir una triste historia de desdeñoso rechazo, obstinada terquedad, persistente ingratitud.
La parábola nos pinta al pastor oriental trepando por precipicios escabrosos, fatigándose bajo el sol ardiente por páramos sin abrigo, o afrontando los peligros de selvas sin senderos, mientras la oveja díscola se precipita más lejos, hundiéndose más y más en la destrucción, y alargando la cansada distancia que él ha de recorrer para llevarla de vuelta al redil.
Cuando un pastor en nuestro propio país descubre que un miembro de su rebaño falta, ¿cómo recupera generalmente al extraviado? Envía a sus perros en su persecución. Se puede seguir su rastro mientras saltan por la falda del monte o por la escarpada cuesta. Al fin, el jadeante fugitivo, arrojado delante de ellos, entra, temblando, con el vellón desgarrado y exhausto, al redil del que se había apartado. No así, sin embargo, el pastor hebreo. No encomendaría la restauración de su perdido ni siquiera a un jornalero o a un siervo. No puede descansar hasta que la oveja traidora sea estrechada en sus propios brazos. No rehúsa el trabajo de un largo viaje. Prosigue su a menudo ardua tarea, y continúa persiguiendo «¡hasta que la encuentra!»
Conmovedor emblema y parábola del Buen Pastor, y de su perseverante amor y compasión. Si hubiera sido otro que Él, si hubiera sido, no Dios, sino el hombre, la persecución habría sido abandonada hace tiempo en la desesperación; viendo que, sorda a toda súplica, la oveja parecía amar su propia muerte y, despreocupada de la voz del Pastor, se precipitaba hacia la destrucción. Pero, inconmovible por toda su indiferencia, con una importunidad que nunca se cansa y un amor que nunca se enfría, Él prosigue. El olvido y la ingratitud del extraviado sólo parecen avivar su deseo de tenerla recogida en sus brazos. No se dice cuánto ha de durar su importunidad. El amor del Salvador no lo limita ninguna distancia, no lo enfrían las dificultades, no lo rechazan los obstáculos.
Muchos pastores terrenales van tras sus ovejas, pero han perdido su rastro; o, si no, descubren, ¡ay!, al contemplar los huesos que esparcen la boca de la guarida, que un pie más veloz que el suyo ha hallado el premio. No así el Pastor Celestial. Él no sólo busca, sino que «las busca hasta dar con ellas». Va tras ella «hasta que la encuentra».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: 2 — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.