La vida de Cristo para cada día

La tiniebla que cubrió la tierra al morir Cristo

Al nacer el Hijo de Dios brilló una gran luz; al morir, una oscuridad repentina cubrió la tierra al mediodía. Aquella tiniebla fue un juicio milagroso de Dios contra los asesinos de su Hijo y una sombra del abandono que él soportó.

Cuando el Hijo de Dios nació, se vio una gran luz en los cielos en medio de la noche; pero cuando moría, una oscuridad repentina cubrió la tierra al mediodía. Los pastores se sobrecogieron de gran temor al ver la luz. ¡Cómo se sentirían entonces los asesinos del Señor al contemplar la oscuridad! ¿Cuál fue la causa de aquella tiniebla? A veces un eclipse de sol oscurece de pronto el día. Pero un eclipse no puede ocurrir en el tiempo de luna llena. Como en aquella estación se celebraba la pascua, es evidente que esta oscuridad no fue causada por un eclipse. Fue un acontecimiento milagroso. Fue un juicio enviado por Dios. ¿Y por qué? Para mostrar su ira contra los asesinos de su Hijo. Desde el principio del mundo jamás se había cometido un hecho tan espantoso como el asesinato del Señor de la gloria. Bien podía distinguirse de los demás el día en que se cometió tal acto. El lenguaje que empleó Job respecto al día de su nacimiento podría aplicársele: «Tienen tinieblas y sombra de muerte que lo manchen; morene sobre él nube, y lo espanten calamidades del día» (Job 3:5).

La multitud que había acudido al Calvario ya no pudo contemplar con curiosidad insensible, ni con triunfo malicioso, el cuerpo sangrante y el rostro agonizante del Señor. El Padre había extendido un grueso velo en torno a su Hijo que expiraba. No se registra ningún suceso ocurrido durante aquellas horas solemnes de tiniebla; pero al fin se oyó una voz que decía: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Los enemigos de Jesús conocían aquella voz. Sabían que no era el clamor de uno de los malhechores moribundos lo que oían. Pero ¿se conmovieron ante la angustia de aquellos tonos? No, se burlaron como antes. Confundiendo la palabra Elí (que significa Dios) con el nombre de Elías, gritaron: «Dejad, veamos si viene Elías a salvarle». Las tres horas de tiniebla no habían cambiado sus perversos corazones.

Mientras el Hijo disfrutaba de la presencia de su Padre, podía soportar los insultos de los hombres sin una queja. Pero cuando aquel rostro que siempre había brillado sobre él se escondió de su vista, entonces profirió un clamor angustiado. Otras tristezas le eran familiares desde su cuna; pero esta era una prueba nueva y extraña. De él está escrito que «está en el seno del Padre». ¡Qué cercanía de comunión, qué profundidad de amor implica esa expresión! Nada podía haber interrumpido esta comunión ni amortiguado el sentido de este amor, sino el pecado. Nuestros pecados fueron la nube que por un momento escondió el rostro del Padre de su único Hijo amado. Por un momento proyectó una sombra profunda sobre el corazón del Hijo de Dios, y luego quedó borrada para siempre en su sangre expiatoria. Desde el trono de su Padre, él nos llama y dice: «Oh Israel, no serás olvidado de mí. Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como una nube tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí» (Is. 44:22). Pero cada pecador debe venir a él, para que cada pecador reciba perdón. Los que no quieran venir morirán en sus pecados. Entonces Dios los abandonará para siempre. Cuando clamen: «¿Por qué nos has desamparado?», ¿cuál será la respuesta? ¿No será: «No quisisteis venir a mí para que tuvieseis vida»? Un niño abandonado por sus padres, una esposa desamparada por su marido, son mirados con piedad; pero el alma abandonada por su Dios es la más miserable de todos los seres. Esta es la desdicha de los espíritus perdidos en el infierno. Dios los ha echado lejos de su presencia.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The darkness

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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