La vida de Cristo para cada día

La única señal dada a una generación incrédula

Los fariseos pedían una señal del cielo, pero su corazón ya estaba resuelto a no creer. Jesús les dio como única señal la de Jonás: su propia resurrección. Los ninivitas y la reina de Sabá los condenarán.

No fue con un deseo sincero de ser convencidos de la verdad que los fariseos pidieron una señal. Ya habían presenciado tantos milagros que no podían evitar saber que Jesús era el Hijo de Dios. Este era su gran pecado: que, conociendo la verdad, no querían confesarla. Como después dijo nuestro Salvador: «Si no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido tanto a mí como a mi Padre».

Los fariseos estaban resueltos a no creer en Jesús. Cualesquiera milagros que realizara, cualesquiera señales que mostrara, ya habían tomado su decisión: no creerían en él ni dejarían que otros creyeran. Es evidente que este era su estado de ánimo por su conversación cuando estaban juntos. «Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron un concilio, y dijeron: ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos y quitarán nuestro lugar y nuestra nación». ¿No revelaban estas palabras un estado de ánimo espantoso? Era peor que incrédulo; era malicioso. En este mismo espíritu se opone Satanás al reino de Dios.

¿Y cuál era esa señal del cielo que pedían los fariseos? Probablemente una de aquellas manifestaciones de gloria que Dios hizo en el monte Sinaí, cuando habló desde medio del fuego, rodeado de nubes y tinieblas, truenos y relámpagos. Cristo podría haber manifestado su gloria del mismo modo, y lo hará cuando venga otra vez a juzgar al mundo. Pero rehusó conceder la arrogante demanda de los fariseos y les dijo que no tendrían otra señal que la del profeta Jonás. ¿Y cuál era esa señal? Era su propia resurrección; pues el entierro de Jonás en medio del pez fue tipo de su entierro en el corazón de la tierra; y la salida de Jonás por la boca del pez fue tipo de su rompimiento de las barreras del sepulcro.

Puede sorprendernos saber que Jesús estaría tres días y tres noches en su sepulcro, dado que sólo yació allí desde la tarde del viernes hasta la mañana del domingo. Pero los judíos tenían una manera peculiar de contar el tiempo: consideraban un día y una noche como un solo período, y contaban una parte de este período como si fuera el todo. Por tanto, como Jesús estuvo parte de tres días en el sepulcro, allí estuvo tres días y tres noches, según el modo judío de hablar.

El Salvador bien sabía que los fariseos no le reconocerían como el Hijo de Dios aun cuando resucitara de entre los muertos; y así sucedió, pues cuando resucitó y cuando la historia de su resurrección fue referida a los principales sacerdotes y ancianos, ¿cómo actuaron? Sobornaron a los soldados que habían guardado el sepulcro para negar el hecho y decir que los discípulos habían robado su cuerpo mientras ellos dormían.

Bien podía, pues, Jesús contrastar a los hombres de Nínive con los fariseos. Los ninivitas se arrepintieron cuando Jonás declaró que dentro de cuarenta días su ciudad sería destruida. Es notable que cuarenta años después de la resurrección de nuestro Salvador, Jerusalén fue destruida, porque los judíos no se arrepintieron. Los fariseos despreciaban a los ninivitas por ser gentiles, y sin embargo esos gentiles eran mucho mejores que ellos mismos.

El Señor trajo entonces el ejemplo de otra gentil que actuó de manera opuesta a los fariseos: fue la reina de Sabá, que vino de un país lejano para recibir instrucción de Salomón. Ha habido paganos en tiempos posteriores que se han parecido a esta antigua soberana en su deseo de obtener sabiduría celestial. Hace algunos años, dos nativos de Ceilán dejaron su isla de especias y vinieron a habitar por un tiempo en nuestro clima frío, para aprender el evangelio del Dios bendito. Cuando estaban a punto de regresar a casa, un amigo les regaló un magnífico espejo, pero ellos rehusaron aceptarlo. Dijeron a su venerable maestro, el doctor Adam Clarke: «Digan a nuestro amigo que no podemos aceptar el espejo. No llevaremos nada a casa sino la Biblia que nos dieron y el evangelio del Señor Jesucristo. Para aprender ese evangelio cruzamos el océano, y sólo con él lo cruzaremos de nuevo».

¡Cuán differentes son estos cingaleses desinteresados de aquellos que por razones mundanas abandonan la predicación de la verdad! Cualesquiera que sean las ventajas por las que renuncien a aquel sonido gozoso, hacen un mal cambio. Dichosos los que pueden decir con David: «Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo» (Sal. 27:4).

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: He refuses to give a sign to the Pharisees

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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