Sin embargo, cuando llega el tiempo del reposo absoluto, es distinto de lo que se había anticipado. Hay, para sorpresa acaso de todos tales hombres, una idea nueva, extraña, que nunca habían tenido y que no entraba en sus anticipaciones: que ya no tienen nada por lo que vivir; que no tienen motivo de esfuerzo; que no tienen plan ni propósito de vida. Se les figura ahora, acaso también a otros, no tener lugar en el mundo, ni derecho en él. La sociedad no tiene lugar para ellos, porque nada tiene que conferirles, y ellos ya no pueden hacerse un lugar por sí mismos.
El general Washington, concluida la guerra de Independencia y vuelto a Mount Vernon, se dice que se sentía «perdido», porque ya no tenía un ejército que guiar y proveer cada día. Carlos V, lejos de hallar reposo en su claustro, se entretenía, según se ha supuesto comúnmente, en procurar hacer marchar al unísono relojes y relojes de bolsillo; y lejos de retirarse efectivamente de los asuntos de Estado, miserable en el retiro que se había escogido, seguía ocupándose de los asuntos de Europa, y procuraba desde el convento de Yuste gobernar los dominios hereditarios que había profesadamente resignado en su hijo, y en cuanto le fuera posible seguir rigiendo el imperio donde tanto tiempo había reinado.
El mercader retirado, poco habituado a la lectura y no acostumbrado a la agricultura ni a las artes mecánicas, con escaso gusto, acaso, por las bellas artes o por la vida social, halla la vida una carga, y suspira por sus antiguos empleos y relaciones; pues así como ha hecho profesión de acabar con el mundo, así el mundo ha hecho en verdad con él.
¡Cuán grande, pues, es la diferencia entre la condición de un hombre de veinte años y la de uno de setenta! A quienes están en la primera condición, no será improcedente aplicar las palabras de Milton respecto a nuestros primeros padres, cuando salieron del Edén al ancho mundo:
«El mundo estaba todo ante ellos donde elegir
su lugar de reposo, y la Providencia su guía».
Quienes están en el otro caso no tienen nada que puedan elegir. No hay ante ellos sino un solo camino, el que conduce al sepulcro, a un mundo eterno. Para ellos el camino de la riqueza, del renombre, del saber, de la ambición, está cerrado para siempre.
No quiero decir que no pueda haber nada que hacer para un anciano, ni que no pueda, en algunos casos, haber un campo de utilidad, acaso nuevo y amplio, que él ocupe. Solo quiero decir que esto no puede constituir parte de su plan de vida; no puede ser el resultado de un propósito formado en sus primeros años. Sus propios planes y propósitos de vida han terminado, y cualquiera que sea lo que le esté reservado, suele ser un campo nuevo, algo que le agueba más allá del curso ordinario de los acontecimientos. El tránsito de sus propios planes concluidos a esto no puede menos de ser profundamente conmovedor para su propia mente.
No afirmo que un hombre no pueda ser útil y feliz mientras Dios prolongue sus días en la tierra; ni niego que pueda haber mucho en el carácter y los servicios de un anciano que deba ganarse el respeto y la gratitud de los hombres. El carácter anterior y los planes anteriores de cada hombre deberían ser tales que lo hagan útil si sus días se extienden más allá del período ordinario asignado a nuestra vida terrenal.
Una vejez serena, tranquila y alegre es siempre útil. La piedad madura y consecuente, la mansedumbre de espíritu, la bondad y la benevolencia son siempre útiles. Es útil para la generación que avanza mostrar que, aun en medio de las flaquezas de la edad, hay en la piedad bastante para hacer a un hombre sereno, alegre, feliz; que la vejez no es necesariamente morosa ni misantrópica; que aunque un hombre haya acabado en la práctica con las empresas más activas de la vida, no por eso deja de interesarse en cuanto ocupa la atención de quienes soportan el calor y las cargas del día, e incluso en los inocentes entretenimientos y pasatiempos de la niñez y la juventud.
Hace además bien a la generación que avanza darle la oportunidad de desarrollar su propio carácter y manifestar su propia bondad mostrando el respeto debido a la vejez, y así animando a quienes descienden al valle de los años.
Con sus consejos maduros también, con su sabiduría práctica, con los resultados de su larga observación y experiencia, un anciano puede hacer mucho por el bienestar del mundo; y puede ser una calamidad que los sobrevivientes sentirán profundamente, mucho tiempo después de que sus propios planes de vida se hayan concluido, cuando él sea reunido con sus padres. Si no puede formar ya nuevos planes que ejecute por sí mismo, puede infundir los resultados de su propia y larga experiencia y observación en los proyectos de quienes están en el vigor de la vida, combinando así la sabiduría de los años con el ardor de la juventud.
Puede ser el patrono de las letras, de la ciencia, de las artes útiles o decorativas; puede mezclarse con otros en las obras de caridad cristiana; puede hacer bien mostrando a la generación venidera que hay, a su juicio, mucho por lo que vale la pena vivir en este mundo, y mucho que esperar en el mundo venidero. O acaso pueda abrirse ante él en la vejez algún nuevo campo de utilidad, no pensado en los primeros años, que jamás entró en sus propios designios, pero que, después de todo, puede ser aquello por lo que se le recordará con gratitud y que perpetuará su influencia en la tierra: algún campo de caridad que cultivar, alguna obra de benevolencia que realizar, para lo cual se le ha conservado en el mundo más allá del período ordinario asignado al hombre.
Como ilustración de esta última observación, no puede ser impropio referir el caso de uno, varón venerabilísimo, no ha mucho quitado del mundo, John Adams, durante muchos años conocido principal de la Phillips Academy, en Andover, Massachusetts. Su nombre es ampliamente conocido y honrado por quienes gozaron del beneficio de su enseñanza. Por su talento, su saber y su fidelidad, hizo aquella institución lo que fue, y le dio el primer lugar entre las escuelas clásicas del país.
Cumplió la obra que se había propuesto, y luego, tras muchos años de servicio, llevó a cabo otro plan que había tiempo abrigado: el de «retirarse» del puesto al cumplir el plazo ordinario asignado a la vida humana. Por ello dimitió de su cargo y se trasladó a lo que era entonces el nuevo estado de Illinois. Hallándose en robusta salud, poco dispuesto, acaso pudiera decirse incapaz, a pasar el tiempo sin ocupación útil, se empleó, al principio como recreo, en el establecimiento de escuelas dominicales. En esta obra benéfica recorrió el estado, fundó gran número de escuelas dominicales y asentó el sistema sobre base permanente durante cerca de veinte años. Luego, a los noventa y un años, cerró la segunda obra de su vida, venerado y estimado de todos. Como fruto de estos trabajos maduros, se supone que no hay menos de cincuenta mil niños cursando regularmente en las escuelas dominicales del estado de Illinois, que no estarían allí de no haber sido por los servicios que prestó a la iglesia y al mundo más allá del período de los setenta años.
Si de lo dicho se dedujera una inferencia, no debería ser de desaliento y sombría. Hay perspectivas alegres que un anciano puede tomar de la vida, acaso no menos alegres que las que se toman en los primeros años. Si la vida temprana está llena de esperanza, también está con frecuencia llena de ansiedad e incertidumbre. Si en la vida avanzada el mundo ya no tiene nada que ofrecer a un hombre, puede ser que mucho se gane con verse libre de los cuidados, las cargas y las ansiedades de los primeros años. Si para tal hombre este mundo nada tiene ya que darle, puede haber mucho más de lo que jamás dio aun en la anticipación, e infinitamente más de lo que ha dado en realidad, en la esperanza de la vida venidera, en la dicha futura del cielo ya tan cercano.
Pero pueden extraerse lecciones de otra índole de esta consideración, que pueden ser valiosas para quienes entran en la vida. Son las siguientes:
Quienes estén en la primera o en la mediana edad no deben buscar la felicidad en aquel período futuro en que sean dejados de lado por la vejez e impedidos de tomar parte en los deberes activos y las responsabilidades de la vida. La verdadera felicidad se halla en el empleo útil; en cumplir nuestro deber; en aprovechar el presente, no en sueños y visiones del futuro. Los jóvenes y los vigorosos deben sacar el mayor partido del presente. El presente es todo lo que pueden calcular con alguna certeza, o con probabilidad tal que sirva de fundamento a un plan de vida. Quienes anticipan felicidad en el lejano futuro de la tierra, cuando lleguen a la vejez, pueden, probablemente no, alcanzar ese período; y aun si lo alcanzan, pueden quedar muy decepcionados en sus esperanzas.
Los planes de esta vida deben extenderse tan lejos como sea posible en el futuro; tanto, que si puede hacerse, deben abarcar toda la vida; en otras palabras, de modo que nunca llegue el tiempo en que sientan que no tienen nada que hacer.
Todas las clases de hombres deben vivir de tal modo que, al llegar el período de la vejez, si lo alcanzan, puedan mirar atrás a una vida bien empleada, no con los sentimientos amargados de haberla desperdiciado; no con la reflexión penosa, cuando ya no pueden formar plan de vida, de que el tiempo en que pudieron haber formado un propósito que se extendiera lejos en el futuro y que hubiera beneficiado al mundo fue disipado y perdido.
Puedo añadir también que en verdad está desolado el hombre que ha llegado al período de los setenta años sin esperanza de vida futura; sin evidencia de estar preparado para el cielo; sin nada que esperar en un mundo venidero. No se entenderá que insinúo que considero la religión como no valiosa ni necesaria en ningún período de la vida; pero en sus períodos tempranos hay otras cosas que pueden ocupar la atención; hay otras esperanzas que pueden estar en la mente; el mundo, entonces, tiene mucho que prometer, si no mucho que dar; hay planes que pueden formarse que absorberán la atención, esperanzas que pueden llenar la mente de ardor, premios que conquistar que parecen valer todos los esfuerzos que costarán.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 4
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.