El castigo es la insignia de la familia, la prenda de la familia, el privilegio de la familia: «A vosotros os es concedido padecer». «Las aflicciones», dice un varón piadoso, «están en el catálogo de las misericordias de Dios». «Las pruebas», dice otro, «son los jornaleros que Dios contrata para romper los terrones y arar la tierra». Lector, ¿está pesada sobre ti la mano de tu Dios? ¿Ha estado rompiendo tus cisternas, secando tus calabazas, envenenando tus más dulces fuentes de gozo terrenal? ¿Superan los lugares sombríos a los luminosos del mundo? ¿Ha venido una lágrima tras otra en rápida sucesión? Quizá tengas que contar una experiencia variada de pruebas. Cada punto sensible tocado: enfermedad, pérdida, pobreza, acaso todo esto. Estáte quieto. Si eres hijo de Dios, no hay exención de la «disciplina de la casa». La vara es del Padre; la voz que habla puede ser ruda, pero la mano que hiere es tierna. El horno puede ser calentado siete veces, pero el Refinador está sentado cerca. Su objeto no es consumir, sino purificar. No malinterpretes sus tratos; hay misericordia en las alas del «viento recio». Nuestros manantiales más escogidos se alimentan de nubes oscuras y bajas. Todo, ten por seguro, llevará al fin el sello del amor divino. Los sentidos no pueden aún discernir «el arco iris en las nubes». El anciano Jacob exclamó al principio: «¡Todas estas cosas están contra mí!»; pero al fin pronunció un veredicto más sereno y justo, «¡y su espíritu revivió!».
«Al atardecer, hubo luz». El santo en la tierra puede decir, respecto a sus pruebas, en fe y en confianza: «Yo sé, oh Señor, que tus juicios son justos». El santo en la gloria puede ir un paso más allá: «¡Yo veo, oh Señor, que así es!». Sus pérdidas serán entonces mostradas como sus riquezas. ¡Creyente! En un reposado retrospecto de tus aflicciones más pesadas, di, ¿fueron innecesarias? ¿Fue «esta severa misericordia de la disciplina de Dios» demasiado severa? Menos no habría bastado. Como Jonás, nunca te habrías despertado, si no fuera por la tempestad. Puede que te haya conducido a un Sarepta (un lugar de hornos), pero es para mostrarte «a uno semejante al Hijo de Dios». ¿Cuándo estuvo Dios tan cerca de ti, o tú de tu Dios, como en los hornos ardientes? ¿Cuándo fueron tan preciosos la presencia, el amor y la simpatía de Jesús? Fue cuando «el Amado» desciende del Monte del Mirra y del Collado del Incienso a su Huerto en la tierra. No puede sacar fragancia de algunas plantas sino quebrándolas. Las especias del Templo de antaño eran machacadas. ¡El oro de su candelero era oro batido! Fue cuando la fuente de Mará de tu corazón estaba amarga por el pecado, que él echó en ella alguna cruz, alguna prueba, «¡y las aguas fueron hechas dulces!». Alma mía, estáte quieta. Tienes, en la aflicción, un medio de glorificar a Dios que ni los ángeles tienen en su mundo sin dolor: la paciencia bajo la vara, la sumisión a la voluntad de tu Padre celestial. No ores para que tu aflicción sea quitada, sino para recibir gracia que te sostenga, de modo que puedas glorificar a Dios aun «en el fuego». Recuerda que, aunque «el llanto dure la noche, ¡el gozo viene por la mañana!». Cierra tus ojos llorosos, diciendo: «En paz me acuesto y me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado» (Salmo 4:8).
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE CHASTISEMENTS OF GOD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.