Religión entre semana

La verdadera belleza nace del corazón

La verdadera hermosura no está en los rasgos exteriores, sino en el alma transformada por la gracia y el amor de Dios.

El deseo de ser hermoso es natural y recto. La santidad es hermosura. La forma humana, cuando salió por primera vez de las manos del Creador, era perfecta en hermosura. Era la encarnación de todo lo noble, gracioso, atrayente, impresionante y encantador. No podemos dudar de que Dios hizo un cuerpo perfecto como templo y morada de un alma perfecta, que llevaba su propia imagen. Aquel que hizo todas las cosas hermosas dio sin duda la suprema hermosura a su obra maestra.

Pero el pecado ha afeado la gracia de la forma humana. La belleza física perfecta no se halla en nadie. Hay fragmentos del esplendor destrozado, una faceta en uno y otra en otro, mediante los cuales tenemos atisbos de lo que fue el original. Los artistas han intentado reproducir la primera belleza perfecta reuniendo de muchas formas estos fragmentos de hermosura y combinándolos todos en uno, al que llaman la belleza humana ideal. Señalan ciertos restos de la escultura griega antigua como lo que presenta, en la medida en que el arte humano puede hacerlo, la belleza restaurada de la creación.

Hasta dónde hayan llegado las artes en lograr su propósito, no lo sabemos. No podemos decir si el Apolo Belvedere es o no un Adán restaurado, o si la Venus de Médici representa con justeza la hermosura de Eva. No es ésta nuestra indagación en esta ocasión. Pero sabemos que toda la vida cristiana es un crecimiento hacia la belleza perfecta. Cristo vino a restaurar la naturaleza arruinada a su hermosura perdida. Esto es verdad no sólo de la vida espiritual, sino también de la forma física. Hemos de llevar en el mundo venidero la imagen inmaculada de nuestro Señor. Acaso no siempre nos demos cuenta del sentido cabal de esta verdad, según se declara en las Escrituras. Se enseña explícita y positivamente que Cristo transformará nuestro cuerpo vil y lo conformará al de su propio cuerpo glorificado. Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción, y que esto mortal se revista de inmortalidad.

No es éste el lugar para especulaciones sobre la naturaleza o el material del cuerpo de resurrección, y sólo cabe añadir que las enseñanzas claras y llanas de la inspiración son que todas las manchas y debilidades quedarán en la tumba. No habrá deformidades en el cuerpo nuevo. No habrá pecado ni enfermedad. Toda la obra del pecado ha de ser deshecha por la redención, y por ello el cuerpo será restaurado a su perfección original. Así, el desarrollo de la vida cristiana es hacia la belleza perfecta, y el deseo de ser hermoso en forma y facciones, a menos que se pervierta, es un deseo recto y santo.

«¿Qué es, pues, la verdadera hermosura personal?» Respondiendo a la pregunta desde un punto de vista cristiano, sabemos que no consiste en meros encantos físicos, en proporción, gracia, figura, tez, sino en la vida, en el alma que mira a través de las ventanas.

«¿Qué es la hermosura? No el lucir de miembros y facciones graciosas. No; éstas son sólo flores que tienen sus horas contadas para exhalar un instante sus dulces, y luego irse. Es el alma inmaculada dentro que aventaja a la piel más hermosa».

Es un principio bien conocido y universalmente aceptado que el alma da al cuerpo su forma, y que la vida escribe toda su historia en los rasgos del rostro. Un carácter hermoso transfigurará el semblante. Lo miras y lees en él refinamiento, pureza, delicadeza, paz, amor. Del mismo modo, un carácter malvado cuelga sus cortinas en todas las ventanas, y ves de un vistazo egoísmo, astucia, lujuria, engaño, falsedad, malignidad, grosería, inquietud. Así, toda cultura espiritual tiende a la hermosura, pues a medida que el corazón se llena de las santas gracias del Espíritu, éstas se manifiestan en la transformación de los rasgos.

Fue el pecado el que destrozó el esplendor original de la forma humana. Todas las manchas, desfiguramientos y deformidades han sido producidas por la violación de las leyes divinas, por el exceso en las pasiones y los apetitos, y por las enfermedades y debilidades resultantes. Por eso, toda búsqueda verdadera de la hermosura debe ir por el sendero por el cual se perdió. Quienes quieran recuperar y conservar la hermosura de forma y facciones deben procurar que las leyes divinas queden escritas en sus corazones y asimiladas en sus vidas.

La observancia de las leyes físicas de nuestro ser es de vital importancia. Son inexorables. No hay perdón para su violación. Una gran parte de la miseria y la desdicha de este mundo proviene del desprecio de estos preceptos. La hermosura, lo mismo que el consuelo y la felicidad de hombres y mujeres, se verían inmensurablemente acrecentadas si todos pudieran ser llevados a obedecer estricta e invariablemente las sencillas leyes de la vida física.

Aún más esencial es la observancia de los preceptos morales y espirituales. El alma informa su propia morada. No hay hermosura en el rostro del idiota. Los rasgos más perfectos tienen escasa hermosura cuando detrás de ellos hay una mente vacía. El egoísmo borra las líneas suaves y tiernas y deja las mejillas descoloridas y frías. La bajeza degrada la majestad del semblante y quita de los ojos la gloria regia. La codicia petrifica los rasgos. La ira, alimentada y abrigada, se escribe en el rostro. La impureza del alma y de la vida despoja a la expresión del candor de la inocencia y cuelga por todo el rostro sus señales delatoras. Es del todo vano esperar ser hermoso con malos genios, gustos rastreros o pasiones bajas dominando en el corazón. El rostro puede seguir adornándose con sonrisas. Puede ponerse el mayor empeño en nutrir y conservar la lozanía y la frescura de la inocencia. Pero es en vano. Un alma descoronada no puede conservar mucho tiempo en su palacio los esplendores y las glorias de sus días de poder y majestad. La vida interior escribe cada línea de su historia en los rasgos, donde el ojo ejercitado puede leer cada palabra.

Así también, la hermosura del alma se exhibe en la expresión. La bondad corona el rostro de gentileza. Los pensamientos santos refinan el semblante. Los grandes propósitos, las nobles resoluciones, las altas aspiraciones revisten la forma y los rasgos de dignidad y poder. La sinceridad y la verdad transfiguran aun los aspectos más humildes.

Quienes quieran cultivar la hermosura personal deben mirar a su vida interior. Así como el gusto y el refinamiento del habitante se manifiestan siempre en el adorno de su hogar, así también la bondad y la hermosura moral de un alma se exhibirán siempre en el mirar, el porte y el proceder.

Por ello no hay embellecedor de la persona como el Espíritu Santo que mora en un corazón humilde. Los rasgos más sencillos son a menudo hechos resplandecer con una hermosura casi sobrenatural cuando los atraviesa el calor y la ternura del amor que habita dentro. Las personas más hermosas del mundo son las verdaderamente benévolas, con sus corazones llenos de simpatía y bondad, y sus vidas dedicadas a obras de amor por el bien de la humanidad. Los rostros más dulces que he visto han sido los de queridas madres cristianas ya ancianas. Durante toda su vida han mantenido sus corazones en paz. Nunca han resistido, nunca han defendido sus derechos, nunca han luchado contra las circunstancias. Se han sometido calladamente a la voluntad de Dios, y su paz santa y serena ha llenado sus almas y regido sus vidas. Esta bendita paz, habitando dentro, ha hecho sus rostros casi transparentes, radiantes con el resplandor del cielo y humildes más allá de cualquier imagen en esta tierra.

La vejez no escribe en ellos líneas de decadencia, ni deja señales de desgaste o desvanecimiento. La dulzura y la frescura de la juventud se mantienen a través de todo el invierno frío de los años, como aquellas tiernas plantas y flores que en primavera se asoman bajo las nieves derretidas, indemnes y fragantes. Una disposición ansiosa y quejumbrosa simplemente invierte todo esto.

El amor es el cumplimiento de la ley: no el amor egoísta, sino el amor que se derrama en abnegación, en simpatía, en bondad, en continuo pensamiento y esfuerzo y sacrificio por los demás. Tal amor se construye la hermosura como morada, así como la flor casta y delicada, por su propia naturaleza, se da a sí misma una forma de exquisita hechura y color. «Los ángeles son hermosos porque son buenos, y Dios es hermosura porque es amor». Los hombres y las mujeres se vuelven amables, aun en los rasgos exteriores, justamente en la medida en que se llenan del amor de Dios.

No, pues, a lo exterior debe darse nuestro cuidado, sino al cultivo del corazón. Un alma hermosa transformará los rasgos externos más repulsivos. Por el contrario, un corazón malo se abrirá paso a través de la hermosura natural, estropeando su delicadeza y su belleza. Cuando Dios quitó a una madre entregada a su hijo, precioso y único, ella, para ocupar de algún modo su corazón y sus manos en torno a su tesoro desaparecido, llenó los primeros días pintando un retrato de su hijo. El amor obró con gran habilidad, y bajo su pincel fueron apareciendo en el cuadro los mismos rasgos de la dulce vida infantil. El cuadro se guardó con cuidado durante unos días, y cuando lo buscó de nuevo, los ojos estaban nublados y el rostro afeado con extrañas y feas manchas. Pacientemente lo volvió a pintar una segunda vez, y la hermosura quedó restituida. De nuevo se guardó, y de nuevo aparecieron las feas manchas. La falla estaba en el papel sobre el que se pintó el cuadro. Había en él sustancias químicas ocultas que afectaban los colores delicados.

La analogía se cumple en las vidas humanas. Podemos adornar el rostro y los rasgos como queramos. Con arte y habilidad y esmero podemos tratar de conservar la lozanía de la tez, la piel fresca y suave y todo el semblante hermoso; pero si hay dentro de nosotros corazones egoístas, disposiciones rastreras, apetitos sin domar, ellos se abrirán paso a través de la hermosura superficial y la mancharán y echarán a perder del todo.

El verdadero cultivo de la hermosura personal no es externo; es obra del corazón. No son el sol ardiente, los vientos fuertes, ni los accidentes climáticos los que arrebatan a las mejillas su hermosura más verdadera. Veo a damas prodigar los más maravillosos cuidados para conservar sus tez suaves y blancas. Se protegen escrupulosamente del viento y del sol. Si todos diéramos igual pensamiento y empeño a conservar sin mancha la lozanía de la pureza de nuestro corazón, y a no desperdiciar el calor y la dulzura de la vida de nuestro corazón, ¡nuestros rostros resplandecerían pronto con el lustre de la hermosura angélica!

Hay algunos que nunca podrán esperar ser físicamente hermosos de rostro y de forma en este mundo. Sus rostros están de algún modo afeados. Un accidente o una enfermedad los ha dejado desfigurados. O los pecados de generaciones pasadas los han visitado en forma de alguna deformidad física que los condena a vivir todos sus días en una casa del alma arruinada. Pero aun a tales, Cristo les trae la posibilidad de la más rara hermosura. ¡El cristiano deforme caminará erguido en hermosa feminidad o en majestuosa virilidad, en las orillas de la inmortalidad! El rostro una vez marcado por las llamas aparecerá en hermosura sin mancha en el nuevo hogar. La ancianidad arrugada recuperará toda la frescura de la infancia.

Criste es capaz de tomar el más vil fragmento de la humanidad y hacerlo todo glorioso y divino. Así como el verano toma el árbol más desnudo del abrazo del invierno, lo cubre con vestiduras de verde y lo baña en fragancia, así el Señor Jesús puede tomar el carácter más malformado, el más feo y más desagradable, y revestirlo con los vestidos de la gracia y del amor.

Un trozo de lienzo es de valor trivial. Se puede comprar por unos centavos. Apenas se pensaría que vale la pena recogerlo, si se lo viera tirado en la calle. Pero un artista lo toma y traza en él unas líneas y figuras, y luego, con su pincel, aplica ciertos colores, ¡y el lienzo se vende por cientos de dólares! Así también Cristo toma una vida humana arruinada y sin valor, que no tiene hermosura ni atractivo, sino que es repulsiva, manchada y afeada por el pecado. Entonces los dedos de su amor añaden toques de hermosura, pintando sobre ella la imagen divina, ¡y llega a ser preciosa, gloriosa, inmortal!

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Personal Beauty

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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