Un noble de Gran Bretaña es un hombre que ocupa su escaño en el Parlamento. Tiene libre acceso al palacio del rey y a la presencia del rey. Tiene voto en los asuntos de la nación. Su rey puede visitarlo sin que su majestad sufra mancha alguna.
Ahora que he sido hecho noble, el mundo me tendrá por sumamente feliz. Pero debo aumentar su asombro y elevar su admiración al decirles que mi mayor nobleza es espiritual, celestial y divina. Mi corazón no latiría de gran gozo por ser un noble británico. Pero porque soy hijo de Dios, tengo motivo de eterna exultación. De aquí en adelante:
1. Ocuparé mi asiento entre los santos de Dios, entre los ángeles de la gloria, habiendo llegado a la ciudad del Dios viviente, ¡un lugar infinitamente más noble que el Parlamento!
2. Tengo libertad para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús. (¡Los palacios de los reyes son con harta frecuencia sumideros de pecado!) Sí, puedo llevar todas mis peticiones a este Rey de los cielos sobre su trono de gracia, quien en el tiempo de angustia (¡y qué es la vida humana sino «un tiempo de angustia»?) me esconderá en su pabellón, y al fin me admitirá en su palacio real con gozo y regocijo, para morar allí para siempre.
3. ¡Un voto en los asuntos de estado! Al fin, como asesores del Juez supremo, juzgaremos al mundo y a los ángeles.
4. Las promesas vienen todas gratis del Cielo, y las peticiones y oraciones se envían todas gratis al Cielo, por manos del glorioso Intercesor.
5. Nunca seré arrestado por la ley ni la justicia, porque todas mis deudas están saldadas; y el Hijo me ha hecho libre, soy libre de verdad. ¡Aun la muerte, ese rey de los terrores, que toma bajo custodia a nobles, príncipes y reyes, nunca me arrestará! Pues el que me ha ennoblecido ha prometido que yo nunca veré la muerte, nunca sentiré el aguijón de la muerte, nunca seré herido por la segunda muerte. ¡Cuántos príncipes y reyes darían sus coronas por este privilegio celestial!
6. Aunque una vez pobre y arrastrándome sobre el montón de cenizas, ahora, por mi nobleza espiritual, el nuevo nacimiento, he venido a ser precioso ante sus ojos. Seré honorable, seré puesto con príncipes y hecho heredero de un trono de gloria. Algunos nobles han sido los favoritos de su rey, pero ninguno fue jamás su ornamento principal, su corona; pero yo seré (¡asombroso es decirlo!) una corona de gloria para el Señor, y una diadema real en la mano de mi Dios. Y no es de extrañar que sea tan alto en su estima, pues ha entregado a su amado Hijo a morir por mí.
7. El Rey de reyes, sin menoscabo de su majestad, puede visitarme; pues el Alto y Sublime, que habita la eternidad y mora en el lugar alto y santo, habita también con el humilde y contrito; y dice el divino Redentor: «Si alguno me sirve, mi Padre le honrará; y si alguno me ama, guardará mis palabras, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.» Nada en la tierra tiene sombra de este honor; aunque reyes coronados visitaran a los aldeanos y mendigos, su condescendencia se desvanece ante esta bondad celestial.
En estas cosas anteriores hay cierta semejanza entre un noble británico y yo, comparando lo terrenal con lo celestial, aunque la ventaja es toda de mi parte. Pero en lo que sigue no hay comparación alguna.
1. ¡Qué generosidad sin límites y qué bondad inmerecida aparecen en mi creación! Nada debo a la piedad de mis progenitores, pues mi primer padre pecó, y así fue un amorreo, y mi madre una hetea, y yo mismo un transgresor desde el vientre. Aunque gente de bajo nacimiento haya sido alzada del montón de cenizas y hecha noble, ¿qué es eso comparado con mi logro? Pues grande es su misericordia para conmigo, y ha librado mi alma del infierno más profundo, y, en mi nacimiento espiritual, me ha exaltado a los cielos más altos. Así, de aquí en adelante, por todas las generaciones seré bendito.
2. Algunos han sido ennoblecidos por sus grandes servicios a su rey y a su patria. Pero el Rey de los cielos no necesita nada de mi mano. Sí, antes de mi nacimiento espiritual, yo era un extranjero, un enemigo, un rebelde contra su gobierno y su gloria. En Inglaterra, aunque un rebelde ha sido de vez en cuando indultado y perdonado, jamás un rebelde que hubiera pasado toda su vida en actos de rebelión contra su Soberano fue tomado inmediatamente en favor y hecho noble. ¡Oh, la profundidad de la sabiduría divina! ¡Oh, las riquezas de la gracia soberana!
3. Un noble, al ser iniciado, asume un nuevo título; y desde entonces es llamado y se suscribe por su nuevo título, y esto es conocido en todo el reino. En mi nacimiento espiritual, soy llamado por un nuevo nombre; las cosas viejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas. Pero en esto supero a todos los nobles terrenales, al obtener una piedra blanca y un nombre nuevo, que nadie conoce sino el feliz que lo recibe. ¡Oh, entonces, andar como quien lleva puesto este nuevo nombre; como quien sabe que, aunque una vez yació entre los tiestos, ahora está sentado con Cristo en los lugares celestiales!
4. Un noble también adopta para sí un escudo de armas y un lema apropiado. ¡Mi escudo de armas es una cruz y una corona! Mi lema es: «¡Santidad al Señor!» Pero aquí, de nuevo, supero a todos los nobles terrenales, pues sus escudos de armas son sólo figuras sin vida pintadas en sus carruajes, grabadas en sus puertas. Pero en mi creación espiritual, estoy revestido de armadura completa. Y tan pronto como soy tomado en el favor de Dios, emprendo una guerra inveterada e incesante contra la trinidad del infierno: el pecado, Satanás y el mundo. Por tanto estoy completamente armado, llevando en mi cabeza el yelmo de la salvación, la coraza de la justicia, el escudo de la fe, mis lomos ceñidos con la verdad, mis pies calzados con el apresto del evangelio de la paz, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.
David no podía moverse ágilmente en la pesada armadura de bronce de Saúl; pero en la mía camino libremente, peleo con seguridad y duermo tranquilo. Antes al contrario, lejos de ser un estorbo, si me despojaran de mi armadura, sería toda inactividad y languidez, asaltado por todas partes y vencido por todo enemigo. Pero observo que no tengo defensa para mi espalda, pues un hombre como yo jamás debe huir. Y, además, esta armadura espiritual me infunde tal santo valor, que me lanzo sobre los enemigos y exclamo: «Soy más que vencedor por medio de aquel que me amó.»
5. Cuando uno es hecho noble, debe tener una fortuna independiente para sostener su rango. Pero, antes de mi nueva creación, era un mendigo tan desnudo que no tenía ni un trapo con que cubrirme. Pero ahora estoy revestido de ropas bordadas, ropas de recamado, todo glorioso por fuera por su justicia imputada, todo glorioso por dentro por su gracia impartida. Además, para sostener mi dignidad, hay una pensión real asentada sobre mí, y de tal manera que puedo gastar como un príncipe, pero no dilapidarla. Tengo derecho a todos los tesoros de la gracia, a toda la plenitud de Dios. Ahora es el tiempo de mi minoría de edad, durante el cual en nada difiero de un siervo, aunque soy señor de todo. Pero cuando llegue el día de la gloria, entraré en la plena posesión de las riquezas y tesoros de la gloria y la bienaventuranza, ¡por encima de toda concepción de la mente humana! Y, entre tanto, tendré lo necesario para conducirme al palacio del Rey. Los grandes de aquí pueden tener botones de diamantes y hebillas guarnecidas de diamantes; ¡pero la ciudad de mi Rey, donde él y todo su pueblo moran, tiene fundamentos de piedras preciosas, puertas de perlas y calles de oro!
6. Aunque todas las potencias de las tinieblas están en guerra contra mí, tengo una noble guardia designada. No sólo miles de ángeles fuertes, sino Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, con todas sus perfecciones divinas. ¡Cuán seguro estoy entonces, aunque en tierra de enemigos, aunque abra camino a través de un desierto oscuro y aullante! Sí, con tal guardia podría marchar por medio del infierno sin daño, y desafiar a todos los demonios y furias del abismo. Esta guardia, aunque invisible, me rodea en todo tiempo, de modo que nada puede herirme. Siempre estoy seguro y guardado.
7. La nobleza entre los hombres se respeta sólo en el reino al que los nobles pertenecen. Un noble de Gran Bretaña es apenas un particular en cualquier otro país. No tiene derecho a sentarse en los asuntos de estado entre sus nobles, ni a votar entre sus senadores. Sí, quizá ni siquiera sea conocido en otros países.
¡Pero yo soy un noble del universo! Adondequiera que vaya, mi nobleza está vigente, mi pensión continúa, y mis privilegios permanecen. Aunque me arrojen a la cárcel o me destierren a alguna isla desolada, sigo revestido de mi ropa bordada, aparezco en armadura completa y soy escoltado por mi guardia real.
Cuando el rey de Inglaterra crea un noble, lo lleva al mismo rango que los demás nobles, pero jamás los adopta por hijos. Entonces, seguro que nunca hubo uno más indigno que yo, y sin embargo no sólo he sido hecho noble del cielo, sino heredero de Dios y coheredero con Cristo, habiendo sido primero adoptado como hijo, pues si somos hijos, también herederos.
8. A veces el mismo rey que ha elevado a una persona a la dignidad de la nobleza se ha irritado tanto contra ella que, por sus órdenes, se ha llevado adelante un proceso, y la ha privado de honores y de vida. Pero en las cosas espirituales no es así, «porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables». Cuando ofendo a mi Soberano celestial, él puede airarse, reprender y corregirme, pero jamás quitará su bondad de mí, ni me privará de la vida o de los honores. Esta seguridad divina, en lugar de atreverme a rebelarme, me llenará de la más noble gratitud, para no ofenderle jamás.
9. El rey de Inglaterra puede elevar un Barón a Vizconde, un Vizconde a Conde, un Conde a Marqués, y un Marqués a Duque.
¡Pero yo espero al fin un reino y una corona! Un reino eterno, y una corona que nunca se marchita; ¡una corona de vida, una corona de gloria! No hay, pues, comparación entre los nobles de cualquier reino, los príncipes de cualquier imperio, y yo, que soy hecho sacerdote y rey, ¡y eso para Dios, y por toda la eternidad!
10. Aunque los nobles tienen acceso a la presencia de su rey en algunos momentos, sería impropio que lo tuvieran en todo momento; degradaría a la realeza misma si pudieran irrumpir en su presencia a cualquier hora del día, a cualquier vigilia de la noche, a su propio placer.
¡Entonces, detente y asómbrate, oh alma mía, ante la condescendencia del Alto y Sublime, que habita la eternidad! Puedo presentarme ante él en las estaciones señaladas de culto público, las horas de oración privada y secreta, los momentos retirados de meditación, y en toda compañía y en todo acontecimiento, por la oración. Sí, a cualquier hora que desee, ¡puedo estar con Dios! Puedo aun levantarme a medianoche para tener comunión con él. Ahora, aunque la fuerza de la corrupción, la debilidad de la gracia y los cuidados de esta vida son distracciones que a diario me arrastran de la presencia celestial, sin embargo viene el tiempo en que moraré con el Rey en su palacio, contemplaré su hermosura y tendré la más íntima comunión con él por toda la eternidad.
11. En esto, de nuevo, supero a todos los nobles de Inglaterra; pues, aunque su dignidad es tanto para ellos como para sus hijos, mi nobleza es personal y no puede transferirse a otro. Este honor celestial asegura la inmortalidad sólo para mí.
¡Qué lucha se libra por esta nobleza terrenal; con qué avidez se aferran a esta grandeza, aunque dentro de pocos años deben ser despojados de todo y puestos en el silencioso sepulcro! Pero si pudiera conferir inmortalidad, o alargar la vida a mil años, ¿no trastornarían los grandes el mundo y trocarían todo lo que tienen por obtenerla?
¡Aquí, pues, tenéis una bendita inmortalidad y gozos sin límite ante vosotros! No hay ceremonias costosas, no hay honorarios caros aquí. ¡Sólo besad la mano del Rey al ser promovidos! ¡Besad al Hijo y sed ennoblecidos para siempre! ¡Besad al Hijo antes que su ira, como horno ardiente, arda contra vosotros por vuestra desobediencia!
12. En esto la nobleza espiritual supera infinitamente a toda nobleza sobre la faz de la tierra: mi nobleza terrenal no puede transmitirse a ninguno de mis parientes. Sin embargo, mis padres, mis hermanos y hermanas, esposa e hijos, pueden todos ser hechos nobles del cielo. Sí, varios de mis antepasados y amigos más queridos ya han tomado sus asientos en la cámara alta de la asamblea celestial. Y ésta es la grandeza en la que me deleito. Ésta es la nobleza de la que me jacto. No importa que sus nombres ni siquiera sean conocidos en la tierra: brillan ante el trono eterno. Y no es arrogancia implorar los mismos privilegios para nuestros parientes y amigos, que el Rey eterno ha conferido a nosotros mismos.
Ahora, cuando uno es hecho noble, por bajo que fuera antes de su elevación, se espera que se conduzca de modo adecuado a su alto rango y posición. Muchos ojos estarán sobre él: el ojo de su soberano, el ojo de los demás nobles, el ojo de los enemigos, y el ojo del vulgo, de entre el cual es tomado. Así también, si Dios me ha escogido de la escoria de Sodoma y de los inmundos escondites de Gomorra, para tal rango y dignidad, mi mente debe ser humilde, pero mi conducta debe ser santa. Debo romper con mis antiguos compañeros de pecado, y olvidar aun la casa de mi padre y mi propio pueblo. ¡Cuán santo debo ser en todo, yo que tengo el ojo de Dios, de los santos, de los pecadores y de Satanás puesto sobre mí!
Además, aunque un noble no está siempre en la corte, su conducta debe ser siempre cortesana. Debe portarse como noble en las cosas comunes; y así yo, en todas las cosas, debo portarme como cristiano y adornar la doctrina de Dios mi Salvador, aunque no siempre esté activamente ocupado en los deberes de piedad.
Por lo demás, un noble debe ser digno en la compañía que frecuenta. Aunque jamás debe ser sordo a los clamores, las peticiones, las quejas y las necesidades de sus semejantes, sin embargo no debe asociarse con los sórdidos y pecadores. ¿Qué aspecto tendría que, viniendo de la presencia real, se sentara a beber y festejar con borrachos inmundos? Peor aún, hacer íntimos amigos de los enemigos del rey, y dar y recibir visitas de rebeldes proscritos. Así, los carnales de mente son compañía demasiado despreciable para mí; pero asociarse con profanos y pecadores abiertos, y hacer íntimos amigos de quienes profesan su rebelión contra Dios, no es la marca de un hijo de Dios. Cuanto más seamos admitidos en la presencia celestial, menos daremos nuestra presencia a los que no conocen a Dios.
Además, un noble no debe hablar el estilo vulgar de la plebe, sino el lenguaje de la Corte, que debe ser el modelo del lenguaje. Así, nada puede verse peor que un candidato a la gloria que hable profanamente, obscenamente, o en juramentos e imprecaciones, o en exceso de pasión o en trivialidades insípidas, pues su palabra debe ser siempre con gracia, sazonada con sal, para edificación.
Además, nunca debe vestir de modo descuidado, sino conforme a su posición. Así yo, sobre quien el Padre divino se ha complacido en poner el mejor manto, debo procurar ser santo en toda manera de vivir y conversar. Debo esforzarme por guardar vestiduras limpias y manos limpias, y mantenerme sin mancha del mundo.
Y, además, un noble debe tener un talante noble. No debe rebajarse a empleos viles, aunque sean provechosos. No debe afligirse porque algunos envidien su alta posición, y otros no le rindan el respeto que se le debe. Debe ser liberal con los necesitados, pronto para perdonar las injurias, y desdeñar vengarse, viendo que a su tiempo las leyes de su soberano tomarán cuenta de cada insulto que se le haga. Así yo, que tengo delante los tesoros de la eternidad, debo ser de talante celestial, y desdeñar preocuparme mucho por bagatelas terrenales.
¡Cuán poco debería yo estimar el aplauso o la censura de este mundo fugaz! Conforme a mi capacidad, debo hacer el bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe. Debo ser pronto en perdonar las injurias y pagar el mal con bien. Bajo el trato más injurioso, puedo confiar mis asuntos a aquel que sacará a luz mi justicia como al mediodía. En una palabra, aunque el reproche y la pobreza, la enfermedad y la muerte, me roben todos mis consuelos presentes, tan inmensa es la bienaventuranza celestial y tan ricos los tesoros que me están guardados en el cielo, que con la sola perspectiva de ellos deseo perder mi dolor presente; y en medio de todo dolor me regocijo en la esperanza de la gloria de Dios.
Finalmente, un noble lleno de gratitud se esforzará constantemente por promover la gloria de su rey y el bien de su patria. Así, ya que he sido exaltado a este honor celestial, la gloria de Dios, el bien de su iglesia y la salvación de las almas serán mi petición diaria, el deseo de mi corazón, mi oración cotidiana; y, conforme a mi capacidad, la lucha y el empeño de toda mi vida.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: On being made a noble
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.