La unidad de la iglesia mística de Dios no consiste en una unidad de credo. Un principio más alto, más divino y más duradero la une. Tan ciertamente como debe anhelarse y pedirse fervientemente que venga pronto el día prometido de la bienaventuranza milenaria, cuando «los atalayas verán ojo a ojo» y desde cada baluarte de Sion las trompetas de plata lancen un solo sonido armonioso, así también, aun entonces, la iglesia de Dios no será más esencialmente una de lo que lo es ahora. Su unidad será más visible, sí; sus divisiones sanarán, sus heridas sangrantes serán detenidas, sus conflictos internos cesarán; «Efraín no envidiará a Judá, ni Judá afligirá más a Efraín», y los ásperos sonidos de la contienda se perderán en los dulces acentos de paz y amor que broten de cada labio. Sin embargo, la iglesia es en este momento esencialmente una e indivisible.
La verdadera unidad de la iglesia no reside, pues, en un credo ni en una forma de gobierno eclesiástico, sino en la «unidad del Espíritu», sostenida por el «vínculo de la paz». Ella no ha sido bautizada en una sola forma de gobierno ni en un solo sistema de doctrina, sino que «por un mismo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, ya seamos judíos o gentiles, ya siervos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu». Ese único Espíritu, que regenera a todos los hijos de Dios, forma igualmente sus corazones, los une por una fe viva a la Cabeza y habita igualmente en ellos, enseñándolos, guiándolos, consolándolos y santificándolos, demuestra la perfecta unidad del cuerpo de Cristo.
Por ello, cuando alguien cruza nuestro camino en quien respira el Espíritu de Jesús, en quien se trasluce la unión con la Cabeza y que habla la lengua y lleva la imagen del Padre, sea cual fuere su clima, su color, su nombre o sus puntos menores de credo, es nuestro solemne deber, y nuestro gran privilegio, extenderle el reconocimiento y saludarlo con el afecto tierno y santo de la única hermandad. Ante los ojos del Señor es miembro de su cuerpo, y debe serlo ante los nuestros. Una causa fecunda y dolorosa de la deficiente unión cristiana en nuestros días es la gran distancia de Cristo que caracteriza el andar espiritual de muchos creyentes. Así como los rayos del sol, cuanto más se alejan de su centro, más se separan entre sí, así ocurre con «los hijos de luz». Cada creyente es un rayo solar, una emanación del Sol de Justicia. Cuanto más lejos viva de Cristo, el centro del alma, más se alejará en afecto y espíritu de los miembros de Cristo. Pero, ¡oh, cuán precioso es lo contrario! Los rayos de luz reflejados hacia el sol, al encontrarse y gozarse en su centro, se encuentran y se gozan en sí mismos. Así es con los santos: cuanto más cerca de Jesús, más encendido el amor, más se vuelven nuestros afectos, en su poder más santo, hacia todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - September 12
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.