Este tipo, sin duda lo es, resplandece con la gloria de Cristo. Prefigura a Cristo en la misteriosa constitución de su persona compleja y en la gran obra para cuyo cumplimiento fue así constituido. El primer punto que reclama nuestra atención es la manifestación divina. Que Jehová fue allí revelado queda concluyentemente establecido: cuando Moisés se apartó para ver la gran visión, Dios lo llamó de en medio de la zarza. No fue una mera visión ni un engaño de la mente; no podía equivocarse respecto del Ser divino en cuya presencia inmediata y solemne se hallaba. Y si hiciera falta otra prueba, la propia declaración de Dios la confirma: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
¿En cuál persona de la sagrada y adorable Trinidad apareció así Dios? Tenemos toda razón bíblica para creer que fue Jehová-Jesús, una manifestación anticipada de su futura aparición en la carne, de la deidad de Cristo. Así, el tipo prefigura la gloria de la persona divina de nuestro amado Señor. ¡Cuán solemne, y a la vez cuán deleitoso para la mente y cuán confirmante para la fe es la verdad de que el mismo Dios que, en la antigua dispensación, apareció de tantas maneras a los creyentes antiguos, es el que nació en Belén, vivió en obediencia a la ley y murió una muerte expiatoria en la cruz, el Salvador y fiador de su pueblo! El mismo Jehová que habló desde la zarza en llamas y dijo: Yo soy el Dios de Abraham, nos habla hoy desde la cruz y en el Evangelio, y dice: Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.
El segundo punto de este tipo notable es el símbolo en que apareció. ¿Qué símbolo escogió nuestro Señor para encarnar su deidad? ¿Algún cedro del Líbano, alguna encina majestuosa del bosque? No; sino una zarza, el más humilde e insignificante, el más bajo e insignificante de todos los árboles, había de albergar la deidad de Aquel a quien los cielos de los cielos no pueden contener. Y la verdad que transmite es gloriosa y preciosa: apunta a la gloria encarnada del Hijo de Dios, a la humildad de su naturaleza. La gloria de Jehová, sin velo ni envoltura, habría anonadado y abrumado con su brillo inefable al hombre de Dios: no podía mirar a Dios y vivir. Por eso fue misericordioso que las manifestaciones de Dios a su pueblo se dieran por medio de objetos que la mirada pudiera contemplar sin dolor y en los que la mente pudiera reposar sin temor. Velado en una nube o encarnado en una zarza, Dios podía acercarse al hombre con gracia condescendiente, y el hombre, con humilde confianza, abrirle su corazón.
Todo esto fue figura de aquel descenso más estupendo de Dios en la nueva dispensación. Las manifestaciones veladas de la deidad en la economía antigua no eran sino las sombras anticipadas del gran misterio de la piedad que se acercaba. ¡Contempla la gracia condescendiente, la profunda abajamiento, la humildad infinita del Hijo de Dios! Cuando dispuso aparecer en nuestra naturaleza, eligió la condición más baja para revelar la majestad más alta, y así acercarse a nosotros con la ternura de un Salvador.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - September 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.