El bendito Salvador acababa de sanar los cuerpos de los hombres cuando subió al monte para predicar palabras capaces de salvar sus almas. Abrió su boca para hablar con voz fuerte a la inmensa multitud. ¡Qué palabras celestiales brotaron de aquellos labios llenos de gracia! Comenzó pronunciendo bendiciones, porque él vino a bendecir y a salvar. Estas ocho bendiciones se llaman las bienaventuranzas, y son muy instructivas porque nos enseñan a quiénes Cristo tiene por felices y bienaventurados.
Todos deseamos naturalmente la felicidad, pero caemos en un gran error: pensamos que necesitamos bienes terrenales para ser dichosos. ¿No muestra la gente de este mundo, con su conducta, que si hablara el lenguaje de su corazón diría: «Bienaventurados los que tienen casas y tierras, los que gozan de salud y larga vida, los que son honrados y estimados entre los hombres»? Pero Dios habla de manera muy distinta. Nos asegura que la felicidad solo se halla en su presencia y en la semejanza con él. El salmista declara: «En tu presencia hay plenitud de gozo», y también: «Contemplaré tu rostro en justicia; seré saciado cuando despierte a tu semejanza». Para ser felices debemos hacernos santos como él.
Dios nos concederá, en respuesta a nuestras oraciones, todas las gracias mencionadas en estas bienaventuranzas: humildad, penitencia, mansedumbre, deseos espirituales, misericordia, pureza, amor por la paz y gozo en la persecución. Solo los verdaderos cristianos poseen estas disposiciones. Los no convertidos pueden parecer a veces mansos, y sin duda hay personas más mansas que otras por naturaleza; pero ¡cuán distinta es la mansedumbre natural de la del verdadero cristiano! Este es manso no porque no sienta la injuria, no porque tema mostrar resentimiento, ni porque juzgue conveniente callar, sino porque rastrea la mano de Dios en cada daño que los hombres pueden infligirle, porque sabe que merece peor trato del que recibe, y porque su Salvador sufrió mucho más por él. Cuando David fue maldecido por Simei, respondió mansamente: «Déjalo que maldiga», porque el Señor se lo había ordenado. Sentía que el Señor había dispuesto el castigo y no quería resistirlo. Esta fue la mansedumbre, no de la naturaleza, sino de la gracia.
Algunos son por naturaleza más misericordiosos que otros; pero nadie ejerce verdadera misericordia sino quienes la han recibido de Dios, y solo ellos muestran misericordia hacia las almas de los hombres. Otros se deleitan naturalmente en hacer las paces; pero el motivo recto faltará allí donde falte la verdadera religión. ¡Cuán hermoso es el carácter del cristiano pacificador! Todos podríamos hacer algo para evitar y sanar las riñas. Los hijos de Satanás se complacen en ver a las personas divididas y, con sus relatos maliciosos, siembran desavenencias entre amigos; los hijos de Dios, en cambio, se gozan en ver los corazones tiernamente unidos, y con sus esfuerzos amables reatan el cordón del amor cuando se ha roto. Los célebres ministros Robert Hall y Charles Simeon se habían enemistado y se negaban a hablarse; Juan Owen, otro ministro eminente, trató de reconciliarlos cuando varios intentos habían fracasado. Escribió y dejó en la casa de cada uno unos versos sobre lo arduo de reconciliar ánimos discordes y sobre lo singular de la mediación del Salvador, que solo reconcilió a todos con Dios. Cuenta la historia que, al recibir los versos, cada ministro salió de su casa en busca del otro, se encontraron en la calle y allí se reconciliaron plenamente. He ahí un ejemplo de cómo el verdadero cristiano hace las paces entre sus hermanos y del éxito con que Dios bendice sus esfuerzos.
Consideremos ahora otra bienaventuranza: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Cuantos conocen algo de su propio corazón reconocerán que no son puros por naturaleza. Las Escrituras nos enseñan que el corazón se purifica por la fe (Hechos 15:9). Cuando alguien cree en Cristo, su corazón ya no se deleita en el pecado, sino que anhela ser santo como Dios. No obstante, para que ningún pecador penitente se abata al leer este versículo, conviene recordar una circunstancia para su consuelo. Cuando los esquimales de Norteamérica recibieron por primera vez el Evangelio de Mateo en su lengua, lo leyeron con suma atención. Un día el misionero halló a un pobre joven llorando amargamente y le preguntó la causa. El muchacho, señalando el versículo octavo de este capítulo, respondió: «Mire, solo los de limpio corazón verán a Dios; yo no soy puro, así que nunca podré verlo». «Pero espera», le dijo el misionero, poniendo el dedo en el versículo cuarto, «lee de nuevo: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ begins his sermon on the Mount by pronouncing the beatitudes
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.