Dios ha descrito a su Sion como «llena de heridas, magulladuras y llagas putrefactas». Cuando la Iglesia de Dios cayó en Adán, cayó con tal estruendo que se quebró todo hueso y se magulló su carne con heridas ulceradas de pies a cabeza. Su entendimiento, su conciencia y sus afectos quedaron terriblemente lacerados: el entendimiento cegado, la conciencia entorpecida y los afectos alienados. Toda facultad mental quedó así pervertida y torcida. Como en un barco náufrago el agua entra por cada vía de agua, así cuando Adán cayó y hizo naufragar la imagen de Dios en la que había sido creado, el pecado se precipitó en cada facultad del cuerpo y del alma y penetró hasta lo más recóndito de su ser.
Pero los estragos espantosos que el pecado ha causado nunca se ven ni se sienten hasta que el alma es vivificada a vida espiritual. ¡Oh, qué estragos hace entonces el pecado en la conciencia cuando el Espíritu de Dios la abre! Cualesquiera que hayan sido nuestras vistas superficiales del pecado antes, sólo cuando el Espíritu Santo descubre su carácter desesperado y maligno es realmente visto, sentido, llorado y lamentado como una realidad temible y espantosa. Es la espada del Espíritu la que corta y hiere; es la entrada de la luz y la vida la que lacera la conciencia; es esta obra divina la que desgarra el corazón e inflige aquellas heridas profundas que sólo el «bálsamo de Galaad» puede sanar.
Y no sólo el pobre pecador convencido queda cortado en su conciencia, lacerado y desgarrado interiormente por el pecado así descubierto por el Espíritu, sino que, como dice el profeta, «toda la cabeza está enferma, y todo el corazón doliente». Sufre así una complicación de enfermedades: todo pensamiento, palabra y obra está contaminado por el pecado. La voluntad elige el mal; los afectos se pegan a lo terrenal; la memoria, como un cedazo roto, retiene lo malo y deja caer lo bueno; el juicio, como un jurado sobornado o ebrio, pronuncia sentencias descuidadas o erradas; y la conciencia, como un comedor de opio, yace dormida y narcotizada en silencio entorpecido. Debemos bajar a las profundidades de la caída para conocer lo que son nuestros corazones y de lo que son capaces; debemos sentir el filo del cuchillo de Dios abriendo surcos en nuestra conciencia y exponiendo el mal tan profundamente incrustado en nuestra mente carnal, antes de poder entrar en la hermosura y la dicha de la salvación por gracia.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: April 25
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.