"Hizo, pues, dos puertas de madera de olivo." 1 Reyes 6:32
Las mismas puertas del Templo, tan hermosas, tan ricas, mostraban que la casa era la casa de Dios. Superaban con creces a todas las puertas comunes.
Es una lección para mí acerca de lo que podría llamar los accesos, los portales, del palacio y templo de mi alma. Deberían revelar al Señor que mora dentro. Nada en el cristiano debería ser secular, profano, no consagrado. Sus umbrales y entradas, no menos que sus santuarios más íntimos, deberían ser suelo santo, raro, celestial, singular.
Hay miradas en mi rostro que dirán si pertenezco a Dios. La piel de mi rostro debería resplandecer, con gozo, con dulzura, con santidad, con la alegría de aquella comunión celestial y sin igual con Dios.
Hay palabras en mis labios que revelarán si el Rey tiene su residencia en mí. ¿Me resulta fácil, natural, deleitoso hablar de Él? Mi lengua, como pluma de diestro escribano, cuando Él es mi tema.
Hay rasgos en mi vida diaria que pondrán de manifiesto si la autoridad de mi Señor sobre mí es suprema y señorial. Mi desapego del mundo, mi honor y caballerosidad, mi afabilidad y amor: estos pronto proclamarán el hecho maravilloso y gozoso.
Puede haber una hermosura de santidad en el aire de una habitación, en el servir una comida, en el tono y la material de las ropas que vista. Bushnell ha dicho: "Es posible vestirse en el Espíritu." En verdad es posible hacer todas las cosas en el Espíritu.
Aún hoy, como antaño, las puertas del santuario deben ser de madera de olivo, adornadas con tallas de querubines, palmeras y flores abiertas.
Fuente y atribución
Autor original: Alexander Smellie
Título original: The Hour of Silence — 1 Kings 6:32
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Alexander Smellie, publicado originalmente en Grace Gems.