La justificación y la santificación son bendiciones distintas. La primera brota de la obra acabada del Hijo de Dios y está conectada con ella; la otra brota de la obra del Espíritu Santo en el alma y está conectada con ella. El pecado ha mancillado nuestras personas externamente y contaminado nuestras almas internamente. No podemos, por tanto, comparecer delante de Dios si no somos lavados en la sangre del Cordero y vestidos con su justicia inmaculada. Esta justicia forma nuestro título al cielo, como la santidad constituye nuestra aptitud. La una es nuestra ropa de boda; la otra, nuestra calificación espiritual. El himno traza bien esta distinción: él adornó mi alma desnuda e hizo brillar sus gracias sobre un gusano pobre y contaminado; y, para que ni la sombra de una mancha se hallara en mi alma, tomó el manto que el Salvador labró y lo echó todo alrededor. El Espíritu forjó mi fe, mi amor, mi esperanza y toda gracia; pero Jesús gastó su vida en labrar el manto de justicia.
Sin estas dos calificaciones, ¿qué entrada podría haber en el cielo, o qué dicha allí, aun cuando se obtuviera entrada? Pues consideremos no solo la infinita pureza y santidad de Dios, sino el resplandor deslumbrante de su presencia inmediata y el rayo penetrante de su ojo escudriñador. ¿Quién o qué puede vivir en su presencia sino lo que es absolutamente perfecto por fuera y por dentro? Y esto no podría serlo la Iglesia si no fuera lavada en la sangre y vestida con la justicia del amado Hijo de Dios, y santificada perfectamente por las operaciones y la habitación de su Espíritu. Por ello leemos: 'Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha' (Efesios 5:25-27).
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: November 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.