La tarde fue «tinieblas» y la mañana fue «luz», ¡y sin embargo las dos juntas reciben el nombre que se da a la luz sola! Esto es algo notable, pero tiene una analogía exacta en la experiencia espiritual. En todo creyente hay tinieblas y luz, y sin embargo no ha de ser llamado pecador porque hay pecado en él, sino que ha de ser llamado santo porque posee algún grado de santidad. Este será un pensadero sumamente consolador para los que se afligen por sus flaquezas y preguntan: «¿Puedo ser hijo de Dios mientras hay tanta oscuridad en mí?» ¡Sí! Pues tú, como el día, no tomas tu nombre de la tarde, sino de la mañana; y eres nombrado en la Palabra de Dios como si ya fueras perfectamente santo, como lo serás pronto. Eres llamado hijo de luz, aunque todavía haya tinieblas en ti. Eres nombrado según aquello que es la cualidad predominante a la vista de Dios, la cual un día será el único principio que permanezca.
Observa que la tarde viene primero. Por naturaleza somos primero tinieblas en el orden del tiempo, y la lobreguez suele ser lo primero en nuestra afligida percepción, llevándonos a clamar en profunda humillación: «¡Sé propicio a mí, pecador!» El lugar de la mañana es segundo; amanece cuando la gracia vence a la naturaleza. Es un aforismo bendito de John Bunyan: «Aquello que es último, dura para siempre.» Lo que es primero cede a su debido tiempo ante lo último; pero nada viene después de lo último. De modo que, aunque por naturaleza eres tinieblas, una vez que llegas a ser luz en el Señor, no hay tarde que siga; «tu sol no se pondrá ya más.» El primer día en esta vida es una tarde y una mañana; pero el segundo día, cuando estemos con Dios para siempre, será un día sin tarde, ¡sino uno sagrado, excelso y eterno mediodía!
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: July 10 — Evening
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.