Algunas vidas no llegan a nada—porque absorben demasiados intereses. Están demasiado atestadas. Una cosa ahoga a otra, y, desde luego, siempre es lo mejor lo que acaba ahogado. En una de las parábolas de nuestro Señor, él ilustra el error de esta manera de vivir—con un trozo de suelo en el que la buena semilla sembrada en él fracasó, porque había demasiado más creciendo en el mismo pedazo de tierra. El suelo en sí era bueno, tan bueno como el mejor. La semilla era de excelente calidad, la misma que en otra parte del campo dio el ciento por uno. Cuando fue sembrada comenzó a crecer y dio una promesa espléndida. Pero pronto se hizo evidente que el suelo estaba ocupado de antemano. Las raíces de los arbustos espinosos habían quedado en la tierra, y cuando el trigo comenzó a crecer—los espinos brotaron también, y crecieron tan de prisa y con tanta fuerza—que ahogaron al trigo, cubriéndolo, bebiéndose el alimento del suelo, de modo que nada llegó al final de la buena semilla que había empezado con tanta esperanza.
Es interesante leer la interpretación que nuestro Señor da a esta parte de su parábola. Los espinos, dice él, son las preocupaciones, las riquezas y los placeres de este mundo. Estas cosas se quedan en la vida donde la buena semilla ha sido plantada, y llenan tanto el terreno, que absorben la fuerza y el interés de la vida, y son tan agresivas que ahogan los crecimientos más tiernos.
Es fácil entender cómo puede ser esto. Todos sabemos cómo ocurre en un jardín que no está bien cuidado. Las malas hierbas brotan y ahogan a las flores y a las hortalizas. Escardar es una parte muy importante del deber del jardinero. El suelo debe mantenerse limpio. Nuestros corazones son como jardines. Plantamos las semillas—pero las malas hierbas estaban en el suelo primero, y brotan enseguida, o aun antes de que nuestras semillas hayan tenido tiempo de echar sus brotes tiernos. Enseguida comienza la batalla. Si las malas hierbas se dejan solas—pronto se apoderarán de todo, y toda nuestra jardinería será un fracaso.
Las preocupaciones son espinos o malas hierbas. Las preocupaciones son inquietudes, ansiedades y distracciones. Parecen crecer con la misma naturalidad en un corazón—como las malas hierbas en un jardín, o los espinos en un campo. Algunas personas piensan que las inquietudes son completamente inofensivas. Nunca las consideran pecados. Pero Jesús habló con mucha firmeza contra la preocupación. Dijo que jamás debíamos inquietarnos. No hace ningún bien. Entrista a nuestro Padre, pues muestra desconfianza en su amor y en su bondad. Es seguir el ejemplo de los paganos, que no conocen el amor del Padre por sus hijos. Y aquí Jesús dice que las inquietudes ahogan el bien que él procura hacer crecer en nosotros.
Deberíamos guardarnos de la preocupación—del mismo modo que nos guardamos de cualquier cosa pecaminosa. Deberíamos arrancarla cada vez que muestra su fea cabeza—tal como el buen jardinero vigila las malas hierbas y saca cada una que sale. Tenemos una ilustración del peligro de la preocupación—en la historia de Marta. Había muchas cosas buenas creciendo en su vida—pero estuvieron todas a punto de ser ahogadas por la preocupación que ella permitió crecer en su corazón. Muchas otras personas tienen el mismo peligro. Las ansiedades de la vida ahogan las cosas hermosas que empiezan en sus corazones, y que sólo crecerán en un suelo libre y limpio. La preocupación es, pues, un hábito de lo más dañino. Deberíamos arrancarla de nuestra vida—y dejar que la paz de Dios se apodere de nosotros. Si no lo hacemos—ahogará de modo doloroso hasta la muerte las cosas buenas que crecen en nosotros. Y, además, de verdad no hay necesidad de ansiedad. Si somos fieles a Dios y confiamos en él—él nos mantendrá siempre en perfecta paz.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Crowding Out the Best
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.