La soledad endulzada

Lo poco que sabemos de la gloria celestial

Como el forastero que se asombra al llegar al palacio del rey, los santos contemplan las glorias de la iglesia y se preguntan qué inefable dicha habrá en el palacio del gran Rey.

Verdaderamente creo que los santos aquí son como un forastero que llega de los confines del reino a la ciudad principal, y que nunca vio nada grande ni noble en toda su vida hasta que llegó allí. Cuando llega al palacio del rey, queda asombrado al ver los edificios señoriales, la guardia real, el gran séquito, los paseos deliciosos, los fragantes cenadores, el jardín del palacio y las nobles personas que son admitidas en él. Mientras contempla con asombro la apariencia externa, se llena de sorpresa al pensar qué debe haber dentro. Salones colgados con finos tapices, mobiliario dorado, el trono, la corona, el cetro, los ropajes de estado y todos los habitantes reales.

Así también los santos, encantados con las bellezas de la iglesia de abajo, que es la casa del Dios viviente, se preguntan cómo debe ser el palacio del gran Rey. Pues si las ordenanzas de su gracia son placenteras más allá de toda comparación, ¿qué no serán los desbordamientos eternos de su amor en la tierra de su gloria? Si las grandísimas y preciosas promesas, y las Escrituras de verdad, son mejores que miles de oro y plata, ¿qué no serán el cumplimiento de las unas y el tema de las otras en el mundo de arriba? ¡Cómo podemos, al ver los atrios de nuestro Dios, las salidas de nuestro Rey en el santuario, preguntarnos cómo debe ser la cámara de su presencia allá en lo alto!

Dichosos vosotros, los que estáis delante de él y le veis en su trono, aun cara a cara, no como nosotros, que solo obtenemos un vislumbre por la ventana, y a través del empañado cristal. ¡Cuál debe ser la gloria del cielo más alto, cuando tal belleza resplandece en los cielos creados! ¡Cuál debe ser aquella gloria que suple la ausencia del sol! ¡Cuál debe ser aquella visión beatífica que transforma al alma en su primer ingreso en ella! ¡Cuáles deben ser aquellos placeres que arrebatan en cada momento! ¡Y aquellos deleites que nunca hartan, aun mientras se disfrutan eternamente!

Ciertamente aquella dicha divina es demasiado sublime para que la luz de la naturaleza la conozca o la penetre; y la revelación solo puede contar un poco de ella, a causa de nuestra carnalidad y de nuestro conocimiento superficial de las cosas sagradas. Sí, aunque la felicidad de los bienaventurados se describiera en el lenguaje que se usa delante del trono, sería demasiado sublime para entrar en un oído mortal. De modo que aún sigue siendo verdad que el oído no ha oído, el ojo no ha visto, ni ha entrado en el corazón del hombre concebir lo que Dios ha preparado para sus santos. Pero tal es esta herencia, que la fe en ella los hace sobrellevar las dificultades, pacientes bajo la aflicción, silenciosos en la tribulación, gozosos en la angustia; pisotear la grandeza mundana, las riquezas, el honor y la fama; y soportar todas las cosas, como viendo al que es invisible, y así esperar a su Hijo desde el cielo.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Little known of the bliss above

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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