La soledad endulzada

Los engaños con que el alma se autojustifica

Los impíos se engañan con falsas esperanzas: creen salvarse en el pecado, aplazan el arrepentimiento a la vejez o se fían de su honradez moral sin nacer de nuevo; letal ilusión que solo Cristo puede disipar.

Los impíos se lisonjean con falsas esperanzas de que todo les irá bien, «hasta que su iniquidad sea hallada aborrecible» por el tremendo Juez omnisciente en el día decisivo.

Los más perversos se engañan pensando que no están en tan mal estado y que llegarán seguros al cielo. Es cierto que la salvación se ofrece al mayor de los pecadores. Pero entonces deben ser salvos del pecado, no pueden ser salvos en el pecado; y ahí radica el error. Algunos se forjan una noción de misericordia que destruiría los demás atributos, como si Dios pisotease su santidad, verdad y justicia para ensalzar su misericordia salvando a un pecador, o perdonando el pecado sin expiación alguna. Pero esto repugna a lo que él mismo ha declarado.

Otros se lisonjean de que, siendo Dios justo y misericordioso, jamás podría condenar a tantas criaturas racionales. Con todo, rehúsan el único camino verdadero y viviente que Dios ha señalado, por el cual deben ser salvos.

Otros querrían creer que Dios nunca los condenará por cometer ciertos pecados que, dicen, están implantados en su naturaleza; y así (¡horrenda blasfemia!) hacen al Autor de su ser autor del pecado. Pero Dios plantó al hombre al principio enteramente bueno, aunque ahora esté vuelto en la degenerada planta de una vid extraña.

Hay otros, además, que por una educación piadosa, convicciones comunes, conocimiento de la verdad y cosas semejantes, están convencidos de que su presente conducta es pecaminosa y peligrosa, pero se engañan con que todo irá bien al fin; pues, cuando sean ancianos y se hayan fatigado de pecar, piensan enmendar su vida, arrepentirse y volverse a Dios; y de esto se prometen éxito, ya que Dios jamás rechaza al penitente. Así se ponen por encima de Dios, haciéndose señores de su propio tiempo y prometiéndose años venideros, aunque no pueden gloriarse del mañana. También se hacen dueños de la gracia divina, creyendo poder arrepentirse a cualquier hora que ellos mismos señalen. Pero tan hermosas promesas a la propia conciencia, ¿quién se atreve a diferir a un futuro incierto asunto tan trascendental, que reclama ser lo primero en nuestra preocupación y hacerse con toda diligencia, son las promesas peor cumplidas del mundo? Además, la dolorosa experiencia nos dice que quienes reservan los pecados de su juventud para arrepentirse de ellos en la vejez, a menudo, ¡ay!, demasiadas veces, viven como comenzaron y mueren como vivieron.

Hay asimismo algunos que concluyen estar en situación dichosa porque son honrados y rectos en sus tratos con los demás. No hacen daño a nadie, no hablan mal de nadie, sino que son cordiales y generosos con todos. Pero no saben nada de vivir una vida de fe en el Hijo de Dios.

Hay también otros que, porque han abandonado las locuras más burdas, extravagancias y excesos que fueron el juego y la tumba de su juventud, y llevan una vida sobria y ordenada, se tienen por convertidos y con buena perspectiva del cielo, aunque jamás sintieron un solo dolor del nuevo nacimiento ni supieron lo que es nacer de nuevo.

Por último, para no nombrar más, hay quienes se tienen por santos en verdad y no cuestionarían su estado por nada, porque han sido sobrios toda su vida, han aborrecido los actos más burdos de maldad, encomian la religión y a los religiosos, y tienen una apariencia de piedad; pero nunca han visto la necesidad de divorciarse de la ley y renegar de sus mejores acciones así como de sus peores hechos en orden a la salvación. Y por más hermoso que sea su carácter, no saben nada de unión y comunión con el Hijo de Dios. Por tanto, están muertos mientras viven, muertos delante de Dios; aunque vivos en su propia opinión y en la del mundo. ¡Cuán fatal es tal autoengaño es evidente; y cuán lleno está el mundo cristiano de tan fatal ilusión! ¡Sean abiertos sus ojos para ver su peligro, y persuadidos sus corazones para abrazar al Salvador!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Self-Flatterers

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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