La vida de Cristo para cada día

Los testigos que confirman al Hijo de Dios

Jesús presenta sus testigos: el Padre, Juan el Bautista, las obras, la voz del cielo y las Escrituras, pruebas abundantes que también nosotros tenemos hoy de que él es el Hijo de Dios.

Se supone que Jesús en este momento estaba de pie ante el gran concilio de los judíos, llamado el Sanedrín. Había sido acusado de haber sanado al paralítico en el día de reposo, y luego de haberse hecho igual a Dios. ¿Negó alguna de las dos acusaciones? De ningún modo; antes bien declaró más plenamente su propia gloria como Hijo de Dios. Presentó a sus testigos. El primero, un gran testigo, fue su Padre que le envió: «Otro es el que da testimonio de mí».

Sin embargo, se condescendió a apelar también a un testigo humano, incluso a Juan el Bautista. Dijo: «Vosotros enviasteis a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad». No habéis olvidado lo que se registra en Juan 1:19-23: «Los judíos (es decir, los principales) enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntar a Juan: ¿Tú quién eres?». Vinieron a él en el desierto donde predicaba, y él aprovechó la ocasión para dar testimonio de Jesús. Dijo: «Uno está en medio de vosotros, a quien vosotros no conocéis; él es quien viene después de mí, que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado». ¿Cómo podían los judíos resistir este testimonio? Por un tiempo se habían regocijado en su luz; es decir, por un tiempo habían admirado su predicación; pero no querían creer. Juan había dejado ya de predicar, pues estaba preso.

Jesús describió después las distintas maneras en que su Padre daba testimonio de él. Eran tres. Primero, capacitándole para hacer milagros, como sanar al pobre paralítico: éstas eran las obras que el Padre le había dado para acabar. Segundo, su Padre mismo había dado testimonio de él, hablando desde el cielo en su bautismo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Tal voz nunca se había oído en ningún tiempo anterior dando testimonio por los antiguos profetas, ni se había visto semejante manifestación de gloria. Era la gloria excelsa, como Pedro llama al resplandor del Padre. Tercero, el Padre había dado testimonio de su Hijo en las Escrituras, esto es, en las profecías. Jesús mandó a los judíos escudriñar las Escrituras, diciendo: «Ellas son las que dan testimonio de mí».

¿No tenían los judíos de antaño pruebas suficientes de que Jesús era el Hijo de Dios? Y nosotros también tenemos evidencia abundante de esta importante verdad. No hemos oído predicar a Juan el Bautista, aquella luz ardiente y resplandeciente, pero hemos oído a otros predicadores hablar de Cristo con afecto entregado. No hemos visto hacer milagros, ni ojos ciegos abiertos ni pies cojos restaurados; pero hemos visto obras mayores que éstas. Hemos visto milagros obrados en el alma. ¿No hemos conocido jamás a una persona que vivía una vida impía, transformada por el poder del Evangelio en una criatura santa? ¿No es mucho más admirable ver cambiada la mente de un hombre que su cuerpo? Nadie sino Dios puede obrar tal cambio. «¿Mudará el etíope su piel, o el leopardo sus manchas? Así también vosotros, ¿podréis hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?». Si hubiéramos visto a un hombre negro transformado en blanco, no habríamos visto un prodigio tan grande como si hubiéramos visto a un hijo del diablo transformado en hijo de Dios.

Tenemos otro testigo: la Escritura del Antiguo Testamento. Está llena de profecías acerca de Cristo. ¿Las habéis leído? Ved cómo Isaías declara que sería llevado como cordero al matadero; cómo Zacarías dice que cabalgaría sobre un asno y sería vendido por treinta piezas de plata; cómo Miqueas anuncia que nacería en Belén; y cómo David en los Salmos predice que se le daría vinagre en su sed, que sus vestidos serían repartidos y traspasadas sus manos y sus pies. Los judíos, aunque no quieren creer en Jesús, estiman estas profecías como palabra de Dios, y las han guardado sagradas por muchas edades. ¿Cómo podemos descreer de tales pruebas? Y si Jesús es en verdad el Hijo de Dios, consideremos si estamos preparados para comparecer ante su tribunal. ¿Le hemos creído con el corazón?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The defense continued

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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