La llave de la muerte

Muramos donde muramos, no estaremos fuera del cuidado del Redentor

Invitación a confiar en la providencia del Redentor sobre el tiempo, modo y circunstancias de nuestra muerte y las de nuestros seres queridos.

Sabemos tan poco del modo de nuestra muerte como del tiempo de nuestra partida de aquí: puede que dejemos el mundo con facilidad o con dificultad; por un golpe repentino o por sufrimiento prolongado. Podemos estar, en ese momento, vivamente conscientes, o en un estado de aberración parcial, o totalmente insensibles. Podemos morir solos o en medio de amigos. Podemos morir en el mar o en la tierra; en casa o en el extranjero; en el camino público, o en el desierto solitario, o en nuestra propia almohada. Estas posibilidades son propensas a convertirse, por un temperamento melancólico, en alimento de inquietud ansiosa y cuidado atormentador.

Es una consideración muy evidente que esas ansiedades, surgiendo como surgen de todas las formas posibles de muerte, deben, en su mayor parte, ser infundadas, ya que la muerte solo puede alcanzarnos en una forma al fin. Y que, incluso con respecto a aquella forma respecto a la cual pueden estar bien fundadas, son totalmente inútiles, pues no sirven de nada para evitarla o alterarla. Que tales personas se atormentan respecto a un asunto que debe ser totalmente desconocido, y que, aunque se conociera, está, sin embargo, fuera de su control. Que sus temores actuales respecto a ello ocasionan un sufrimiento mayor y más prolongado que el que podría ocasionar el evento mismo, si ocurriera en su forma más formidable. Que el temor es, por su propia naturaleza, una anticipación y, en cierta medida, un anticipo de todos los males posibles, mientras que en la muerte solo se soporta una forma de ese mal. Y que esas ansiedades tienen el efecto de extender la muerte, por así decirlo, sobre toda la extensión de la vida, según el hermoso lenguaje del apóstol, cuando habla de algunos "que, por temor a la muerte, están sujetos a esclavitud toda su vida".

Pero, sin detenernos en estas evidentes consideraciones, ¿qué importa, al fin y al cabo, dónde o en qué circunstancias muramos? Muramos donde muramos, ¡no podemos estar más allá del alcance de la protección del Redentor! Más aún, el hecho de que él tenga en su propia mano la llave de la muerte es una prueba de que está presente con nosotros y que está pensando en nosotros, en cualquier lugar y a cualquier hora en que la muerte pueda alcanzarnos; porque allí, donde muramos, él nos llama; y nos corresponde estar listos y dispuestos a partir a su llamado.

Esta consideración debe reprimir no solo las ansiedades que sentimos respecto al futuro, sino también los pesares que somos propensos a acariciar respecto a las pérdidas con las que ya hemos sido visitados. No es menos instructiva y consoladora, cuando se contempla con referencia a la muerte de parientes y amigos, que cuando se considera respecto a nuestra propia perspectiva de muerte. Pues nos enseña que la duración de la existencia de cada hombre aquí está determinada por el Redentor; que le corresponde a él señalar un período más largo o más corto a cada uno, según su voluntad; y al hacerlo, tenemos motivos para estar satisfechos de que determina según los dictados de una sabiduría infalible, aunque las razones de su proceder deben ser, por el presente, necesariamente inescrutables para nosotros.

No podemos decir por qué uno muere en la infancia, otro en la niñez, un tercero en la plenitud del vigor varonil, y un cuarto es reservado para la vejez; y sobre todo, por qué los más prometedores en talento y carácter, y los más útiles en sus distintos puestos, son llevados, mientras que otros de menor mérito a menudo quedan atrás. Pero nos basta saber que esto no sucede por casualidad, ni es resultado de capricho o descuido, sino que procede de aquella infalible sabiduría cuyos consejos se forman con vistas a todas las relaciones y consecuencias posibles, tanto en lo visible como en lo invisible, en el presente como en el futuro estado de ser.

Puesto que el poder de la muerte está en las manos del Redentor, la duración de la vida humana está, en cada caso, determinada por él. Por tanto, nadie debe albergar el pensamiento de que la muerte es, en un caso, indebidamente prematura o, en otro, indebidamente demorada. Nadie vive, ni más ni menos tiempo, de lo que la sabiduría infinita le ha asignado. La razón enseña que debemos someternos a su designio, por renuentes que seamos, ya que es irresistible y muy por encima de nuestro control. Así que, como cristianos, debemos aprender a conformarnos con él gozosamente, como designio de quien no puede errar. Que la hora determinada ha llegado es una reflexión que debe servir para disipar todo pesar inútil; pero que esa hora fue fijada por aquel en cuya sabiduría confiamos y de cuyo interés en nuestro bienestar tenemos la mayor seguridad, es un pensamiento que no solo debe inducir resignación, sino inspirar consuelo y paz.

Fuente y atribución

Autor original: James Buchanan

Título original: The Key of Death — parte 8

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Buchanan, publicado originalmente en Grace Gems.

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