Tampoco sería para que se sentara con comodidad y se reclinara sobre un lecho de plumas, con el único propósito de disfrute. Éste no es manifiestamente el mundo para tal reposo; ni fue parte de las promesas que ésta debiera ser la porción del cristiano. Basta si nuestra raza se deja guiar solamente por el interés hacia la riqueza, el placer y la fama. Basta, bajo la influencia del sentimiento natural, pisar los senderos de la ambición y cruzar océanos y montañas en busca de oro. Basta para llenar los lugares de entretenimiento, recostarse en el regazo de un disfrute lujurioso y andar por los caminos del orgullo y la vanidad. A este número de magnitud tan melanchólica, no conviene que se añada el nombre del cristiano.
En todo este mundo rebelde, es bueno creer que hay algunos que se dejan guiar por otros motivos y viven para otros fines. Pero si el cristiano no vive para ninguna de estas cosas, ¿cuál es el objeto para el cual se le continúa en la tierra? Respondo que es, primero, para que su carácter sea desarrollado, para que los principios del hombre sean sacados a la luz, para que se vea y se sepa lo que él es. Es para mostrar los señalados triunfos de la gracia de Dios, al vencer las profundamente arraigadas propensiones naturales y pecaminosas del hombre; al someter pasiones fieras y malas en medio de objetos aptos para excitarlas; al romper su dominio sobre el mundo, cuando lo rodean diez mil atractivos; y al desasir la mano de la avaricia, alisar el ceño de la preocupación, acallar los susurros de la envidia, abrir el corazón del egoísmo y encadenar una imaginación rebelde a una sobria y humilde visión de las realidades de éste y del mundo venidero.
Este es manifiestamente el designio de la religión según se presenta en el Nuevo Testamento. Y donde esto no existe, decimos que allí la religión no tiene poder, que no distingue entre sus amigos de profesión y los demás hombres.
El segundo designio de nuestra permanencia aquí es que la evidencia de nuestra religión resplandezca de tal manera que otros se beneficien con nuestra vida. Pues ningún hombre vive para sí mismo, y ningún hombre muere para sí mismo. Que éste es el designio de la vida del cristiano se desprende claramente del ejemplo de Cristo y los apóstoles. Ellos creían que la vida cristiana podía volcarse a un gran provecho práctico. Se entregaron a la gran empresa de salvar a un mundo moribundo; y el mundo sintió que ellos vivían, y el imperio de Satanás a través de todos sus ejércitos dio señales de aflicción de que todo estaba perdido. El cristiano ahora vive para esto. La salvación de los hombres excita un profundo interés en su seno. Es un objeto por el cual orará, trabajará y se negará a sí mismo. No digo que sea un objeto por el cual deba sentir, sino uno que de hecho siente. Es parte del hombre, la cosa por la cual es conocido, lo que constituye su individualidad, y por lo cual será juzgado en el tribunal de Dios.
III. El carácter cristiano debe ser desarrollado, porque no hay razón para ocultarlo. El cristiano, en cuanto cristiano, no tiene nada que desee ocultar ante la mirada de ningún ser, creado o increado. Esto se desprende claramente del Nuevo Testamento. El que se avergüenza de mí y de mis palabras delante de los hombres, dijo el Hijo de Dios, de ése se avergonzará el Hijo del Hombre delante de su Padre y de los santos ángeles. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
La vida de Cristo muestra también que éste fue el gran principio por el cual actuó. Él no afectó disfraz alguno. No ocultó sentimiento alguno. Sus vistas acerca de los pecadores las expuso con la mayor intrepidez. Su juicio respecto a los hipócritas lo proclamó en su presencia, a riesgo de su vida. Sus doctrinas las expuso tanto entre ricos como pobres, en Jerusalén y en las colinas de Galilea. Se conmovió profundamente ante la condición de los pecadores moribundos y las calamidades inminentes de Jerusalén, y el dignificado y exaltado Hijo de Dios no se avergonzó de ser visto llorando sobre la suerte de la ciudad sentenciada.
¿Cuántos cristianos hay ahora en la tierra que se sentirían degradados al ser vistos llorando ante la perspectiva de la condenación inminente de los pecadores? ¿Cuánta persecución habría ahorrado Jesús con una reserva prudente, ocultando sus lágrimas, con una política oportunista, con un acomodamiento calculado entre el servicio de Dios y el mundo! ¡Qué pacífica podría haber sido su vida en las colinas de Galilea, si no hubiera expuesto sentimientos sino aquellos que coincidían con las opiniones previas del pueblo!
Así juzgó también el apóstol Pablo. Se compadeció de la condición de un mundo moribundo, y no se avergonzó de que se conocieran sus sentimientos. Se compadeció de la condición de los hombres engañados en la iglesia, y no se avergonzó de decir: «Os digo, aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es la destrucción». Tampoco fue detenido por consideraciones de prudencia y comodidad, para dejar sentir hasta los confines del mundo que creía que los hombres estaban en peligro, y estaba resuelto a que conocieran sus sentimientos a cualquier costo de tiempo, trabajo, dolor o sangre.
Ahora bien, la religión no afecta ocultamiento. No tiene nada que disfrazar. El sol, la luna, las estrellas, los cielos no tienen nada que ocultar, ni tampoco el cristiano. No hay un solo sentimiento en la Biblia, ni un deber, que él desee o esté dispuesto a ocultar. No hay una doctrina, por más repulsiva que sea, que no desee que se conozca, y que no esté dispuesto a dar a conocer de cualquier manera viable y apropiada. Toda la operación de la religión se hace a la vista de todos. No tenemos misterios, y la religión no le oculta nada al cristiano.
El cristianismo no nos permite dudar de que hay un Infierno, y de que los malvados están descendiendo allí, y el cristiano está dispuesto a que sepas que él así lo cree.
El cristianismo desaprueba tus placeres insensatos, tu alegría frívola, tus modas y frivolidades; tus teatros y lugares de juerga, y el cristiano no se avergüenza de que sepas que él así lo piensa.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Development of Christian Character — parte 7
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.