¡Cuánto debió alegrar el corazón de los apóstoles oír a Jesús decir: «Yo me manifestaré a él» (es decir, al hombre que me ama)! Como era la perspectiva de su ausencia lo que les afligía, la promesa de su presencia (si creían en ella) debía consolarles. Había dicho antes: «Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo». Pero no había dicho cuándo vendría otra vez. Podían pasar años antes de que los llevase al lugar adonde iba. Pero ahora promete visitar a los que dejara atrás.
¿A quién dirigió la promesa? A los que le amaban. El apóstol Judas sabía bien que le amaba. Por eso no preguntó: «¿Te manifestarás a nosotros?», sino: «¿Cómo te manifestarás a nosotros?». Es cosa consoladora cuando el propio corazón de un hombre le asegura que ama a su Señor. Nuestros corazones nos dicen que amamos a nuestros hijos y a nuestros amigos. Si de veras amamos al Señor, nuestros corazones nos lo dirán. Sin embargo, no sea que nos engañemos en asunto tan importante, Jesús nos ha dado una señal para probar nuestros corazones: «Si alguno me ama, guardará mis palabras». Pero ¿quién guarda las palabras de Jesús? Si se nos juzgara por esta regla, ¿quién se sostendría? Nadie las guarda perfectamente; pero algunos sí las guardan en el sentido que Jesús quiso; pues dijo, hablando de sus propios apóstoles, en oración a Dios: «Han guardado tu palabra» (Juan 17:6). Esta declaración ha sido un gran consuelo para muchos creyentes. La historia de los apóstoles muestra que no guardaron perfectamente las palabras de su Maestro: ni creyeron en él tan plenamente, ni se amaron tan ardientemente, como debieran. Con todo, Jesús dijo a su Padre: «Han guardado tu palabra».
Cuando vivió en la tierra, el mundo le vio tanto como sus discípulos; pero, desde que ascendió al cielo, el mundo ya no le ve; mas los que le aman sí le ven por la fe. Son muchos los que han experimentado la verdad de esta promesa: «Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él». Aquel fiel siervo de Dios, el doctor Payson, atormentado por el dolor en su lecho de muerte, declaró: «No es la perspectiva del cielo lo que me hace feliz, sino la sensación del cielo en mi propio pecho». Donde moran el Padre y el Hijo, allí tiene que estar el cielo. Mientras el pecado permanezca en el corazón, el cielo del creyente estará oscurecido por nubes y sacudido por tormentas; pero cuando el pecado sea enteramente destruido, no habrá más tormentas ni más nubes.
Los santos glorificados no solo están en el cielo, sino que el cielo está en ellos. El albor de este cielo se halla en los creyentes sobre la tierra. ¿Hay cielo en nuestras almas? ¿Hacen el Padre y el Hijo su morada con nosotros? Si no moran con nosotros ahora, no moraremos con ellos después. Recordemos la declaración del apóstol: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria». Recordemos también su oración: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef. 3:17).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Jude asks an explanation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.