El pastor y su rebaño

Pastos verdes y aguas de quietud para el rebaño

El Gran Pastor provee pastos verdes y aguas tranquilas para su rebaño: descanso, seguridad y abundante provisión de gracia para el creyente en todo tiempo.

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10. LOS PASTOS VERDES Y LAS AGUAS TRANQUILAS DONDE SE APACENTA EL REBAÑO

«Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre». Salmo 23:1-2

En el capítulo anterior consideramos el versículo inicial, lo que podría llamarse la nota clave del hermoso cántico pastoral de David. Allí él había dado expresión a lo negativo; ahora prosigue, bajo el mismo símbolo del Pastor, a hablar de las bendiciones positivas que pertenecen a todo el pueblo de Dios. El cuadro aquí presentado es el que a menudo se contempla en nuestros propios valles de las Highlands: un rebaño de ovejas, en una tarde de verano, reposando junto a las riberas verdes de algún arroyo de aguas cristalinas, teniendo a su alrededor, en abundancia, los dos requerimientos principales del redil: hierba y agua.

El pastor oriental o árabe es conocido por deambular durante días enteros a lo largo del yermo sin senderos, hasta que halla estos suministros indispensables. La hierba más verde sería insuficiente sin el arroyo, y el agua más pura sería inútil si su curso discurriera por páramos estériles, o entre maleza espesa y rocas desnudas. En estos dos símbolos expresivos de este salmo, tenemos ante nosotros la provisión que el Gran Pastor ha hecho para el consuelo y el alimento de su rebaño. En otras palabras, el abundante suministro de gracia concedido al creyente en el nuevo pacto, para satisfacer todas sus necesidades espirituales. «En lugares de delicados pastos me hará descansar». «Junto a aguas de reposo me pastoreará». Tomando las palabras en un sentido más amplio, podemos extraer de cada una de las cláusulas uno o dos pensamientos sencillos para la meditación.

«En lugares de delicados pastos me hará descansar». La primera idea que se sugiere es la de DESCANSO y SEGURIDAD. El rebaño «se acuesta». La postura es indicativa de reposo perfecto. Las ovejas son con frecuencia tan tímidas, que pasar junto a ellas en un prado es la señal para que se disperse todo el rebaño. Pero aquí toda causa o temor de peligro parece haber sido removido. No se escucha un solo balido en todo el valle. Están anclados, como naves en un refugio tranquilo y resguardado, en torno a los pies del pastor.

La vida del hombre, como fuimos llevados a notar de manera más especial en un capítulo anterior, es una constante búsqueda de descanso, reposo, satisfacción. Muchos, en efecto, lo buscan en falsos sucedáneos; pero aun en la búsqueda de lo falso detectamos la aspiración por una realidad más noble. En la misma persecución de la sombra discernimos el anhelo de la sustancia. El avaro lo busca en su oro; el ambicioso lo busca mientras escala sus cumbres vertiginosas; el buscador de placeres lo busca en excitaciones artificiales; el estudioso lo busca en las aspiraciones y logros más elevados de su naturaleza intelectual. Pero el verdadero descanso solo puede hallarse en Dios. «Este es el reposo con el que harás descansar al cansado; y esto es el refrigerio». «CUANDO él da quietud, ¿quién podrá causar problemas?». «A sus amados les da el sueño» (reposo).

Solo cuando nos hemos asegurado el favor y el amor del Pastor divino, el perdón y la reconciliación por la obra expiatoria y los méritos de Jesús, podemos «acostarnos». Sin esto, habrá un deambular febril tras otra cosa, algo aparentemente mejor, pero que aun cuando se alcanza no satisface ni puede satisfacer. Teniéndolo a Él por nuestra porción, no necesitamos otro. Con todo anhelo de nuestra naturaleza moral satisfecho, podemos decir: «Este es mi reposo para siempre».

Una segunda idea que sugiere la figura de los «pastos verdes» es la de PROVISIÓN ABUNDANTE. Obsérvese que no se habla aquí de un solo terreno de pastoreo, sino de «pastos». No hay suministro escaso, sino, por el contrario, una variedad amplia, para adaptarse a las circunstancias de cada miembro del rebaño. Las ovejas pueden recorrer de campo en campo, y sin embargo siempre hay suficiente y de sobra. Además, la provisión es la mejor de su clase —no amarga ni marchita, sino hierba tierna y joven, como si una eterna primavera o verano se cerniera sobre estos prados. ¡Qué diversidad hay en la provisión espiritual de Dios para su pueblo!

Gracia para todos los tiempos, y para cada tiempo. Cada brizna tierna tiene su gota de rocío de consuelo; cada poza en «las aguas de reposo» tiene su reflejo de amor. Multitudes incontables han sido alimentadas por estos pastos en toda época, y aun siguen verdes —siempre verdes; y el cántico del rebaño es hoy lo que ha sido durante tres mil años: «Jehová es mi pastor; nada me falta».

¡Cuán especialmente es esto cierto de los pastos de la Santa Palabra de Dios! ¡Qué variedad tenemos aquí: doctrina, precepto, promesa, consuelo, consolación, sí, «consolación etterna»! En ninguna ocasión nos son estos pastos más verdes que en temporadas de tristeza; cuando los pastos del mundo están secos, y sus rincones y valles más escogidos —los que solían estar alfombrados de flores y bañados de sol— no pueden ofrecer refrigerio ni reposo. «La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».

Pasemos a la segunda parte del versículo —«¡Junto a aguas de reposo me pastoreará!» ¡«Aguas de reposo»! Estas palabras parecen transmitir, bajo otra figura y símbolo, una descripción de ese mismo reposo apacible y santificado, asegurado al creyente, que el salmista tenía en mente en la cláusula anterior: el alma guardada en perfecta paz, afirmada en Dios. Los impíos son comparados al «mar turbulento». Pero este es un río interior —un arroyo tranquilo y apacible, protegido de los vientos borrascosos que agitan el océano hasta la locura. Extraña, en verdad, es a menudo la historia del alma antes de alcanzar aquel reposo divino; encarnizados son sus combates antes de que sobrevenga la calma de la victoria y el descanso. Como el patriarca en Jaboc antes de obtener el cambio de nombre y la bendición divina, ha habido muchas veces una larga noche de lucha antes del amanecer del día.

Puede que hayas contemplado un prado tan apacible como el descrito por el salmista de Israel, con su arroyo semejante a un lago; tan quieto, que ni una sola onda empaña su superficie; cada roca, y planta, y brizna de hierba que bordean sus riberas se reflejan hermosamente en la superficie. ¡Mas sigue ese mismo río río arriba por aquellas cañadas de montaña, y lo verás agitarse y espumar entre rocas escabrosas, precipitándose impetuoso hacia donde ahora duerme tan tranquilo en el valle inferior! Ese es un cuadro del frecuente y prolongado desasosiego del alma antes de haber hallado la paz que sobrepasa todo entendimiento; de sus luchas con la corrupción interior y la tentación exterior; de las corrientes encrespadas y de los impetuosos torrentes de pasión y pecado, antes de asegurar su glorioso reposo en Dios. No es sino hasta que alcanza estos prados apacibles, con sus pastos verdes, que hemos estado describiendo, que puede decir: «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo».

Aquí también, como en la figura anterior, tenemos representada la abundancia de las misericordias de Dios; no solo pastos variados, sino aguas variadas. Las bendiciones de la gracia no son como el Nilo, un río solitario que no recibe ningún afluente a lo largo de los novecientos kilómetros que recorre. Son más bien como el Jordán, alimentado por un centenar de arroyos a medida que se precipita por sus gargantas rocosas. Muchos arroyos solo fluyen en invierno o primavera. Cuando llega el verano (la época en que más se los necesita) sus cauces están secos. Pero estas «aguas de reposo» están llenas aun en la sequía, porque se alimentan de las colinas eternas. Cuando los arroyos del mundo están más vacíos, los arroyos de la gracia son más profundos y abundantes. «Jehová», dice el profeta, «te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas cuyas aguas nunca faltan».

Tenemos arroyos de paz, de pureza, de perdón, de santificación —todos ellos sumamente grandes y preciosos. Consideremos la exuberancia de las misericordias de Dios en la creación natural. Acude a algún rincón retirado de enredo encantador, junto al arroyo, o la cascada, o al claro apartado. Estudia durante una hora esa sola página del volumen de la naturaleza, llevando contigo el microscopio para ayudarte en la tarea. ¡Cuán maravillosos los matices! ¡Cuán simétricas las formas! ¡Cuán generoso el adorno de los diminutos mundos de seres animados que el lente descubre! Es un débil símbolo de las sobreabundantes riquezas de su gracia, en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. «¡Oh! ¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti confían, delante de los hijos de los hombres!»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: 10 — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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