La vida de Cristo para cada día

Pedro y Juan corren al sepulcro vacío

María Magdalene fue a avisar a Pedro y a Juan; el discípulo amado corrió más rápido, Pedro entró con más audacia, y la visión de los lienzos ordenados convenció a Juan de que su Señor había resucitado.

María Magdalena no vino sola al sepulcro. Sabemos por el evangelio de Marcos que fue acompañada por otras dos mujeres, María y Salome. Pero cuando percibió que la piedra había sido removida del sepulcro, actuó de manera distinta a sus compañeras. En vez de acercarse a examinar la tumba, concluyó de inmediato que el precioso cuerpo había sido robado, y volvió corriendo a Jerusalén en busca de auxilio. Los cristianos, aunque se asemejan en su apego al mismo Señor, tienen maneras diferentes de mostrar ese apego. Algunos, como María Magdalena, están prontos a darlo todo por perdido en el primer momento de alarma; mientras otros, como Salome y la otra María, siguen esperando aun contra toda esperanza.

¿A quién acudió esta doliente mujer en busca de ayuda? A aquellos amados apóstoles, Pedro y Juan. A menudo encontramos a esos dos apóstoles cerca el uno del otro. Parece que entre ellos existía una estrecha amistad. La vergonzosa negación de Pedro no había roto el vínculo. Juan no había dicho a Pedro: «Ya no puedo reconocerte como hermano». Él mismo no estaba sin pecado: había abandonado a su Señor, aunque no lo había negado.

María Magdalena dio un relato alarmantísimo de lo que había visto en el huerto de José; incluso afirmó: «Se han llevado al Señor». Pedro y Juan partieron con la mayor prisa hacia la tumba. Juan era el más veloz. Generalmente se supone que él era el más joven. Pero Pedro era el más audaz; pues cuando llegó a la tumba entró, mientras Juan al principio sólo miró dentro, aunque también entró después.

¿Y qué vieron en la tumba? Los lienzos. Esta visión convenció a Juan de que el cuerpo de su Señor no había sido robado, sino que su Señor mismo había resucitado. Si los enemigos se hubieran llevado el cuerpo, ¿habrían dejado los lienzos? Y si de pronto hubieran sido sorprendidos, y soltado los lienzos en su prisa por escapar, ¿habrían estos quedado ordenados con esmero? ¿Y el sudario que había cubierto la sagrada cabeza, habría estado doblado en un lugar aparte? No, era evidente que aquel que había reposado en la tumba ya no vestía el atuendo de la muerte. No se nos dice aquí qué efecto produjo la vista de los lienzos sobre Pedro; pero por otro pasaje se ve que la visión lo convenció también. (Véase Lucas 24:12.)

Ambos apóstoles volvieron a su propia casa sin haber visto ni al Señor ni a sus ángeles; sin siquiera haber visto a las mujeres que habían visto al Señor; y por tanto sin haber oído su mensaje. ¿Por qué no permanecieron aún junto a la tumba, o no buscaron en cada lugar a quien habían perdido?

Parece que los apóstoles, después de la crucifixión de su Señor, temían caer en manos de sus enemigos, y por ello se mantenían cuanto les era posible dentro de sus puertas.

Había uno que ahora vivía con Juan, profundamente conmovido por todo lo concerniente al bendito Redentor: era su madre. Sabemos que ella miró a su Hijo cuando moría en la cruz, pero no se nos habla de que visitara la tumba. ¡Qué dulce comunión debió sostenerse aquel día en el hogar del apóstol amado! ¡Cómo debieron gozarse juntas la madre del Señor y su amigo al saber de su resurrección! Dichosos aquellos que, viviendo bajo un mismo techo, se deleitan en hablar juntos de su bendito Salvador. ¡Cómo pueden los que lo aman abstenerse de hablar de él, de recorrer sus bondades pasadas y de anticipar su glorioso retorno!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Peter and John visit the tomb

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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