CAPÍTULO 7
Ahora vi en mi sueño que, al caer la tarde, Peregrino deseaba detenerse en el primer lugar de descanso para obtener alojamiento por la noche. Las espirales de humo que ascendían en el cielo sereno lo guiaron hasta una aldea a lo lejos, anidada entre los bosques. Los últimos rayos del sol caían sobre sus humildes moradas al acercarse. Aquí y allá, las luces en las pequeñas ventanas de mirador, mezclándose con los rayos del sol que se demoraban, anunciaban el regreso del campesino de su labor; mientras que, de cuando en cuando, las sencillas notas del himno vespertino de alabanza llegaban a sus oídos.
Acercándose a la primera cabaña de la aldea por una tranquera, llamó y solicitó admisión.
—¿Quién está afuera? —preguntó una voz suave desde dentro.
—Un viajero hacia el Monte Sión —respondió el otro—, que huye de la "ira venidera" y reclama de un extraño esa hospitalidad que jamás fue negada por un humilde seguidor del Señor Immanuel a otro.
—Tampoco ahora lo será —dijo la voz, desatrancando la puerta y revelando la figura de una anciana de sencillo atuendo. Su nombre era Pobreza; y una pequeña criada, llamada Contentamiento, compartía con ella los frugales consuelos de su suerte. En la entrada, sobre el dintel, él observó estas palabras inscritas:
"Lo poco que tiene el justo es mejor
Que las riquezas de muchos impíos."
Ahora vi que, después de ayudar a Peregrino a lavarse los pies y de proveerle el refresco necesario, entraron en mutua conversación acerca de su respectiva historia y condición.
—Parecéis —dijo Peregrino, dirigiéndose a la mayor de las dos— ser ajenas a muchos consuelos exteriores; y, sin embargo, me parece que no he visto discípulas más felices del Señor Immanuel en todo el curso de mi viaje.
—Somos pobres en este mundo —respondió Pobreza—; pero Dios nos ha hecho ricas en la fe y herederas juntamente del reino de los cielos. Siento que en esta aldea de Piedad, con mi criada Contentamiento, tengo "gran ganancia".
—Pero me parece —dijo Peregrino— recordar a uno de vuestro nombre, quizá un pariente vuestro, un viajero del camino Ancho, que parecía el más miserable de todos los hombres. Venía acompañado de dos asociados llamados Improvidencia y Vicio, y era objeto de aborrecimiento aun para los peores de los hombres del Camino Ancho.
—¡Ay! —respondió la otra—. Si me quitasen a Dios, en verdad sería despojada; no hay condición más lastimosa que la pobreza sin Dios, ninguna más bendita que la pobreza santificada. "El Señor es mi porción", y siento que no necesito otra.
—¡Envidiable suerte! —dijo Peregrino—. También parecéis estar bendecida con vecinos devotos; pero, si tan pobres como vos, no veo cómo, en medio de su diaria labor, pueden hallar tiempo para el servicio del Señor Immanuel.
—Donde hay voluntad, hay camino —respondió la otra—. Por lo general hallaréis que el hombre más diligente en los negocios es también el más ferviente en espíritu, sirviendo al Señor. Además, en nuestro estado humilde, como hay menos premios que la ambición mundana nos ofrece, tenemos mayor incentivo para buscar nuestro tesoro en el cielo; tenemos menos de las "muchas cosas" por las cuales "afanarnos y turbarnos"; y más descanso para pensar en la "una cosa necesaria".
—Me parece, además, que en ese precioso volumen —continuó Peregrino, señalando al único ocupante de la mesa—, me parece que en ese gran Libro Guía hacia la tierra de Immanuel hallaréis mucho que os haga regocijar de que esta humilde condición haya sido la vuestra.
—Sí, en verdad —respondió ella—, nuestra suerte es bendita, pues en su misma humildad somos semejantes a nuestro Divino Maestro. El Señor Immanuel fue él mismo un Hombre Pobre. Por nosotros se hizo pobre; tan pobre, que "mientras las zorras tienen cuevas y las aves del cielo nidos, el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza".
—Muy cierto —dijo Peregrino—. Además, siempre he pensado que es una de las maravillas de ese sagrado Volumen —señalando el libro a su lado— que es, de manera singular, el libro del pobre.
—Sí, en verdad —respondió Pobreza—; aunque contiene verdades nobilísimas y sublimes, contiene también verdades tan claras y sencillas que el más humilde puede comprenderlas. Siento, al leer de profetas y apóstoles, y del Señor de los apóstoles, que estoy siguiendo las huellas de los pobres. Así veo que la pobreza no puede tener deshonra alguna, pues fue honrada y santificada por el mismo Señor Immanuel, quien la escogió como su única herencia.
Así Peregrino continuó su conversación con estas humildes extrañas, hasta que las fatigas del día le indujeron a retirarse a descansar. Al amanecer, reanudó una vez más su viaje, dejando atrás un memorial de gratitud por la bondad que se le había dispensado; y recibiendo, en recompensa, la bendición de despedida de corazones agradecidos: "Bienaventurado el que piensa en el pobre".
Ahora vi en mi sueño que prosiguió su viaje sin interrupción hasta el anochecer. Su sendero discurría por una sucesión de claros boscosos, interrumpidos de vez en cuando por terrenos pantanosos. A medida que avanzaba, el país comenzaba a mostrar pocos rastros de habitaciones humanas, hasta que rara vez se veía aun un pastor con su rebaño que aliviara la soledad; y el único refresco que él mismo podía obtener era en los arroyos de agua que, de vez en cuando, cruzaban el camino. Al comenzar a caer las sombras de la tarde, llegó a un lugar apartado, en el centro de un bosque, donde había un gran edificio llamado "El Hospital del Rey". Allí los viajeros que se habían debilitado o desmayado, o que habían sido heridos por enemigos, acudían para ser curados por el "Gran Médico", nombre con el cual se conocía aquí al Señor Immanuel. Y no estaba limitado solamente a los hombres del Camino Estrecho: ocasionalmente algunos viajeros del Camino Ancho, heridos por las flechas de la convicción, o desmayados bajo la prueba, buscaban refugio en él. Pero en su caso la estancia era breve; pues, al no someterse a la cura del Médico, y prefiriendo falsas curas de su invención, pronto volvían al camino de la destrucción.
Ahora vi que uno de los siervos del Gran Médico condujo a Peregrino a una gran sala del Hospital, llena de camas y lechos, sobre los cuales yacían los enfermos y heridos. Algunos gemían pesadamente; otros yacían con labios pálidos y ojos hundidos, apenas capaces de soportar la tenue luz que entraba desde lo alto; otros dirigían una mirada implorante de misericordia hacia la puerta al ver entrar al extraño.
—Iremos primero —dijo el conductor— a la sala donde yacen los pacientes más desesperados. Son hombres del Camino Ancho, empujados aquí por el temor, o a menudo por el golpe estremecedor de la prueba, para buscar refugio temporal; pero "solo perseveran por un tiempo". Sus corazones se endurecen, ¡y el fin es para ellos peor que el principio! Pero seguidme —continuó—; quizá la amonestación de un viajero del Camino Estrecho, como vos, los induzca a pensar en su terrible peligro y perdición.
El primer lecho ante el cual se detuvieron fue el de un paciente llamado Justicia Propia. —Este —dijo el guía de Peregrino— es un hombre que ahora se imagina "rico y sin necesidad de nada"; mientras que, como veis, es miserable, desdichado y desnudo.
Al acercarse a su lecho, el asistente le ofreció un poco de lino blanco, prescrito por el Gran Médico, para detener la sangre que fluía de una herida en su costado; pero el otro lo arrancó y persistió, en su lugar, en vendarla con unos harapos sucios esparcidos sobre su almohada.
En el mismo recinto había un paciente del mismo nombre. No estaba, como el otro, tendido en un lecho, sino que paseaba, con aire altivo, el suelo de la sala donde estaba confinado. Un rubor febril teñía su rostro, como el que engaña al enfermo consumtivo cuando confunde, por señal de salud que retorna, el signo de la muerte. Su miserable vestido se veía aquí y allá aliviado por un remiendo brillante o una oropel vistosa, que solo hacía parecer más miserable al resto. —Allí —dijo el conductor— hay un engañado demente, que se imagina heredero de un reino, mientras es el más miserable de los mendigos.
Ahora vi que Fiel (pues ese era el nombre del asistente), acercándose, invitaba a Justicia Propia a pasar al lado opuesto de la estancia, donde había un gran espejo llamado el "Espejo de la Ley", en el cual le urgía, en vano, que se mirara. —Este —continuó, dirigiéndose a Peregrino— es el gran medio para revelar a tales pacientes su verdadera condición. Mientras continúen "midiéndose a sí mismos por sí mismos" y comparándose entre sí, hay poca esperanza de recuperación. Pero por este Espejo de la Ley obtienen "el conocimiento del pecado" y se convencen de que, a menos que tengan una vestidura de justicia distinta de la suya, "de ningún modo entrarán en el reino de los cielos".
Pasando de allí, Peregrino y su conductor se detuvieron junto a un lecho contiguo, donde había un paciente cuyo nombre era Indiferencia. Su semblante ofrecía un aspecto aún más cadavérico que los que ya habían presenciado. Su pálida mejilla y su lánguido ojo revelaban que la muerte estaba cerca.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: CHAPTER 7 — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.