La soledad endulzada

Por qué el cristiano debe cultivar la humildad

El orgullo nace de la ceguera; el cristiano tiene mil razones reales para humillarse, pues la gracia piensa bajo de todo, excepto de Cristo.

Pues solo en sueños nocturnos cruzo ríos infranqueables, esculo precipicios tremendos o vuelo al aire libre; así solo en el sueño espiritual me elevo sobre el ala imaginaria, esculo la altura de la propia complacencia y me detengo en el borde del orgullo. Si verdaderamente estuviera despierto, en lugar de hincharme, temblaría ante mi situación.

En verdad, no hay nada, ni en la fortuna, ni en las personas, ni en las mentes de los hombres, que debiera enorgullecerlos. Nunca deberíamos enorgullecernos de las riquezas; pues, además de su naturaleza inquieta, nunca poseeremos una suma tan vasta que no podamos morir como mendigos. Nunca deberíamos enorgullecernos del honor, pues nuestra gloria puede volverse deshonor, y nuestro buen nombre en oprobio. Nunca deberíamos enorgullecernos de nuestros hijos, pues la muerte, como un león, aguarda solo el permiso de Dios para devorarlos a todos. Nunca deberíamos enorgullecernos de la fuerza, la salud o la belleza, pues la enfermedad yace latente en cada parte del cuerpo, pronta a brotar en el cándido de la corrupción. Nunca deberíamos enorgullecernos de ninguna facultad del entendimiento, viendo que nuestra más brillante sabiduría es ante Dios locura, sí, aun ante los ángeles; y la enfermedad puede privarnos del intelecto que presumimos y volvernos objetos de lástima para todos.

Veo, pues, que el orgullo nace de la ceguera y de la falta de reflexión. ¡Pero cuán sorprendente es que uno que tiene abiertos los ojos a las cosas de Dios incurra en el orgullo! Y como las cosas espirituales son más nobles y excelentes que las carnales, así el 'orgullo espiritual' es más abominable que el orgullo mundano. Pues el cristiano, de entre todos los hombres, debería ser el más humilde. ¿De dónde, pues, estos levantamientos de corazón? ¿De dónde esta propia complacencia y esta alta opinión de mí mismo? ¿Es Dios bueno conmigo—y he de tornar la gracia de Dios en orgullo y vanidad? Ciertamente, si alguna vez tengo motivo de temer por la sinceridad de mis gracias, es cuando me enorgullezco de ellas.

La gracia es una cosa humilde. Piensa con bajeza de todo, excepto de Cristo. Mantiene un ojo siempre abierto a sus propias faltas; y aunque creyente y osada, siendo consciente de su imperfección, lleva un rubor ante el trono.

Las razones de mi orgullo son meramente imaginarias—pero tengo mil causas reales para la más profunda humildad. Tengo muchos pensamientos carnales—even en mi devoción más solemne. Soy culpable de ambiciosas concupiscencias, de incrédulas cercenaciones del poder de Dios, del mal aprovechamiento de los juicios y de las misericordias de Dios, de un apego excesivo a las cosas del tiempo, de insensibilidad por las cosas de la eternidad, de ignorancia de Dios y de las cosas espirituales, celestiales y divinas. Sí, además de todo esto, la iniquidad diaria de mi corazón y de mi vida—debería mantenerme siempre humilde.

Pero, alma mía, tu misma situación (pues aún estás en tierra encantada) puede mantenerte humilde. Aunque fueras tan sin mancha como un serafín, ese diluvio de iniquidad que se hincha a tu alrededor podría mantenerte humilde; y aunque estuvieras en medio de un paraíso de inocencia, hay tal mundo de maldad dentro de ti, que podría desterrar para siempre toda chispa de orgullo. Y cuando estas consideraciones falten y el orgullo comience de nuevo a asomar, el mismo asomo podrá sumirte en el más profundo abismo de humildad y aborrecimiento propio, del cual nunca deberías levantarte hasta ser alzado a la perfección de los hijos de Dios.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Causes of Humility

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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