La soledad endulzada

Por qué esta vida breve no merece tanta ansiedad

Somos peregrinos que parten mañana; mejor es cultivar la fe que arrancar las ansiedades, y gastar el cuidado no en los momentos fugaces sino en preparar la eternidad con Dios.

Mi mente es como un terreno que, invadido por la maleza, ninguna diligencia puede dejar del todo limpio; y ningún cuidado puede impedir que las hierbas vuelvan a aparecer, aun después de haber sido arrancadas. Ciertamente así me va a mí con mis ansiedades pecaminosas. Siempre brotan de nuevo y me turban, y nada las destruirá de modo total y entero hasta que la tierra sea removida por el arado de la muerte y dejada en barbecho hasta la resurrección. Con todo, para que yo no sea del todo estéril e infructuoso en la obra del Señor, ¡que la mano activa de la fe arranque sin cesar las bajas hierbas de la nociva incredulidad!

De nuevo, ¿por qué me preocupo tanto por un mundo que tan pronto he de dejar? No soy más que un extraño, un advenedizo y un peregrino; hoy aquí, pero mañana ido, para no volver más. Sí; esta misma noche, ¿qué me atrevo a presumir del mañana, sin saber lo que los silenciosos turnos de la noche puedan traer? Y si no estoy seguro ni de un día, mucho menos de muchos puedo presumir. ¡Es un solo vistazo y he perdido de vista este mundo eternamente! ¿Por qué, pues, poner mi corazón en aquello que en algún momento me engañará tan terriblemente? ¡Unos momentos, y mi estado eterno habrá comenzado, y estaré para siempre en el mundo eterno, borrado del registro de los hijos de Adán; sí, fuera del recuerdo de todos mis parientes más cercanos!

¿Debo, pues, importarme mucho qué clase de hospedaje encuentro en el camino, si puedo tener un feliz fin de jornada? El viajero ha de pensar más en su hogar que en cómo le va por el camino de regreso.

Ciertamente, uno estaría dispuesto a pensar que los hombres llevaran sus riquezas a la eternidad consigo, sí, y que fueran más bienvenidos por ello; ¿por qué, si no, esos incansables esfuerzos para obtenerlas? ¡Oh necedad! ¡Oh temor! ¡Oh falta de fe! Necedad, ¡que me ocupe de los momentos y descuide la eternidad! Temor, ¡que me aflija por un día que apenas ha amanecido cuando ya se acaba, y no more con gozo en los siglos venideros! Falta de fe, ¡que dude de la promesa, sí, del añadido a la promesa! Pues la salvación del pecado y la vida eterna son la promesa, y todas las cosas que respectan a esta vida son solo añadidos a ella; como si aquel que es fiel en la salvación del pecado pudiera faltar en cosas de poca monta.

Ahora bien, aunque toda mi vida fuera una continua escena de aflicción, la misma brevedad de ella podría endulzarla. Aunque mi vida sea un vapor, una sombra, un viento que pasa, ciertamente las calamidades que la acompañan no pueden durar más que aquel tiempo al cual asisten. Nada puede pasar de este mundo al otro sino mi alma inmortal. Sí, el doloroso recuerdo de mis angustias y presentes aflicciones cesará cuando yo sea absorbido por el gozo sempiterno. Veo, pues, que mi preocupación gira sobre un eje equivocado, y mi cuidado se consuma en una bagatela. Toda mi preocupación debería ser no proveer para los pocos momentos de una vida transitoria, sino mejorar para las edades gloriosas de la eternidad sin fin. Y aquel cuidado que en mi desaliento gasto en las vanidades del tiempo y en cómo obtenerlas, debería emplearlo en piedad, en los tesoros de la gloria eterna, en cómo prepararme para la posesión divina. Bien puedo confiar a él el sustento de mis necesidades por el camino, quien me ha adoptado por su hijo y me ha hecho heredero de su reino, ¡al cual voy viajando a casa!

Mi tiempo se ha hecho más corto desde que comencé a escribir, ¡y pronto habrá desaparecido del todo! ¡Cuán necio es, pues, preocuparme y consumirme por el tiempo por venir, que quizá nunca vea! ¡Pero estoy cierto de la eternidad! Por tanto, en agradecida admiración de aquellas glorias que allí poseeré, debería convertir mis lamentaciones indisciplinadas sobre los presentes aspectos sombríos del tiempo, y guardar silencio en el ejercicio calmante de la fe; recordando que nunca tuvo un mal día quien tuvo una buena noche; ni una vida miserable quien murió la muerte del justo; ni su tiempo lleno de agonía y pesar, ¡que terminó en una eternidad de gloria!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Our short life should not give much concern

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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