Me quejo sin causa, viendo que me es bueno haber sido afligido. Sea lo que fuere alimento para el alma, ciertamente la aflicción es una buena medicina. Hay una necesidad de la aflicción para conservar la salud del alma. ¿Puede una flor muy estimada pensar que es tratada con dureza, porque las malas hierbas que se enroscaban en sus raíces son arrancadas con fuerza, tanta fuerza que la flor parece ser arrastrada? Así me disgustan las aflicciones severas, enviadas para arrancar algunas pasiones desenfrenadas o afectos terrenales arraigados, cuando aflicciones menos severas resultarían inútiles para un fin tan noble. La corrupción jamás es del todo removida, solo sometida en parte. Cuanto más soy afligido, más es sometida.
Ni la gracia es perfecta aquí; pero cuanto más se ejercita la gracia, más perfecta crece. La parte mejorada nunca sufre en la aflicción; pues aun cuando es tan pesada y aplastante que bajo ella el hombre exterior se desgasta y consume, sin embargo el hombre interior se renueva de día en día. Por las aflicciones, mis pecados son mortificados, mis pasiones sometidas, mis deseos necios y frívolos reprendidos, mis aflicciones purgadas, mi afán ansioso de las cosas creadas aflojado, y soy instruido en la vanidad de todas las cosas terrenales. Además, ¿me atrevo a disgustarme porque, por medio de aflicciones varias, repetidas y poco comunes, y aun por instrumentos pecadores, mi fe es probada, mi paciencia y resignación comprobadas, mi amor y estima de las cosas celestiales elevados, y todas mis gracias mejoradas, vigorizadas, pulidas, para gloria de Dios y provecho de mi propia alma?
Cada nueva prueba es como un nuevo combate para el héroe valiente. Si sale vencedor, es otro trofeo añadido a todas sus victorias anteriores, y una nueva muestra de su destreza militar ante los ojos de enemigos y amigos. Jamás hubo un viajero hacia el trono de Dios que no siguiera su camino por la senda espinosa de la aflicción; y, con todo, no hay hoy ni una sola persona en toda la magnífica asamblea del cielo que tenga la menor queja de las dificultades o aflicciones que le sobrevinieron en el camino. ¿Por qué, pues, he de quejarme tanto de los pasos profundos y los caminos escabrosos, los días tempestuosos y las noches oscuras que me angustian en mi peregrinación, viendo que, cuando contemple las cosas a la luz de la gloria, aprobaré todo? La tempestad de granizo, los truenos y la lobreguez de medianoche solo multiplicarán las estrofas de mi cántico eterno.
Mientras aquí abajo, el embriagante jugo del placer carnal engendra enfermedades; de modo que la amarga medicina de la aflicción es absolutamente necesaria para disipar aquellas infecciones que amenazan daño al alma. Puesto que no es mi dicha estar libre del pecado aquí abajo, es mi dicha no estar sin aflicciones, que son un noble antídoto contra el pecado. Tengo razón para lamentar, amargamente lamentar, la corrupción de mi naturaleza; pero no la corrección de mi corrupción. Si yo fuera castigado como merezco, en vez de ser lavado con el jabón de la aflicción, sería barrido con la escoba de la destrucción. ¿Qué criminal condenado se enfurecería por la pérdida de un dedo, mereciendo haber perdido la cabeza? Así, ¿por qué he de quejarme de un mal pequeño, quien merece uno mucho peor?
En verdad, en todo tiempo y en todo caso, no debería mirar la mano de Dios, sino su corazón; no mirar apenas la providencia con temor, sino la promesa con fe; donde, sea la providencia adversa o próspera, para mi consuelo se me dice que todas las cosas obran juntas para bien de los llamados y escogidos de Dios. Si mi pecho fluctuante se serena en medio de todas mis penas por una firme creencia en la promesa, en ese feliz momento hallo la promesa cumplida en mí, y afirmo, con el real sufriente: «Bueno me ha sido haber sido afligido.»
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The necessity of afflictions
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.