Este es un pasaje difícil, y ha sido explicado de diversas maneras, de modo que casi no podemos menos que desear que nuestro Salvador mismo hubiera dado una explicación de estas parábolas. Con todo, seguramente no las habría dejado sin explicar si no fuera posible, mediante una consideración atenta, desenredar su sentido.
Fueron los discípulos de aquel santo encarcelado, Juan el Bautista, quienes preguntaron por qué los discípulos de Jesús nunca ayunaban. Los fariseos ayunaban a menudo. Como uno de ellos se jactaba en su oración: "Ayuno dos veces a la semana." Estos ayunos eran parte de aquella justicia con la que despertaban la admiración del pueblo y con la que esperaban comprar el cielo. Juan el Bautista no había enseñado a sus discípulos a ayunar con tales miras. Ayunaban por dolor de sus pecados, y con los mismos santos sentimientos ayunaba el propio Juan. Jesús, sin embargo, no ayunaba abiertamente; cuánto pudo haber ayunado en secreto no lo sabemos, pero se le vio comer y beber de manera habitual, y por eso fue llamado comilón y bebedor de vino. Sabemos que esta acusación era falsa, y que el santo Jesús dio ejemplo de templanza, como de toda otra virtud. Una vez, muy fatigado, rehusó comer, diciendo: "Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, y acabar su obra." Y en otras ocasiones "no tenía tiempo ni para comer".
El Señor relató varias parábolas pequeñas para explicar sus razones para no enseñar a sus discípulos a ayunar. En la primera se comparó a sí mismo con un novio. Era un título que el propio Juan le había dado, diciendo: "El que tiene la esposa es el novio." La iglesia era la esposa; Cristo, el novio. Los discípulos, los ministros, fueron comparados por Jesús a los hijos de las bodas, o a los amigos del novio, que no pueden estar tristes en la boda. Los discípulos estaban demasiado llenos de gozo para ayunar mientras seguían a su Maestro de un lugar a otro, presenciando sus milagros y escuchando sus discursos. Pero vendrían días en que ya no disfrutarían de la presencia del novio, y en que serían llamados a soportar graves pruebas, a padecer hambre y sed, y a estar en ayunos con frecuencia.
Jesús preparó a sus discípulos, poco antes de dejarlos, para las aflicciones que los aguardaban. Dijo: "Viene el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que rinde servicio a Dios." Y añadió: "Estas cosas no os las dije al principio, porque yo estaba con vosotros." De la misma manera, Él protege a menudo ahora a un nuevo convertido de las pruebas pesadas. Es muy común hallar que la entrada en una vida de piedad está llena solo de deleite; el nuevo convertido se inclina a veces a pensar que ya no llorará más, sino que pasará sus días en un curso ininterrumpido de utilidad y gozo. Pero la prueba llega al fin.
La tarea hogareña de remendar vestidos fue el tema de una de las parábolas del Señor. Quien haya remendado alguna vez prendas de lana sabe que sería imprudente hacerlo con tela nueva y tiesa. Otra parábola se tomó de la costumbre oriental de poner el vino en odres de cuero. Estos odres, cuando envejecían, no servían para el vino nuevo, porque entonces eran demasiado débiles para resistir su fermentación. Estas dos parábolas parecen tener un sentido semejante. ¿No aludían a la presente debilidad de los discípulos? Eran nuevos convertidos, y aún no podían sufrir grandes pruebas. Pues aunque los vestidos y los odres son fuertes al principio y débiles después, con los creyentes ocurre precisamente lo contrario: son débiles al principio y fuertes después. Pedro era al principio tan débil, que unas pocas palabras de burla lo indujeron a negar a su Maestro; pero fue después tan fuerte, que pudo soportar la crucifixión por amor a Él.
El Señor concluyó su discurso con otra parábola: "Y ninguno que bebe el vino viejo desea luego el nuevo, porque dice: El viejo es mejor." El evangelio es como el mejor vino. Jesús dio este vino a la pecadora arrepentida, cuando le dijo: "Tus pecados te son perdonados." Lo dio a sus amados discípulos cuando dijo: "En la casa de mi Padre muchas moradas hay; voy, pues, a preparar lugar para vosotros." Lo dio al ladrón moribundo, cuando le dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso." ¿Nos lo ha dado a nosotros? Nos lo ha ofrecido. Estas son sus palabras: "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra." Si hemos obedecido este llamamiento y hemos creído en Jesús con el corazón, entonces hemos probado el mejor vino; entonces gozamos de verdadera felicidad y gozaremos de ella para siempre, porque "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no imputa pecado." ¿A quién pertenece esta bienaventuranza? No a los que se esfuerzan por sus buenas obras en granjearse el favor de Dios, sino a los que "creen en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestras ofensas, y resucitado para nuestra justificación."
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ explains by parables why his disciples did not fast
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.