Vivir victoriosamente

Qué hacer con la propia vida

Una reflexión sobre cómo descubrir el propósito de la vida y la vocación, dejándose guiar por Dios en lugar de vivir a la deriva.

Para muchos, esta pregunta ya ha sido resuelta. Hay quienes desde su juventud temprana no han tenido más que un solo sueño para su vida. Casi desde la infancia han sentido una pasión por una línea de deber particular, tan definida, tan sincera, tan irresistible, que nunca piensan en otra cosa. Para uno es el comercio, para otro la carpintería, para otro la profesión médica, para otro el ministerio cristiano, para otro la granja o el mar, para otro las artes mecánicas.

En tales casos, la pregunta de qué ocupación seguir nunca causa ninguna preocupación ansiosa. Desde el principio la meta está a la vista y la mirada nunca se aparta de ella.

Pero el número de jóvenes para quienes el camino se allana de manera tan clara no es grande. Son muchos aquellos a quienes ninguna estrella guía de modo tan inequívoco. No tienen una preferencia evidente por ningún trabajo en particular. Muchos estudiantes, al acercarse a la graduación, hallan la pregunta de qué harán cuando dejen la universidad casi tan seria como el asunto de sus exámenes finales. Un número considerable de graduados salen adornados con un título y, sin embargo, ¡sin saber a dónde van!

Luego, en cuanto a la decisión final sobre la profesión o vocación, sucede a menudo que esta no se toma realmente como resultado de una reflexión inteligente sobre el tema, sino que es simplemente lo que parece abrirse. Muchos jóvenes parecen derivar hacia el lugar en el que habrán de pasar sus años. Cuando se espera que asuman la carga y la responsabilidad de su propia vida, buscan a tientas, sin rumbo, algo que hacer. Recorren el ciclo de las oportunidades posibles, buscando empleo, llamando a puerta tras puerta, hasta que encuentran una entrada. Si se les pregunta qué han decidido hacer, responderán: «Haré lo que pueda conseguir que hacer». No hay en su mente ningún gran deseo ni propósito dominante. Salen en su búsqueda, igualmente dispuestos a aceptar un puesto como dependiente o vendedor en una tienda, como conductor de un tranvía, como corrector de pruebas en una oficina editorial, como maestro en una escuela, como aprendiz en un establecimiento eléctrico, o como estudiante de medicina, derecho o negocios.

Apenas parece esta la actitud adecuada para alguien que acaba de completar un curso en una universidad u otra institución de alto nivel. Sería razonable esperar que, tras tal formación preliminar, un joven ya hubiera formado algún propósito en la vida, se hubiera decidido por algo que necesita hacer y para lo cual está capacitado. No estamos hechos para derivar en la corriente de la vida, para ser llevados a dondequiera que la marea nos arroje por casualidad o el viento nos conduzca. Estamos hechos para pensar, planear, proponernos y decidir.

Si tenemos siquiera una conciencia vaga de la grandeza de nuestro ser y de nuestra responsabilidad en el mundo, debemos hacer que nuestra vida tenga propósito.

No puede ser que alguien nazca en este mundo solo para ser arrastrado como una hoja ante el viento. El cristianismo enseña que en el universo de Dios «nada camina con pies sin rumbo»; que Dios hizo a cada uno de nosotros para algo definido; que hay un lugar que cada persona está diseñada para ocupar, una obra que fue creada para realizar. Si esto es cierto, nadie necesita estar perplejo respecto a la razón de su existencia en la tierra. Si Dios tiene un plan para tu vida, algo que espera que hagas y por lo cual te hará responsable, jamás sería tan irrazonable como para ocultarlo de tu vista de modo que no puedas descubrirlo.

Pero ¿CÓMO podemos descubrir el plan de Dios para nuestra vida? Debemos ponernos en la relación más cordial con Dios. Debemos buscar hacer su voluntad y dejarnos guiar por él en todo. Al mismo tiempo, debemos reconocer nuestra responsabilidad por las habilidades y capacidades que hemos recibido de él, y sacar de ellas el mayor provecho.

Debemos tener un propósito sincero en la vida. No hemos sido colocados en este mundo únicamente para ser cuidados, ni siquiera por un Padre Celestial; estamos aquí para servir a Dios sirviendo a nuestros semejantes.

La ambición que comienza y termina en uno mismo es indigna; nuestra ambición debe ser vivir el pensamiento de Dios para nosotros y llegar a ser la mayor bendición posible para el mundo. Si tenemos estos grandes propósitos en el corazón y seguimos a Cristo de cerca y con fidelidad, nunca nos faltará la guía divina. «Si alguno quiere hacer su voluntad, conocerá de la enseñanza».

Es posible que el camino no se nos muestre en largos tramos, pero se hará claro paso a paso. La revelación no será por medio de señales sobrenaturales, sino a través de la conciencia, por las palabras de Dios, por el consejo de amigos y padres sabios, y por la providencia diaria.

Quienes ahora se preguntan con ansiedad qué hacer con su vida, ante todo deberían poner su mano en la de Cristo. Enseguida deberían hacer un inventario honesto de sus dones y capacidades, para aprender aquello para lo que Dios los ha capacitado. Luego deberían consagrar su vida a Cristo, al amor y al servicio de su pueblo. Ningún pensamiento más bajo del deber puede ser digno ni contar jamás con la bendición divina. «Buscad primeramente el reino de Dios» es la palabra de Cristo para todos. Con tales pensamientos de la vida y tal consagración, no puede haber fracaso; uno seguramente encontrará su lugar.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: What to do with One's Life

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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