Comunión con Dios es una expresión frecuente en mi boca, pero que no penetra más allá. Puedo conocer la palabra, mas ni su bendito significado ni su gloriosa extensión. Mis oraciones y mi práctica chocan; pues mientras la pido con los labios, no me esfuerzo por alcanzarla en mi vida. ¡Ah! ¡Qué extraño soy a aquello de lo que con gusto me habría lisonjeado de estar familiarizado! Ay, ¿qué sé yo de andar con Dios, de aquel gozo que se halla en creer? ¿Qué sé de las impresiones duraderas y permanentes de su inefable amor? ¿Qué sé de aquella visión transformadora y contemplación asimiladora que se goza aquí abajo, por la cual el alma es mudada a la imagen de Dios, de gloria en gloria? ¿Qué sé de morar en su presencia todo el día? ¿Qué de derramar mi alma en oración ante él, y de luchar con él por la bendición? ¡Cuán rara vez mi meditación en él es dulce!
La unión con Dios es el fundamento de la comunión con él; pues ¿cómo pueden aquellos andar o hablar juntos que no están de acuerdo? Oh, pues, sé unido al Señor, y vuélvete un solo espíritu. Mas, alma mía, no te engañes acerca de la comunión, pues no consiste en una profesión encendida, ni en el cumplimiento de deberes cristianos, como leer, oír, orar, alabar, aunque se goce en ellos; ni en las mayores capacidades y talentos más brillantes; ni en elevadas expresiones en la oración; ni en el conocimiento de las cosas divinas.
¿Qué es, pues? Es simplemente un morar en y con Dios, y Dios morando en y con el alma. Es el amor de Dios saliendo hacia el alma, y el alma, enamorada, saliendo hacia Dios. Dios mora en el deber con suministros de gracia, en la meditación como su objeto, y en el corazón como porción y bien supremo. Y el alma mora en Dios como su fin último, se expande en su plenitud, se deleita en su bienaventuranza. El alma bendecida con tal comunión, favorecida con tal comunión, no conoce otro objeto para su amor; ningún otro asunto para sus pensamientos; ningún otro empleo para sus facultades; ningún grado más alto de felicidad que alcanzar, que la comunión consumada; ningún otro amado para su afecto; y ningún otro fin para su existencia. Ni es esto todo. En la comunión con Dios, el alma participa de su plenitud, comunica de su gloria, bebe de sus deleites, se sacia con su amor, participa de sus perfecciones comunicables, entra en su gozo y tiene parte en la naturaleza divina. ¡Oh vida de los ángeles! ¡Oh paraíso de amor! ¡Oh empleo arrebatador! ¡Oh éxtasis de bienaventuranza! El alma está siempre con Dios: ya en oración, ya en alabanza; ya en meditación, ya en adoración. No tiene una queja que no cuente a Dios; ni un dolor que no le manifieste; ni un pecado que no llore ante él; ni una petición, ni un deseo, que no le revele. ¡Oh aquella santa intimidad que se contrae entre el alma y Dios! Aquella libertad de conversación, aquella lucha con Dios en la oración, disputando por la bendición. ¡Déjame ir! No te dejaré hasta que me bendigas. Esta es la vida del cielo en la tierra, Dios descendido al hombre, o el hombre arrebatado a Dios.
Ahora, alma mía, ¿qué piensas de todo esto? ¡Ah! La mente carnal es enemistad contra Dios, y contra la comunión con Dios. Entonces debo, o ser crucificado al mundo, o ser maldecido con el mundo. La comunión con Dios no es una devoción del domingo, un rapto en tiempo de alabanza u oración, y volver con avidez al mundo. La comunión es otra cosa de lo que hasta ahora la he tenido. Es constante y continua. Debo esforzarme por mantener mi alma siempre en un marco celestial, aun en los asuntos terrenales; así los ángeles, aun en mensajerías a nuestro mundo, llevan consigo el cielo. Aunque debo atender los asuntos necesarios de esta vida, sin embargo debo llevar a Dios al campo conmigo, y al aposento, a la calle, y a mi mesa. Debo trabajar, andar, dormirme y despertar en su presencia; y hablar con él en mi lecho, cuando todos a mi alrededor guardan silencio; y cuando sea arrastrado por vanos divagamientos, mi alma debe todavía volver a Dios, como a su centro, como a su lugar de reposo.
¡Oh el placer que hay en esta vida de comunión con Dios! Es un joven cielo, con el cual, en el más alto grado de perfección, son bendecidos todos los santos en gloria. Entonces, Señor, comienza esta vida de comunión en mi alma, a la cual soy demasiado extraño. Destruye todo lo que la destruiría. Y como desearía vivir contigo en lo por venir, así déjame esforzarme por vivir contigo aquí, y así prepararme para la eternidad y disponerme para el mundo venidero.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Communion with God, what it is
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.