Estas instrucciones han suscitado gran sorpresa. Al hombre orgulloso le parece imposible que Dios espere de él que soporte las injurias sin queja ni deseo de venganza. Preguntémonos cómo deben entenderse. Las palabras «ojo por ojo, diente por diente» son palabras de Dios, y Jesús no contradijo las palabras de su Padre, que eran también suyas, sino que las explicó. Los fariseos las habían malentendido y las habían expuesto falsamente al pueblo. Aquellas palabras, «ojo por ojo», eran una directriz dada a las autoridades civiles (véase Éxodo 21): debía ser su regla de castigo. Si un hombre sacaba un ojo a otro, la autoridad no podía quitarle la vida por eso, pero podía asignar un castigo igual al daño infligido. Mas este mandato nunca tuvo por fin fomentar la venganza. El juez administra justicia por el bien público, y los hombres pueden llevar a otros ante la justicia por la misma razón; pero no pueden ejercer venganza privada por sentimientos de odio e ira.
Los fariseos habían explicado muy mal esta ley y habían engañado al pueblo. Jesús les enseñó que, lejos de ser lícita la venganza, debemos sufrir las injurias personales sin queja ni resistencia. No nos prohibió reprender a nuestros enemigos cuando tuviéramos oportunidad, pues es recto hacer cuanto podamos para disuadir a otros del pecado. Él mismo reprochó al hombre que osó herirlo en el rostro cuando estaba ante el sumo sacerdote, diciendo: «Si he hablado mal, testifica del mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas?» (Juan 18:23).
Cuando nuestros hermanos cristianos nos ofenden, estamos obligados a reprenderlos, aunque con mansedumbre, pues está escrito: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no cargues con pecado por causa de él» (Levítico 19:17). ¿No hemos, pues, de poner la mejilla izquierda al que nos hirió la derecha? El mandato ha de obedecerse en el espíritu más que en la letra. ¿Y cuál es el espíritu del mandato? Es una disposición a renunciar a nuestros derechos. Deberes tenemos hacia otros, y otros hacia nosotros. Por naturaleza tendemos a pensar poco en los deberes que tenemos hacia los demás y mucho en los que ellos tienen para con nosotros; es decir, pensamos poco en nuestros deberes y mucho en nuestros derechos. Nos inclinamos a vigilar la conducta ajena y a airarnos cuando no proceden como creemos que deberían. Este es un rumbo funesto: no solo nos hace desdichados en este mundo, al hacernos sentir insatisfechos y vengativos, sino que pone en peligro nuestra dicha en el venidero, apartando nuestros pensamientos de Cristo, nuestra expiación y nuestro ejemplo.
Es inútil pensar en los deberes ajenos para con nosotros; quizá no debieran esperar tanto de nosotros, ni tratarnos con tal desprecio o dureza; pero meditar en estos asuntos no mejora su conducta, sino que nos roba la paz. En cambio, es provechoso pensar en los deberes que tenemos hacia los demás, porque deberemos rendir cuentas de toda nuestra conducta en el día final. Entonces haber sido maltratados no significará nada, pero haber maltratado a otros será espantoso. Si nos ocupamos en este tema provechoso, muchas veces ni siquiera notaremos cuando nuestros semejantes procedan mal con nosotros, y así nos ahorraremos muchas ocasiones de inquietud y de pecado. Pero si notamos alguna ingratitud o desamor, hay un gran uso que podemos dar a la prueba: examinar si no hay alguien a quien hayamos procedido de modo semejante. Casi con seguridad recordaremos haber hecho algo parecido a la ofensa que recibimos a alguno de nuestros semejantes; en todo caso, hallaremos que hay Uno a quien hemos tratado con muchísima mayor ingratitud que la que nadie nos haya mostrado. Todo cuanto nuestros semejantes puedan hacernos es apenas leve sombra del modo en que hemos insultado a Dios. ¿Qué no tiene derecho a esperar de nosotros! Si un hombre hubiera gastado toda su hacienda en rescatar a un pobre prisionero, ¿no esperaría algún agradecimiento por su generosidad? Pues Dios entregó a su único Hijo por nosotros. ¡Oh sacrificio que supera todo entendimiento humano! ¿Y cómo nos hemos conducido con él? ¡Con cuánta frialdad! ¡Con cuánta infidelidad! ¡Qué obediencia tan renuente le hemos rendido! Y con mayor frecuencia aún, ¡qué abierta desobediencia!
Esta consideración debería hacernos muy mansos al recibir injurias. Si cala de veras en nuestros corazones, nos volveremos menos prontos a quejarnos de otros y más fervorosos en procurar portarnos bien con ellos.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ forbids revenge
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.