Hay tres expresiones que emplean los escritores inspirados respecto al andar del cristiano en relación con Dios.
A veces leemos del andar en pos de Dios, como en las profecías de Oseas. «Andarán», se dice, «en pos de Jehová». Esto supone que Dios es el guía de su pueblo, y ellos le siguen, así como las ovejas siguen a su pastor. También implica que Él es su modelo, y que es deber de ellos ser imitadores suyos, conforme al mandato del apóstol: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, como también Cristo nos amó».
Asimismo, leemos del andar delante de Dios. Él está detrás de nosotros para observar todos nuestros movimientos y velar por todos nuestros caminos. El mandato dado a Abraham fue: «Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto». Y el salmista, tras reconocer las obligaciones que tenía para con su gran Bienhechor por haber librado su alma de la muerte, sus ojos del llanto y sus pies de caer, tomó esta resolución: «Andaré delante de Jehová en la tierra de los vivientes».
Pero también leemos del andar con Dios; pues se dice de uno de los más eminentes santos antediluvianos: «Y caminó Enoc con Dios, y desapareció, porque le tomó Dios». Y Miqueas dice: «Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios para andar con Él».
Es evidente que andar juntos supone un estado de amistad. Donde existe enemistad entre personas, hay una barrera invencible para todo lo que se parezca a una verdadera comunión. Si personas bajo el influjo de sentimientos hostiles se ven obligadas a encontrarse, será con reluctancia; la hora que las pone en contacto será temida cuando se aproxima, y odiada cuando llega, y el instante que pone fin a su encuentro será aclamado como mensajero de gozo. En tal caso no puede haber, por necesidad, esa comunión cálida y acogedora que acompaña al encuentro de quienes están unidos por el afecto y la estima; habrá una ausencia total de la cordialidad y confianza que un hábito de trato libre y amistoso implica.
Ahora bien, este estado de sentimientos entre hombre y hombre es un verdadero paralelo del que existe entre el hombre y Dios. Todos los hombres en su condición no regenerada son enemigos suyos. Hay en el corazón humano una repugnancia natural hacia Dios, una repugnancia que justifica hasta en sus últimos términos el fuerte lenguaje del apóstol: «Porque la mente carnal es enemistad contra Dios; no está sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede estarlo». Y tener comunión con Dios mientras tal enemistad perdure es del todo imposible. Esta no debe ser meramente disminuida, sino abolida y destruida. No parcialmente sometida, sino arrancada de raíz y muerta, antes de que pueda realizarse la comunión espiritual.
Es una verdad bendita que nosotros, por triste que sea nuestro estado por naturaleza, podemos ser llevados a disfrutar de la amistad y el favor divinos. El adorable Redentor ha sido propuesto como propiciación, y mediante la fe en su sangre, Dios y el hombre pueden volver a ser amigos. No hay otra vía de reconciliación, ni la ha habido desde el momento en que se tomó el fruto del árbol prohibido, el cual trajo la muerte y males innumerables a nuestro mundo. Es por el ejercicio de una fe sencilla en el único Salvador y en el único sacrificio que Él ofreció, que nuestras personas culpables pueden ser aceptadas y nuestros perversos corazones renovados. Justificados por sus méritos expiatorios y lavados en su preciosa sangre, tendremos paz con Dios y podremos mirarle a Él como a nuestro Padre y Amigo.
Oh alma mía, ¿ha sido muerta tu enemistad? ¿Puedes ser contada entre aquellos a quienes el apóstol dijo: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente en las malas obras, ahora os ha reconciliado»? Oh Señor, hazme sentir que la contienda ha sido zanjada; que la antigua disputa ha quedado resuelta para siempre; y que en adelante pueda yo andar a la luz de tu rostro, y gozarme en tu nombre todos mis días.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Harmony Restored
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.