«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla.» Efesios 5:25-26
En un matrimonio cristiano debe haber el ejercicio de una mutua solicitud, vigilancia y cuidado constantes, en referencia al bienestar espiritual y eterno. Uno de los fines que todo verdadero creyente debería proponerse al entrar en el estado matrimonial es asegurar, al menos, un amigo fiel que sea su ayudadora en referencia al mundo eterno, que le asista en el gran negocio de la salvación de su alma, que ore por él y con él; uno que le señale con afecto sus pecados y sus defectos; uno que le estimule y atraiga por el poder de un santo ejemplo y la dulce fuerza de palabras persuasivas; uno que le amoneste en la tentación, le consuele en el abatimiento y le ayude en todo sentido en su peregrinación al cielo. El fin más alto del estado matrimonial se pierde si no se le hace servir de ayuda a nuestra piedad.
¿Conversamos entre nosotros como debiéramos sobre los altos temas de la redención por Cristo y de la salvación eterna? ¿Estudiamos los caracteres, las trampas, las aflicciones, las declinaciones de piedad del otro, para aplicar los remedios convenientes? ¿Nos exhortamos diariamente, no sea que nos endurezcamos por el engaño del pecado? ¿Practicamos la fidelidad sin censura y tributamos el elogio sin lisonja? ¿Nos animamos mutuamente a los medios de gracia más vivificantes y edificantes, y recomendamos la lectura de libros tan instructivos y provechosos como los que a nosotros mismos nos han sido beneficiosos? ¿Nos abrimos recíprocamente el estado de nuestra mente en materia de piedad personal, y exponemos nuestras perplejidades, nuestros gozos, nuestros temores, nuestras tristezas?
¡Ay, ay! ¿quién no tendrá que sonrojarse por sus descuidos en estos menesteres? Y sin embargo, tal descuido es tan criminal como común. ¡Huir de la ira venidera y no hacer todo lo posible por ayudar a la fuga del otro! ¡Combatir hombro con hombro por la corona de gloria, honor, inmortalidad y vida eterna, y no hacer todo lo posible por asegurar el éxito del otro!
¿Es esto amor?
¿Es esta la ternura del afecto conyugal?
El amor es paciente y bondadoso.
«El amor es paciente y bondadoso.» 1 Corintios 13:4
Para este amor hay necesidad y cabida en toda relación de la vida. Dondequiera que existan el pecado o la imperfección, hay lugar para la paciencia del amor. No hay perfección sobre la tierra. Los enamorados, es cierto, suelen figurarse haberla encontrado; pero el juicio más sereno de esposos y esposas por lo general corrige el error, y las primeras impresiones de esta clase suelen desvanecerse con el primer amor.
Deberíamos entrar todos en el estado matrimonial recordando que vamos a unirnos a una persona pecadora, y que no son dos «ángeles» los que se han encontrado, sino dos «personas pecadoras», de las cuales ha de esperarse mucha flaqueza y mucho egoísmo.
Debemos esperar alguna imperfección en nuestro cónyuge. Recordando que nosotros mismos tenemos no pequeña cuota de pecaminosidad, que demanda la indulgencia de la otra parte, deberíamos ejercitar la paciencia que pedimos de ella. Cuando ambos tienen flaquezas y están tan constantemente juntos, se presentarán innumerables ocasiones que, si no producen una extinción permanente del amor, conducen a su interrupción temporal. Muchas cosas deberíamos pasarlas por alto; otras, sobrellevarlas con ánimo imperturbable, y en todo evitar cuidadosamente aun lo que al principio pueda parecer una discusión inocente.
El amor no prohíbe, sino que en realidad demanda, que nos señalemos mutuamente las faltas de nuestros cónyuges; pero esto debe hacerse con toda la mansedumbre de la sabiduría unida a toda la ternura del amor, no sea que solo aumentemos el mal que intentamos quitar, o pongamos otro mayor en su lugar. La justicia, lo mismo que la sabiduría, exige que en cada caso contrapongamos las buenas cualidades a las malas, y en la mayoría de los casos hallaremos algunas excelencias redentoras que, si no nos reconcilian con las faltas que deploramos, al menos debieran enseñarnos a sobrellevarlas con paciencia. Y cuanto más contemplemos estos aspectos mejores del carácter, más brillantes aparecerán, pues es hecho indudable que, mientras las faltas disminuyen, las virtudes se acrecientan en proporción a como son contempladas con fijeza.
En cuanto a la amargura de palabra y la dureza de conducta, esto es tan absolutamente vergonzoso que apenas necesita mencionarse ni aun a modo de advertencia.
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: To make her holy
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.