¿Están los creyentes en el valle de lágrimas? ¿Es su morada Bochim y Baca? Pues bien, ¡la misericordia de Dios se extiende más allá de toda su miseria! Las promesas de gracia disipan la oscuridad mental y se llevan las cargas pesadas de tristeza. ¡El suave pañuelo del amor enjuga la lágrima que surca el rostro! Un escritor inspirado comienza la gloriosa sentencia con una pregunta sin respuesta. «Si Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32) Consuélate, pues, hijos de dolor; ¡consuélate, alma mía! ¡Hay más en este versículo del que puede comprenderse! ¡Y hay más amor en el corazón de Dios del que cualquier lengua o modo de expresión pueda transmitir a las criaturas finitas!
Si, por mi causa, ha dado a su Hijo, ¿qué negará en toda la creación? ¿Es su creación —el aliento de su boca— mejor para él que su Hijo eterno, coeterno? ¿Es la obra de sus manos más querida para él que su Hijo amado, el de su seno? ¿Y lo ha entregado a la muerte por ti —y luego te negará alguna necesidad? ¡No! El que alimenta el alma con maná celestial sostendrá el cuerpo con el pan diario. El que da de beber de los manantiales de salvación no dejará de proveer un vaso de agua fría. El que ha provisto un manto de justicia para cubrir la vergüenza de mi pecado, dará también lana en la estación fría. El que viste mi hombre interior con toda la armadura de Dios, pondrá una cubierta sobre mi cabeza en el día de la batalla y de la guerra. (En este tiempo el Autor tenía la perspectiva de entrar en la marina, siendo tiempo de guerra, como hizo algún tiempo después.) El que, en el consejo de paz, desde la eternidad, aseguró mi paz, brillará también sobre mi sendero y decretará lo que ha de acontecer. El que ha escrito mi nombre entre los vivos en Jerusalén, preservará también —esto mi fe lo ruega y lo espera— mi carácter, para que no avergüence lo que profeso en el mundo. El que destruyó la muerte espiritual, quitará también, por mí, el aguijón de la muerte natural y despojará al sepulcro de su victoria.
Una vez más, ¿cómo es posible que Dios haya dado a su Hijo, a sí mismo, su todo —y sin embargo me niegue algún bien? ¿No me fortalecerá con gracia aquí abajo, aquel que ha de coronarme con gloria allá arriba? ¿No me bendecirá con paz mental, aquel que ha de ser mi paz para siempre? ¡Triunfa, oh fe mía! Todas las cosas son de Cristo, ¡y Cristo es de Dios! ¡Y Dios, Cristo y todas las cosas son tuyos! El tiempo es suyo, ¡y en él tengo mis años contados! El aire es suyo, ¡y en él respiro! El mundo es suyo —y en él habito; su plenitud es suya —y yo soy alimentado! La gracia es suya —¡y en ella estoy! La fe es su don —¡y por ella venzo el mundo! Las tribulaciones vienen de él —¡y en ellas me glorío! La perfección es suya —¡y hacia ella me encamino! La muerte es suya —¡y por ella llego a mi hogar! El cielo es suyo —¡y allí está mi mansión! La eternidad es suya, ¡y allí está mi tesoro y mi gloria para siempre!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: If God gives Christ, what can he withhold?
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.