«Puedo hacer todas las cosas por medio de Cristo que me fortalece.» Salgo este día a un mundo de problemas, pruebas y conflictos. No tengo defensa propia contra el enemigo, pero me refugio en la seguridad elevadora de que puedo hacer todas las cosas, sufrir todas las cosas y vencer todas las cosas, por medio de Cristo que me fortalece.
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Padre celestial, Dios Todopoderoso y Eterno, Tú eres el Supremo Dispositor. No existe el accidente ni el azar en Tu gobierno providencial. Cada escena cambiante de esta vida variada y accidentada proviene de Ti solo. En todas las dificultades y perplejidades, capacítame para encomendar mi camino implícitamente a Tu mejor dirección, oyendo Tu voz tras de mí que dice: «Este es el camino, anda por él», regocijándome en Tus sabias disposiciones y Tus benévolos propósitos, y dispuesto a pisar, si fuera necesario, el camino más áspero, porque es Tu voluntad y sabiduría soberanas conducirme allí. Enséñame a seguir siempre devotamente los guías del Redentor divino, y a impregnarme de Su espíritu. Guárdame...
de la manifestación de genios no santos,
del orgullo que enaltece,
de la mundanalidad que endurece,
de toda desconsideración y falta de caridad.
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Padre celestial, Dios Todopoderoso y Eterno, guárdame del amor absorbente del mundo; de desear más los bienes terrenales que las riquezas celestiales. Guárdame de todo lo que pudiera nublar a los ojos de la fe las glorias del futuro. Capacítame para vivir habitualmente como desearía haber vivido cuando venga el Hijo del hombre. Que yo anticipe también con gozo aquel día en que...
todos los misterios sean revelados,
toda injusticia reparada,
todo sufrimiento quitado,
toda corrupción vencida,
¡y la muerte misma tragada por la victoria eterna!
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Te adoro de manera especial por la prueba más grande que has dado de Tu benignidad y bondad, en la persona y obra de Tu amado Hijo. ¡Aquí, en verdad, está el amor! Si a veces no puedo rastrear, en Tus misteriosos tratos providenciales, las huellas de la misericordia, si a veces me siento tentado, bajo dispensaciones desconcertantes, a decir: «Tus juicios son un gran abismo», «En verdad Tú eres un Dios que se esconde», sentados al pie de la cruz del Calvario podemos exclamar con gozo: «Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene.»
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El amor del hombre es mudable, el Tuyo es inmutable; el amor del hombre es finito, el Tuyo es infinito; el amor del hombre es resultado de la bondad, la respuesta del amor al amor; mas Tú demuestras Tu amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Gracias, eternas gracias a Dios por su Don inefable!
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Antes de entregarme a mis deberes diarios, imploro Tu guía y protección. No puedo prever las circunstancias en que pueda hallarme hoy, qué tentaciones me asediarán, qué problemas me oprimirán. Que el sentido de Tu presencia santifique mis labores, para que, comenzadas, continuadas y terminadas en Ti, todo redunde a Tu alabanza y gloria. Que use con corazón alegre y agradecido los muchos goces que me has dado en esta hermosa tierra; pero abole el dominio malo del yo y del egoísmo. Guárdame del amor engañoso y seductor del placer, sobre el cual no puede descansar Tu aprobación. Escribe la ley de la bondad en mi corazón. Que sea mi felicidad y mi gozo ministrar a otros. Que sienta que es mejor dar que recibir; mejor ser el último que el primero. Guárdame puro, presérvame de la falsedad de vida, de toda artimaña, de todo trato disimulado y dudoso, de todo camino torcido y codicioso. Que mi conversación sea sincera, mi conciencia clara como el mediodía. Sierviéndote con alegría aquí, que pueda ser cada vez más apto para la entera consagración, la perfecta espontaneidad del mundo celestial.
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Enséñame a reconocer siempre qué pensionista necesitado soy, de día en día y de hora en hora, de Tu gracia. ¡Sostenme! Guárdame, guíame, protégeme, aboga por mí. En la tentación, sosténme; en el peligro, defiéndeme; en el dolor, confórtame. Si envías prosperidad, capacítame para llevar la copa con mano firme. Si envías adversidad, capacítame para glorificarte en medio de los fuegos, adorando a un Dios que «quita» tanto como a un Dios que «da». Como miembro del sacerdocio cristiano, sea mi deseo ofrecer en Tu altar el sacrificio continuo de un espíritu humilde y de una vida santa, pura y consistente. Mantén encendida y ardiendo la lámpara de la fe y del amor. Que aspire cada vez más a la crucifixión del pecado y del yo. Si hablas a veces por medio de tratos cruzados y dispensaciones misteriosas, leyendo la impresionante lección de las herencias de la tierra, corruptas y contaminadas y pasajeras, que no abrigue sospechas culpables de Tu fidelidad, ni procure citar ante el tribunal los designios de Tu sabiduría paternal. Que soporte con paciencia cuanto veas oportuno disponer. Pon en mis labios la oración divinamente enseñada: «Hágase Tu voluntad.» Procurando que no se altere ni un tilde de las asignaciones del amor infinito, que pueda mirar hacia aquella mañana sin nubes, cuando en Tu luz veré la luz, y cuando toda sombra que ahora enturbia y oscurece, ¡huya para siempre!
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Líbrame del poder esclavizante y de la servidumbre del pecado en toda forma. Como templo del Espíritu Santo, que sea preservado de todo lo que pudiera profanar o profanar sus sagrados atrios. Presérvame de la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida; del poder de todos los apetitos carnales y afectos corrompidos. Guarda las fuentes del pensamiento y de la voluntad. Impídeme abrigar o alimentar deseos injustos. En todo lo que haga, que revista el amor, que es el vínculo de la perfección. Teniendo el ornamento de un espíritu manso y apacible, que me siente a los pies de Aquel que no se agradó a sí mismo.
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Aun cuando las huellas de un Dios de amor no puedan rastrearse, que haya confianza implícita en la sabiduría y rectitud de Sus tratos inescrutables.
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Redentor gracioso, Tú tienes un bálsamo para toda herida; un antídoto para toda pena.
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Concede la energía vivificante de Tu Espíritu Santo, para desarmar el poder de la tentación, para destronar el yo, para librar de las influencias seductoras del mundo. Guárdame de la embriaguez del éxito y del orgullo de la prosperidad. Guárdame de la depresión indebida y del murmurar culpable en la adversidad.
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Mientras llevo conmigo continuamente la muerte del Señor Jesús, que la vida de Jesús se manifieste en mi carne mortal. Sea mi aspiración habitual que mi carácter sea un reflejo del Suyo: en Su mansedumbre y humildad, Su pureza y desinterés, Su benevolencia y simpatía.
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Como cae el árbol, así ha de yacer. Como nos deja la muerte, así nos hallarán el juicio y la eternidad.
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Señor, tengo razón para lamentar mis múltiples pecados, mi desobediencia e incredulidad, mi ingratitud y rebelión. Soy un asombro para mí mismo, destructor de mí mismo que soy, en que me has perdonado, en que no has, mucho tiempo ha, pronunciado contra mí la sentencia del estéril, y ejecutado contra mí el justo destino del estéril. Es porque Tú eres Dios y no hombre, que, a pesar de todo cuanto he hecho para merecer Tu justa desazón, Tu ira se ha apartado, y Tu mano de misericordia y amor y compasión sigue extendida.
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Estás dispuesto a conceder toda bendición necesaria: gracia que perdona, gracia que sostiene, gracia que fortalece, gracia que santifica, gracia que consuela; gracia, hasta que la gracia ya no sea necesaria, sino que se pierda y sea absorbida en la gloria. Oh Tú que das «mayor gracia», escóndeme más hondo en las hendiduras de la Roca herida. Otro refugio no tengo; mi alma impotente depende enteramente de Ti. ¡Señor, sálvame, o perezco! Sálvame, te lo ruego, no solo de la culpa, sino del poder del pecado. Sálvame de las corrupciones de mi propio corazón, de las influencias seductoras del mundo, de las tentaciones que pueden sobrevenir en mis deberes y ocupaciones seculares. Sálvame del pecado que más fácilmente me asedia; sálvame de deshonrar Tu santa causa y Tu santo nombre con mi conducta inconsistente o mi andar vacilante. ¡Sálvame, oh, sálvame, de la ira venidera!
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Vengo invocando aquel Nombre que calma todos los pesares, sana todas las heridas, enjuga todas las lágrimas; que es maná para el alma hambrienta y reposo para el cansado. ¡Cuántos hay ya en la Gloria, testificando de los tesoros inagotables de gracia escondidos en Cristo!
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Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE GATES OF PRAYER — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.