Sin observar escrupulosa ni supersticiosamente los "días, y meses, y tiempos, y años", pocos de nosotros pasamos por alto un momento tan señalado como el amanecer de un nuevo año en nuestro camino, sin algún reconocimiento de él tanto ante Dios como ante los hombres. Cuando abrimos los ojos en la primera mañana del año, casi instintivamente decimos: "Este es el día de Año Nuevo". Ni esto es, o al menos no debería ser, todo el recuerdo que hacemos, toda la acknowledgment que rendimos de ese año que se abre y cuyo final quizá no lleguemos a ver.
Cuando doblamos nuestras rodillas ante el trono de la gracia, mezclamos con el agradecimiento por las misericordias del año pasado, tanto en la providencia como en la gracia, peticiones sinceras por misericordias semejantes que hayan de experimentarse y disfrutarse a lo largo del presente. El anochecer de ayer presenció nuestras confesiones de los muchos, muchísimos pecados graves, desvíos, retrocesos y apartamientos del Dios viviente durante el año que ya se fue; la mañana de hoy presenciará nuestras súplicas por gracia para sostener nuestros pasos en sus sendas, para que nuestros pies no resbalen a lo largo del año recién llegado. Las lágrimas son las más apropiadas en el entierro de los muertos; las esperanzas y los deseos, en el nacimiento de los vivos. El año pasado fue el padre partido, gastado por la edad y la dolencia; el año presente, el recién nacido en los brazos de la madre sonriente. Es, con todo, pleno invierno. Hoy, primero del año presente, difiere poco en su aspecto exterior de ayer, último del año pasado. Pero la mente pensativa y orante hace poco caso de los cielos invernales. Siente que el viejo año, desgastado, se ha hundido en su tumba, con todas sus pruebas y aflicciones, y que un año nuevo ha venido en su lugar, con sus nuevas esperanzas y nuevas misericordias; y si trae nuevas pruebas, la promesa permanece: nueva fuerza será dada para enfrentarlas y vencerlas.
Reconfortados y fortalecidos en el trono por comuniones como estas con el Dios de todas nuestras misericordias, bajamos al encuentro de nuestras familias, y somos saludados por doquier con un "te deseo un feliz año nuevo", saludo que devolvemos con igual calidez y afecto. Casi todo amigo, casi todo conocido que encontramos en el transcurso del día, nos saluda con el mismo deseo bondadoso. En todo esto puede haber mucha formalidad, servicio de labios y costumbre tradicional; pero puede haber también bastante sinceridad, bondad y afecto. No estamos, ciertamente, tan encerrados en un yo miserable como para no desear la salud y la felicidad, el bien temporal y espiritual, de nuestras familias, de nuestros amigos e incluso de nuestros conocidos. Y si deseamos su bien, no hemos de mostrarnos remisos ni reacios a expresarlo en unas breves palabras de saludo amistoso. "Sed bondadosos unos con otros, misericordiosos"; "sed compasivos, corteses"; "si es posible, cuanto dependa de vosotros, tened paz con todos los hombres", son preceptos impregnados de todo el espíritu del evangelio, y pueden, más aún, deben cumplirse sin el menor sacrificio de aquella fidelidad que conviene a quienes desean caminar diariamente en el temor del Señor. Puede haber una forma de palabras amables así como "una forma de palabras sanas"; y así como podemos usar estas últimas en perfecta armonía con las doctrinas del evangelio, podemos usar las primeras en perfecta armonía con el espíritu del evangelio.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: January 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.